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Asignatura: historia de la cultura i de les institucions europees, Profesor: Antoni Riera Melis, Carrera: Història, Universidad: UB
Tipo: Apuntes
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Prof. Antoni Riera Melis
LOS INTENTOS DE UNIFICACIÓN POLÍTICA DE EUROPA EN LA EDAD MEDIA.
1: EL IMPERIO CAROLINGIO (800-924)
El 771, como consecuencia de la muerte de su hermano Carlomán, Carlos asumió el poder en todo el reino de Francia que se extendía desde el Rin al Atlántico, y desde el Mar del Norte a los Pirineos. La primera fase del reinado de Carlomagno, 771-800, estuvo presidida por la expansión territorial y la reestructuración político administrativa del reino:
a) Sajonia Su primera iniciativa fue la conquista de Sajonia, el último reducto de la Germania pagana. Las campañas militares se concentraron en dos épocas, 772-782 y 792-804, separadas por una fase de concesiones y de evangelización. La ultima sublevación de los sajones concluyó con la deportación de los dirigentes de los rebeldes, la estructuración del territorio en condados, que fueron confiados a los miembros de la facción colaboracionista de la aristocracia sajona y aristócratas francos, que favorecieron la instalación de colonos francos entre el Rin y el Elba, y favorecieron la difusión del cristianismo en estas regiones. Paralelamente, Carlomagno alentó la colonización franca de las tierras de la Alemania Central, sometidas a la soberanía franca desde hacía siglos, en las tierras de las futuras circunscripciones de Franconia, Alamania, Turingia y Hesse.
b) Italia
La segunda operación expansiva tuvo por escenario Italia, donde el papa Adriano I, amenazado por los lombardos, que asediaban Ravena, solicitó una intervención de los francos en 773, dos poderoso ejércitos cruzan los Alpes y sitian al rey lombardo Desiderio en Pavía, la capital del reino Después de derrotar a los lombardos en Pavia, deponer a su rey Desiderio y obligarlo a ingresar en el monasterio francés de Corbie, Carlomagno incorpora el reino de Lombardía y el ducado de Spoleto. Esta victoria reforzó la alianza entre el Papado y la monarquía franca. Unos años mas tarde, en la Pascua de 781, Carlomagno, junto con su mujer sus hijos, peregrina a Roma para celebrar la Pascua. Durante su estancia, se renueva la alianza entre el Papado y la dinastía Carolingia, Adriano I otorgó al rey franco el título de “Patricio de los romanos”, consagró su primogénito Pipino, como rey de Italia y al segundogénito Luis, como rey de Aquitania. Pipino se instaló en Pavía, la antigua capital del reino Lombardo, cuya estructuras administrativas fueron respetadas, aunque nobles francos sustituyeron a los lombardos en los puestos clave. Carlomagno reconoció, dentro del reino de Italia, la existencia de un conjunto de territorios independientes, que habían pertenecido al Imperio Bizantino, que iban de Roma a Ravena, el Patrimonium Petri , regidos por el Pontífice.
c) Hispania nororiental
Poco después de integrar la Italia septentrional y central, en 777, los gobernadores musulmanes de Barcelona y Zaragoza solicitaron una intervención militar al sur de los Pirineos para que respaldase su secesión del emirato omeya de Córdoba. La petición fue atendida y Carlomagno y, el 778, llevó a cabo una expedición al valle del Ebro, que se cerró con un fracaso rotundo. El gobernador de Zaragoza se negó a abrir las puertas de la ciudad al ejército franco. Éste, incapaz de expugnarla, decidió emprender el regreso a Aquitania y su retaguardia fue atacada, según las crónicas imperiales, en Roncesvalles por wascones (¿gascones o vascos?). La campaña, a pesar del fracaso a corto plazo, tendría, sin embargo, resultados positivos a largo plazo.
Regia un vasto conjunto de territorios que iban del Elba y Istria al Atlántico, de Frisia y Bretaña a Spoleto y Gerona, que sus contemporáneos no dudaron en llamar “Europa”.
2.1 Precedentes políticos, territoriales e ideológicos.
El reagrupamiento de las tierras de la Galia, Germania e Italia y los territorios adyacentes había creado, en Occidente, un contrapeso político y simbólico al Imperio Bizantino.
Carlomagno se había convertido en un rey que gobernaba por encima de otros reyes: Había nombrado a sus hijos Pipino y Luis reyes de Italia y de Aquitania respectivamente.
El estado carolingio, a finales del siglo VIII, se había convertido en el contrapeso occidental del Imperio Bizantino, Alcuino, en el 799, no dudaba en definir las fronteras del reino de los francos con los termini christiani imperii.
Por otra parte, según los teóricos políticos de la época “ Es emperador aquel que domina el mundo entero y bajo cuyo poder gobiernan los reyes de los otros reinos”. Carlomagno cumplía, pues, todos los requisitos. No era solamente el rey más poderoso de occidente, era un príncipe cristiano consagrado, elegido por Dios, que había puesto sus fuerzas al servicio de la fe, había luchado contra los paganos sajones, en Germania, y contra los infieles musulmanes, en Hispania, se había esforzado por restaurar, mediante las capitulares, la disciplina y la moral entre el clero secular y regular. Los círculos intelectuales de la corte lo consideraban un nuevo Moisés, por su tarea de regeneración de las estructuras eclesiásticas, y como un nuevo David, por defender la cristiandad occidental de los enemigos externos. Estas comparaciones con reyes hebreos del Antiguo Testamento tenían como objetivo reforzar el prestigio del rey franco, sacralizando su función. Los papas, ante la ineficacia de su antiguo defensor, el Imperio Bizantino, habían solicitado la protección de los francos frente a la agresividad de los lombardos.
Así la idea de Imperio, en su versión espiritualizada, entendido como Cristiandad, estaba ya formulada. La propuesta suscitaba, como es lógico, el rechazo total del emperador de Oriente, que reivindicaba la legitimidad romana en exclusiva. El cargo estaba ocupado, desde el 780 por un menor, Constatino IV, en cuyo nombre gobernaba, con el título de regente, su
madre Irene. Carlomagno había intentado un acercamiento a Bizancio, pero los respectivos intereses en Italia bloquearon el acercamiento. En 787, la emperatriz Irene, para reducir la contestación interior y mejorar sus relaciones con Occidente, adoptó una iniciativa importante convocó un concilio en Nicea para poner fin a la iconoclastia y restaurar el culto de las imágenes. La emperatriz invitó a la reunión al Papa, que envió un legado, pero no a Carlomgano, quien tuvo que conocer los resultados del concilio por una mala traducción latina de las actas. Carlos, de acuerdo con su papel de defensor de la Cristiandad Occidental, hizo examinar las actas de Nicea a sus asesores eclesiásticos, quienes las consideraron heréticas y atribuyeron el error, no a las jerarquías eclesiásticas orientales que participaron en el concilio, sino a la emperatriz. Puesto que, como sostiene Teodulfo de Orleans en sus Libri carolini , “La debilidad de su sexo y la versatilidad de su corazón femenino no permiten a una mujer ejercer la autoridad suprema en matera de fe y de rango”. Para resolver esta controversia, Carlomagno, auto otorgándose unilateralmente una competencia imperial, con el asesoramiento de sus consejeros eclesiásticos, convocó en 794, un concilio en Francfort, una réplica del de Nicea, al que fueron convocados no sólo todos los obispos francos, germánicos e italianos, sino también el legado pontificio y los obispos ingleses. En las sesiones, presididas por el propio emperador, se adoptaron medidas para la reestructuración eclesiástica del reino, y se condenaron como heréticas las propuestas adopcionistas de los obispos Elipando de Toledo y Felix de Urgel. También se restauró el culto de las imágenes en los términos aprobados en el concilio de Nicea. 2.2 La simbología del poder
Aquel mismo año, 794, Carlomagno instala su corte en Aquisgrán, donde inicia la construcción de un nuevo palacio real. En el diseño arquitectónico e iconográfico decorativo de cuya capilla se recoge toda la simbología cósmica, con elementos romanos y bizantinos, que Carlomagno había contemplado personalmente en Roma y en Rávena. Esta simbología presenta al rey franco como el punto de articulación del cielo con la tierra como el elemento imprescindible del gran orden cósmico, como el máximo representante político de Dios en la tierra, “Uno solo reina en el cielo, el que lanza el rayo. Es natural que no haya más uno sólo, tras él, que reine sobre la tierra, uno sólo que sea ejemplo para todos los hombres”.
“Hasta entonces tres personas ocupaban la cima de la jerarquía en el mundo: en primer lugar el representante de la sublimidad apostólica, vicario del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, cuya sede ocupa…En segundo lugar, viene el titular de la dignidad imperial que ejerce el poder secular en la segunda Roma. Por todas partes se ha extendido la noticia de que forma impía el jefe de este Imperio ha sido depuesto, no por extranjeros sino por los suyos y por sus conciudadanos. Viene en tercer lugar la dignidad real que Nuestro Señor Jesucristo os ha reservado para que gobernéis el pueblo cristiano. Esta última supera [ahora] las otras dos dignidades, las eclipsa en sabiduría y las rebasa. Actualmente es sobre tu solo en que se apoyan las Iglesias de Cristo, de ti solo esperan la salvación, de ti, vengador de los crímenes, guía de los que yerran, consolador de los afligidos, sostén de los buenos”.
Poco después un poeta anónimo de la corte franca exalta al rey Carlos “cabeza del mundo, cima de Europa, nuevo Augusto que reina en la nueva Roma [Aquisgrán.]”
Estos textos demuestran que los asesores de Carlomagno ya habían culminado la justificación teórica de la necesidad de restaurar el Imperio Romano en la persona del monarca franco.
Carlomagno hizo acompañar al papa en su regreso a Roma por una comitiva de obispos y condes francos, para garantizar su seguridad y con la instrucción de abrir una investigación acerca de las acusaciones de corrupción formuladas por la aristocracia romana contra el pontífice.
A primeros de diciembre del 800 Carlomagno hace su entrada triunfal en Roma.
Después de tres semanas de negociación con el Pontífice y la nobleza romana, Carlomagno convoca una asamblea de arzobispos, obispos, abades y representantes de la nobleza romana y obliga a León III a jurar ante ella su inocencia de las acusaciones formuladas contra él, una solución jurídica germana, sin equivalente en el derecho romano ni canónico. Esta ceremonia, muy humillante para el pontífice, tuvo lugar el 23 de diciembre. Lo que sucedió a continuación es bastante confuso, puesto que los testimonios coetáneos difieren. Según el redactor de los Annales de Lorsch , presumiblemente bien informado, fue la asamblea que, después de haber recibido el juramento del pontífice, deliberó el restablecimiento del Impero.
“Como en el país de los griegos no había emperador y estaban bajo el dominio de una mujer, consideraron oportuno, el papa León y todos los padres reunidos en la asamblea, así como todo el pueblo cristiano, que debían conferir el título de emperador al rey de los francos, Carlos, que [entonces] controlaba Roma, donde los Césares habían vivido siempre, y también Italia, la Galia y Germania. Habiendo decidido Dios todopoderoso colocar todos estos territorios bajo su soberanía, seria justo que, atendiendo a la demanda de todo el pueblo cristiano, asumiera también el título imperial”
El Papa, para hacer olvidar la humillación que había sufrido, aceptó la iniciativa con la condición de rediseñar la ceremonia que se celebró el día de Navidad del 800, inspirada en el rito bizantino.
Mientras que en Bizancio la coronación imperial se efectuaba en tres etapas:
León III, para incrementar su papel en el rito, cambió el orden de las fases
En la descripción de la ceremonia contenida en la crónica pontificia, en el Liber Pontificalis , se omitió este último gesto. El orden elegido por el Papa fijó para la posteridad la imagen de que el Pontífice disfrutaba e la potestad de conceder el Imperio. Los Anales Palatinos de Carlomagno, redactados por clérigos franceses, no conceden, en cambio, un papel de primer orden al Papa. Recuerdan que Carlos, en diciembre del 800, se trasladó a Roma para examinar las acusaciones formuladas por la nobleza romana contra el Pontífice y para resolver otros asuntos, frase que parece indicar que preparaba su coronación imperial. Añaden además que, durante su estancia en Roma, llegaron a la ciudad representantes del Patriarca de Jerusalén, custodio del Santo Sepulcro, que fueron recibidos solemnemente por el rey franco, quien, con la
Clodoveo. Esta simbiosis se refleja claramente en el primer título oficial elegido por Carlomagno: Serenissimus augustus a Deo coronatus magnus pacificus imperator, Romanorum Imperium gobernans et per misericordiam Dei rex Francorum et Longobardorum.
Esta diferente concepción del Imperio provocará conflictos entre los papas y los emperadores durante toda la Edad Media acerca de quien poseía la autoridad hegemónica sobre el pueblo cristiano. La restauración del Imperio, en la práctica, fue incompleta, puesto que no integró todos los territorios que habían formado parte del viejo Imperio Romano, sino sólo la mayor parte de Occidente, desde el Elba y el alto Danubio hasta el Llobregat. No formaban parte del nuevo Imperio: la Europa Balcánica, en poder de los eslavos y bizantinos, buena parte de la Península Ibérica, en poder de los musulmanes y de pequeños reino cristianos, las Islas Británicas, estructuradas políticamente en numerosos reinos.
La Restauración del Imperio en Occidente no fue aceptada por la emperatriz bizantina Irene, para cuyos asesores políticos la coronación de un bárbaro, constituía una aberración escandalosa. Carlomagno intentó el reconocimiento oficial como hermano y emperador. La sustitución de la emperatriz Irene por Nicéforo I, en el 802, contribuyó a tensar todavía más las relaciones, Carlomagno, para forzar su reconocimiento por la corte bizantina atacó Venecia, una importante plaza comercial y estratégica, en los cofines noroccidentales del Imperio de Oriente, por la que se articulaba económicamente con Occidente. Después de unos años de lucha se llegó a una solución de compromiso En el año 812, el emperador Miquel I reconocía a Carlomagno el derecho a utilizar los títulos de emperador y de augusto en Occidente, incluida Italia, pero no el de Emperador de los Romanos, que se reservó para sí. Carlomagno reconocía, a cambio, Venecia y Dalmacia como territorios bizantinos. La solución no era más que solución jurídica para preservar la ficticia unidad del Imperio y la supremacía del basileus bizantino sobre el conjunto. En la realidad, desde el 800, coexistían dos imperios muy diferentes:
Circunstancia esta última que no pasaba desapercibida para los intelectuales de la corte Carolingia, uno de cuyos miembros, un poeta anónimo, antes de la coronación imperial ya había calificado a Carlomagno “faro de Europa que irradia un luz más resplandeciente que el sol” y “padre de Europa”
4. LAS ESTRUCTURAS POLITICOADMINISTRATIVAS DEL IMPERIO CAROLINGIO
Cuando, a principios del siglo IX, se cierra la expansión territorial del Estado carolingio, su tamaño, inmenso, supera el millón de kilómetros cuadrados, es desproporcionado respecto a las estructuras administrativas disponibles para gobernarlo. Estaba integrado, además, por pueblos muy diversos.
El poder político se concentró en las áreas originarias del viejo reino franco, entre los valles Loira y el Rin. Germania, Borgoña, Aquitania, Provenza e Italia, eran regiones marginales y el Mediterráneo era un área periférica de escaso valor económico y político, que conservada sólo un cierto prestigio mítico, simbólico.
En todo caso, el Imperio carolingio era excesivamente grande para ser gobernado desde una sola área, por lo que la corte carolingia tendrá que efectuar periódicos desplazamientos, en un esfuerzo para intentar cohesionar un imperio tan vasto y étnicamente heterogéneo.
La vertebración administrativa del imperio carolingio se realizó de forma empírica, con más elementos germánicos que romanos, aunque los eclesiásticos de palacio supieron dotarlo de una base conceptual de tradición romana basada en la noción abstracta de un Estado garante de bien común, de la res publica , teoría que perduraría en los siglos siguientes. A pesar de sus insuficiencias estructurales, administrativas, el Imperio carolingio fue una construcción estatal mucho más sólida y eficaz que las monarquías germánicas anteriores y creó además teorías políticas e instituciones administrativas que perdurarían largamente en la historia europea.
Para empezar, concibió una teoría mucho más articulada de la soberanía regia, en la que se combinaban tradiciones germánicas, romanas y cristianas. La soberanía se encarna en la persona del emperador, único jefe del estado, que dispone de atribuciones exclusivas e irrenunciables.
prohíbe a los judíos conceder créditos a los cristianos en todo el Imperio.
El emperador estaba obligado, además a proteger el clero, tanto secular como regular, lo que le confería competencias eclesiásticas, elegía a los obispos, presidia los concilios, intervenía incluso en los problemas del dogma, en la persecución de las herejías. Se ocupaba de la disciplina y de la formación del clero, de la liturgia, del descanso dominical, del comportamiento moral de los laicos.
Finalmente, la soberanía imperial implicaba obligaciones recíprocas entre su titular y el pueblo, orientadas a la utilidad común. Entre el emperador, que tiene su poder por Dios … y el pueblo cristiano al que ha de mantener en paz y guiarlo hacia la salvación. Esta obligación recíproca de trabajar para el bien común, que derivaba la teoría romana de la respublica, de la convivencia civil, sólo fue comprendida, sin embargo, por el sector más ilustrado del clero, apenas penetró en una sociedad incapaz de entender una idea tan abstracta. El emperador no dispuso, además, de los medios necesarios para imponerla. Pero la idea, en sí misma, sobrevivió tanto en el nivel imperial como en el de las monarquías futuras.
La cooperación entre el emperador y los súbditos se apoyó también en principios del derecho germánico, que obligaban a los hombres libres a cumplir sus deberes militares, fiscales y judiciales y al emperador a respetar su libertad y su derecho de participación en la administración del estado. Lo que implicaba el reconocimiento de la soberanía por parte del pueblo a cambio de un cierto poder de control de la tarea gubernativa del emperador, a través de asambleas representativas a distintos nivel.
Las instituciones con las que se administra el Estado responden también a una combinación de elementos de procedencia germánica, romana y cristiana.
El núcleo de la Administración Central era el Palatium , que ampliaba y perfeccionaba los cargos y los órganos consultivos y ejecutivos de que ya disponía el antiguo palacio merovingio. Lo integran los encargados de los servicios de la casa del rey: el bodeguero, el copero, el senescal, el condestable, etc. También forman parte de él, cuatro funcionarios cuyo poder se incrementará rápidamente:
El comes palatinus , conde de palacio, que preside el tribunal real en ausencia del soberano. El camerarius , camarlengo, el responsable de la cámara, del tesoro, administrador de todos los recursos económicos, tanto generados por el patrimonio real, como los obtenidos mediante los impuestos directos e indirectos, donativos, botines de guerra, etc. El canciller, que redacta todos los documentos emanados de la corte, cargo confiado sistemáticamente a un clérigo. Cargo que verá incrementada su importancia como consecuencia del uso creciente de la escritura tanto en los asuntos civiles como eclesiásticos. El archicapellan, jefe del personal de la capilla imperial y consejero permanente del soberano para cuestiones de índole religiosa y eclesiástica.
La segunda institución de la Administración Central carolingia era el Conventus generalis, una pervivencia transformada de la vieja asamblea general de los hombres libres de los pueblos germánicos, que se reunía al principio o al final de cada campaña militar. En la época carolingia, el emperador convocaba el Conventus generalis. Se convocaba una o dos veces al año y, aunque en teoría debían acudir todos los hombres libres del Imperio, las dimensiones geográficas del mismo limitaban considerablemente el número de asistentes que no solían rebasar los quinientos. Estaba integrada por los consejeros directos del emperador, ya mencionados al analizar el Palatium , las jerarquías eclesiásticas, los miembros de la alta nobleza, con sus respectivas hueste privadas, y los funcionarios estatales.
En el Conventus generalis se examinaban las grandes cuestiones de estado, tanto de naturaleza civil como eclesiástica. Su función principal era, pues, de asesoramiento del soberano. Los participantes actuaban en las sesiones estructurados en dos grupos, el de los laicos y el de los eclesiásticos. Los acuerdos del Conventus generalis se redactaban en forma de ordenanzas estructuradas en capítulos, de ahí que sean conocidas como los capitulares , tarea de la que se encargaban eclesiásticos.
Para facilitar su redacción y su difusión, se impuso el latín como única lengua administrativa y se unificó la escritura, adoptando una sola modalidad de letra, la minúscula carolingia, surgida al norte de la Galia, desde donde se extendió a todo el Occidente.
En las zonas fronterizas, siempre amenazadas por incursiones o ingerencias de los estados limítrofes, la defensa militar de los diversos condes se unifica y se confían a un solo funcionario, el marchio , marqués. Conservando los condes las restantes atribuciones.
Así ocurría en las marcas de Septimania, Gotia, al sur, Bretaña, Friul, Avara, Noralbingia y Venda. La eficacia de la tarea administrativa realizada por los condes dentro de sus respectivos condados era muy superior a la efectuada por los órganos de gobierno centrales a escala de todo el Imperio, puesto que ejercía sus atribuciones dentro de un territorio de dimensiones asequibles auxiliado por un personal con el que mantenía un estrecho contacto directo.
Aunque en el caso de mala gestión manifiesta el emperador podía revocar al conde, en la práctica lo hacía raramente. Consciente de esta limitación, el emperador procuraba confiar el cargo de conde a personas de su confianza: parientes, amigos, vasallos e incluso clérigos, pero la mayoría de los condes fueron reclutados entre la alta nobleza, quienes no solo se perpetuaban en el cargo, sino que, frecuentemente, le sucedían en él algún pariente.
Para corregir abusos, el emperador optó por la vía de las inspecciones periódicas, que fueron encomendadas, desde el 800, a los missi dominici , un laico y un eclesiástico.
Estos dos controladores imperiales recorrían un grupo de condados, entre seis y diez, la missatica , y, en sus recorridos,
nombraban los escabinos de los tribunales, supervisaban la actuación del conde y recibían las quejas de los afectados.
Inicialmente los misi fueron reclutados entre los miembros del Palatium, pronto asumieron esta tarea nobles y obispos, que, aunque la ejercieron siempre, fuera de su área de procedencia o de influencia, compartían los intereses de clase y la mentalidad de los condes a los que inspeccionaban, lo que reducía considerablemente la eficacia correctiva de su tarea. Cada conde inicialmente percibió como pago por su gestión un tercio de las multas y una parte de las rentas generadas por los dominios fiscales que el emperador poseía en el condado. En algunos casos, en lugar de parte de las rentas, recibía en usufructo una parte de las tierras fiscales.
Al permanecer largo tiempo en el cargo, era frecuente que los condes invirtieran una parte de los estipendios recibidos del Fisco Imperial en la adquisición de tierras en el condado y en concertar alianzas matrimoniales con potentados locales. Con lo cual, los condes reunieron el poder político, como delegados de la jurisdicción regia, y el poder económico y social, derivado de sus bienes privados.
Mientras la monarquía fue fuerte, los intereses del Estado prevalecieron sobre los de los condes, que a pesar de su arraigo local no consiguieron convertir el cargo en hereditario, crear dinastías.
Cuando la realeza carolingia decaiga, los condes vincularan el cargo a su familia y lo transmitirían hereditariamente a sus descendientes directos. No todos los súbditos del imperio estuvieron sometidos, sin embargo a la administración condal. Carlomagno, para favorecer la Iglesia, impulsa una institución ya existente en la época merovingia, la inmunidad.
Concede a los señores de los dominios eclesiásticos, especialmente a los abades de los grandes monasterios, la protección y la dependencia directa del rey. El inmune dispone, en su dominio, de las mismas atribuciones públicas que el conde en el condado Administra justicia, cobra los impuestos, percibe las multas, entregando la parte correspondiente el Fisco imperial, convoca y manda la host. Para evitar que el abad inmune tenga que dedicar demasiado tiempo a estas tareas administrativas y para supervisar también su gestión Carlomagno le adjunta un auxiliar laico, denominado advocatus , cuya primera tarea era dirigir el tribunal del inmune.
Los diseñadores de las estructuras administrativas del imperio, conscientes de que sólo garantizaban un control mediocre de los súbditos, esparcidos por un estado muy extenso decidieron suplir esta insuficiencia de los vínculos públicos de integración reforzando los antiguos vínculos privados, de origen germánico: los juramentos de fidelidad y el vasallaje.
Estas dos instituciones, aunque no pueden confundirse, puesto que se orientan a categorías sociales diferentes, tampoco pueden separarse, ya que tienden a establecer vínculos personales con el soberano.
En 789 y, después, en el 792, antes de la coronación imperial, Carlomagno ya había exigido a los hombres libres, en el Conventus generalis anual, un
Al doblar el poder político o económico que ya tenían como gobernadores y grandes propietarios rurales, respectivamente, con la creación de una clientela, de una hueste propia, el vasallo, en cualquier nivel de la escala, estaba obligado a ofrecer a su señor auxilium y consilium , ayuda militar y asesoramiento. Estos servicios tenían que ser pagados, ya que mientras se prestaban el vasallo no podía cultivar sus campos, implicaban un beneficium
La ruralización de la economía y el escaso desarrollo de la fiscalidad estatal, no permitió a la Hacienda imperial pagarlos en metálico, se generalizó el pago mediante la cesión de tierra fiscal en usufructo a los vasallos directos del emperador, quienes, a su vez, cedían en usufructo una parte de las tierras recibidas a sus propios vasallos. Se consideraba que los campesinos instalados en ellas generarían rentas suficientes para que los respecticos señores pudieran costearse su equipo de combate, del que el elemento más costoso eran los caballos. Inicialmente se insistió en que estas tierras no habían sido cedidas en plena propiedad al vasallo, sino sólo en usufructo temporal, mientras prestase el auxilium y consilum, a satisfacción del señor correspondiente. Cuando, por las razones que fueren dejara de hacerlo, tendría que devolverlas a su respectivo señor y, en ningún caso, podría transmitirlas en herencia a sus hijos. Con lo cual, las rentas generadas por todas estas tierras, a pesar de que jurídicamente continuaban formando parte del Patrimonio Real, dejaron de ingresar en la Hacienda.
La extensión del vasallaje fue el precio que tuvieron que pagar los carolingios para asegurarse la colaboración de la aristocracia. Con cuyo concurso habían desplazado a la dinastía merovingia, construido el poder de la nueva monarquía carolingia y ampliado las fronteras del reino de los francos.
El inconveniente principal del sistema fue la imposibilidad de mantener el equilibrio entre un poder central, empobrecido y mediatizado por la cesión continuada de beneficia , de tierras fiscales y unos poderes locales cada vez más fuertes puesto que, además de continuar detentando las atribuciones administrativas, fiscales, judiciales y militares públicas con sus correspondientes remuneraciones habían recibido beneficia por el vasallaje directo al emperador, tierras en usufructo que les habían permitido crear sus propias milicias privadas su mesnadas de vasallos. Todos estos medios de acción los nobles podían utilizarlos para reforzar la dinastía o para debilitarla.
A pesar de todos los inconvenientes expuestos, la construcción estatal puesta en pie por Carlomagno y sus asesores resultó fructífera al integrar y
armonizar transitoriamente todos los elementos integrantes de las estructuras políticas occidentales: Teoria del imperio, realeza franca, doctrina eclesiástica, poder nobiliario y milicia popular germánica.
A pesar que a la caída del Imperio, la feudalidad se impondría paulatinamente para restablecer el orden político a partir de unas realidades políticas nuevas, no podría disolver y enterrar una teoría del poder político, ciertas instituciones centrales y territoriales, ciertas prácticas administrativas que, más o menos deformados, perdurarían y se expandirían por Europa.
5. CRISIS DEL IMPERIO CAROLINGIO
Carlomagno murió el 814, siendo sustituido por su único hijo vivo Luís el Piadoso, cuya tarea de conservar el Imperio resultó bastante más difícil que la de su padre de crearlo. Y finalmente no consiguió evitar su desmembración. La extensión y la heterogeneidad ética del Imperio, la dinámica de la sociedad franca, en la que avanzaba con rapidez un proceso de privatización de las competencias del poder público la falta de nuevas empresas de conquista exteriores que polarizaran las energías bélicas de la nobleza y una influencia excesiva de las jerarquías eclesiásticas, fueron los factores que caracterizaron el reinado de Luis el Piadoso.
Según las investigaciones más recientes, el nuevo emperador era consciente de que la preservación de un Imperio unido y fuerte sólo podía conseguirse combinando dos elementos:
De un lado, el reconocimiento de la variedad de estructuras sociales y de tradiciones políticas de las diversas regiones el Imperio Y del otro, el fortalecimiento de la Iglesia, como único elemento capaz de cohesionar, por via religiosa y cultural a los pueblos del imperio.
Ello explicaría los espectaculares progresos de la Iglesia franca durante el gobierno de Luis el Piadoso, el Imperio vio como se debilitaban sus estructuras políticas y se reforzaban las eclesiásticas. Se convirtió en el marco en una Respublica cristiana , de una Cristiandad. La dinámica de las circunstancias internas encaminaba al imperio a una situación caracterizada por la multiplicación de los poderes regionales. A esta dinámica se sumaron, además, dos hechos que condicionarían el destino el Imperio: El reparto territorial del mismo