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IMPERI GERMANIC, Apuntes de Historia

Asignatura: historia de la cultura i de les institucions europees, Profesor: Antoni Riera Melis, Carrera: Història, Universidad: UB

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 08/04/2014

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UNIVERSITAT DE BARCELONA
FACULTAT DE GEOGRAFIA I HISTÒRIA
DEPARTAMENT D’HISTÒRIA MEDIEVAL I PALEOGRAFIA
HISTORIA DE LES INSTITUCIONS I LA CULTURA EUROPEES (EDAT MITJANA)
Prof. Antoni Riera Melis
LOS INTENTOS DE UNIFICACIÓN POLÍTICA DE EUROPA EN LA EDAD MEDIA.
2: EL IMEPRIO GERMÁNICO (962-1060)
El segundo intento medieval de integración estatal de Occidente corresponde a la reagrupación bajo la autoridad
del rey de Germania. Esta segunda construcción imperial fue posible tanto por el juego de contingencias políticas,
como por la influencia de ciertas tradiciones, estas últimas más poderosas que las fuerzas centrífugas, que
parecían haber triunfado en Europa a finales del siglo IX, en una buena parte de los territorios que habían
formado parte del desparecido Imperio Carolingio.
La decadencia del Imperio Carolingio propició durante el siglo IX el fortalecimiento de los poderes regionales.
Que, en Germania, dieron origen a cuatro grandes ducados, Sajonia, Franconia, Suabia y Baviera, cuyos titulares
asumieron la defensa del reino frente a las incursiones de los húngaros y de los eslavos. A comienzos del siglo X,
el ducado más poderoso era el de Sajonia cuyo titular, Enrique I, asumió la tarea de restaurar la autoridad real en
Germania, que consiguió transmitir a su hijo Otón I, quien conseguiría el restablecimiento del Imperio en el 962.
La historia del Imperio Germánico, en los casi cien años que median entre su fundación y 1060 aproximadamente,
se convirtió en el centro del desarrollo político de Europa. La Germania de los Otones comprendía desde el valle
del Oder al del Escalda, desde la costa del Mar del Norte a los Alpes. En el espacio de un siglo, el corazón de
Europa se desplazó del oeste al este del Rin.
1. ORÍGENES DE LA DINASTÍA OTÓNIDA
La dinastía otónida arranca de Enrique I, duque de Sajonia, que en el 919 consiguió que los duques de Suabia y
Baviera que le prestaran homenaje y le reconocieran como rey de Germania. Para poder realizar esta tarea
unificadora, Enrique I tuvo que hacer concesiones a los duques y adoptar un perfil político bajo, contentándose
con ser el duque más poderoso, un primus inter pares.
Durante la primera fase del reinado se concentró en reforzar el sistema defensivo de las fronteras orientales del
reino, desde Sajonia a Suabia, amenazadas por los húngaros. Esta política consistió en la fortificación de las
unidades residenciales rurales preexistentes, como abadías y mansiones del Fisco. Estos centros debían ser
rodeados de murallas y fosos, para que pudieran refugiar, en caso de ataque exterior, a toda la población de la
comarca, la cual debería contribuir con su trabajo a la construcción y la conservación de este nuevo sistema
defensivo.
En las guarniciones militares de las franjas fronterizas jugaban un papel importante los milites agrarii, jinetes
campesinos, de categoría social baja, pero dotados de caballo y armadura pesada, equipamiento muy costoso, y
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UNIVERSITAT DE BARCELONA

FACULTAT DE GEOGRAFIA I HISTÒRIA

DEPARTAMENT D’HISTÒRIA MEDIEVAL I PALEOGRAFIA

HISTORIA DE LES INSTITUCIONS I LA CULTURA EUROPEES (EDAT MITJANA)

Prof. Antoni Riera Melis

LOS INTENTOS DE UNIFICACIÓN POLÍTICA DE EUROPA EN LA EDAD MEDIA.

2: EL IMEPRIO GERMÁNICO (962-1060)

El segundo intento medieval de integración estatal de Occidente corresponde a la reagrupación bajo la autoridad del rey de Germania. Esta segunda construcción imperial fue posible tanto por el juego de contingencias políticas, como por la influencia de ciertas tradiciones, estas últimas más poderosas que las fuerzas centrífugas, que parecían haber triunfado en Europa a finales del siglo IX, en una buena parte de los territorios que habían formado parte del desparecido Imperio Carolingio.

La decadencia del Imperio Carolingio propició durante el siglo IX el fortalecimiento de los poderes regionales. Que, en Germania, dieron origen a cuatro grandes ducados, Sajonia, Franconia, Suabia y Baviera, cuyos titulares asumieron la defensa del reino frente a las incursiones de los húngaros y de los eslavos. A comienzos del siglo X, el ducado más poderoso era el de Sajonia cuyo titular, Enrique I, asumió la tarea de restaurar la autoridad real en Germania, que consiguió transmitir a su hijo Otón I, quien conseguiría el restablecimiento del Imperio en el 962. La historia del Imperio Germánico, en los casi cien años que median entre su fundación y 1060 aproximadamente, se convirtió en el centro del desarrollo político de Europa. La Germania de los Otones comprendía desde el valle del Oder al del Escalda, desde la costa del Mar del Norte a los Alpes. En el espacio de un siglo, el corazón de Europa se desplazó del oeste al este del Rin.

1. ORÍGENES DE LA DINASTÍA OTÓNIDA

La dinastía otónida arranca de Enrique I, duque de Sajonia, que en el 919 consiguió que los duques de Suabia y Baviera que le prestaran homenaje y le reconocieran como rey de Germania. Para poder realizar esta tarea unificadora, Enrique I tuvo que hacer concesiones a los duques y adoptar un perfil político bajo, contentándose con ser el duque más poderoso, un primus inter pares.

Durante la primera fase del reinado se concentró en reforzar el sistema defensivo de las fronteras orientales del reino, desde Sajonia a Suabia, amenazadas por los húngaros. Esta política consistió en la fortificación de las unidades residenciales rurales preexistentes, como abadías y mansiones del Fisco. Estos centros debían ser rodeados de murallas y fosos, para que pudieran refugiar, en caso de ataque exterior, a toda la población de la comarca, la cual debería contribuir con su trabajo a la construcción y la conservación de este nuevo sistema defensivo.

En las guarniciones militares de las franjas fronterizas jugaban un papel importante los milites agrarii , jinetes campesinos, de categoría social baja, pero dotados de caballo y armadura pesada, equipamiento muy costoso, y

que habían recibido una instrucción militar suficiente para utilizarlos, que vivían, con su familia, en estas áreas periféricas del reino en explotaciones familiares, que explotaban directamente.

Enrique I, dispuso que de cada nueve milites agrarii , uno debía instalarse en los nuevos recintos fortificados y construir allí las viviendas para sus otros ocho camaradas, los que, entretanto, mantendrían en producción su explotación familiar. Para favorecer la afluencia de población hacia estas franjas periféricas, Enrique I fundó mercados y reunió en ellas algunas asambleas populares. Y ofreció a los delincuentes condenados judicialmente la opción de redimir, integrándose en las guarniciones fronterizas, la sentencia a que habían sido condenados. También trasladó a estos nuevos centros fortificados guerreros profesionales, caballeros y miembros de la baja nobleza. El objetivo de estas medidas era multiplicar las unidades de caballería acorazada.

Resueltos los problemas internos pudo concentrarse en la expansión territorial del reino: aprovechó, en 923-925, el problema sucesorio creado en Francia por la muerte de Carlos III el Simple, para incorporar la Lorena al reino de Germania, después de haber comprado con concesiones el apoyo de la mayor parte de la nobleza local. Lorena se convirtió así en el quinto ducado de Germania, que Enrique primero confió a su yerno Giselberto. Con esta integración territorial la frontera entre Germania y Francia se desplazó hacia el Oeste, pasó del Rin al Escalda. Un territorio rico y de gran valor simbólico, puesto que radicaba en ella Aquisgrán, la antigua capital carolingia, con el palacio y la capilla imperial, donde estaba enterrado Carlomagno.

El reino de Francia no se resignaría, sin embargo, a perder este territorio e intentaría, en cada crisis interior de Germania, recuperarlo por la fuerza. Los avances territoriales no quedaron circunscritos, sin embargo, a las fronteras occidentales, afectaron también a las orientales, con la conquista de Brandeburgo y la sumisión a Bohemia, que tuvo que declararse tributaria del reino de Germania. En esta zona, el peligro principal no eran, sin embargo, ni los eslavos ni los bohemios, sino los húngaros, que, desde mediados del siglo IX, razziaban periódicamente las regiones orientales del reino. En 933 consiguió contener una invasión húngara junto al río Unstrut éxito que fue completado al año siguiente con otra victoria contra los suecos, que amenazaban la frontera septentrional. Estas victorias le confirieron un gran prestigio, que aprovechó para estrechar las relaciones con las jerarquías eclesiásticas, colocando partidarios suyos al frente de las principales diócesis y abadías.

La situación cambió a su muerte, cuando los duques germanos, reunidos en Aquisgrán, eligieron como rey a su primogénito Otón, que fue después aclamado por el pueblo y consagrado en la capilla palatina de Carlomagno unos signos de prestigio entonces inusuales para un rey en Germania, que recordaban los de las coronaciones de los emperadores carolingios.

Otón I era un hombre piadoso pero bastante más autoritario que su padre, no dominaba el latín, pero hablaba el francés, el sajón y alguna de las lenguas eslavas. Para hablar con los italianos necesitaría siempre un intérprete, cargo que ejerció frecuentemente Liutprando de Cremona. Otón I, tenía un concepto más elevado del poder de la realeza que su padre. No se conformaba con ser un primus inter pares. Su política respecto a los ducados consistió en reducir el territorio de los más extensos mediante divisiones o segregaciones y en evitar o limitar su transmisión hereditaria, que quedó restringida a su propio ducado, el de Sajonia.

En cambio los condados que integraban cada ducado, siguiendo la tendencia iniciada en la época carolingia, tendieron a hacerse hereditarios, evolucionado hacia una situación de tipo feudal, sin que sus titulares, en algunos casos, hubiesen establecido vínculos vasalláticos firmes con sus respectivos duques o con la corona, lo que implicaba un riesgo de fragmentación del poder a largo plazo. Su pretensión de imponer a los duques un poder

2. LA SEGUNDA RENOVATIO IMPERII ROMANORUM EN TORNO A LA CASA DE SAJONIA.

Otón I, a mediados del siglo X, ya había conseguido imponer su poder a los duques germánicos. Al mismo tiempo se había convertido en el soberano más influyente de Occidente. La presión de Berengario II, el nuevo rey de Italia, vasallo de Otón, sobre Roma, obligó al papa Juan XII a solicitar la intervención de Otón I. La situación era, pues casi idéntica, a la protagonizada en el 800 por Carlomagno y León III. Dada la experiencia anterior, la expedición fue minuciosamente preparada: Otón I hizo elegir rey de Germania a su hijo Otón II, cuya formación fue confiada al arzobispo de Maguncia. Otón I, al frente de una poderosa hueste, llegó a Pavía en septiembre de 961, donde se hizo coronar rey de los Lombardos por segunda vez, después de unas breves negociaciones con el Pontífice acerca de la coronación imperial y de la restitución al Patrimonio de San Pedro de los territorios que le había sustraído el depuesto Berenguer II, Otón I, el domingo dos de febrero de 962, hizo su entrada triunfal en Roma, y se dirigió a la Iglesia de San Pedro, donde fue coronado emperador por el papa Juan XII, adoptando el título de Emperador Augusto, no el de Emperador de los Romanos, que continuaba reivindicando en exclusiva el emperador bizantino.

Después de un intervalo de treinta y ocho años, el Imperio reaparecía en Occidente, vinculado, como en el siglo IX, al reino más extenso territorialmente y más fuerte económica, militar y políticamente. Otón I reconoció la autonomía política que Carlomagno había concedido en el 800, a los estados pontificios. Pero sometió al Papa a un estrecho control político, mucho más coactivo que el que estableció Carlomagno, en el 800, sobre León III. Con esta iniciativa Otón I pretendía imponer su supremacía al Papado. Juan XII, que consideraría humillante esta imposición, aprovechó el regreso de la hueste imperial a Germania para intrigar contra Otón I con miembros de la nobleza italiana.

La reacción de Otón fue brutal, regresó precipitadamente y reunió un concilio para juzgar a Juan XII por alta traición. La asamblea, siguiendo las instrucciones del emperador, depuso a Juan XII que fue reemplazado en el solio pontificio por un laico, el protonotario de la cancillería, que adoptó el nombre de León VIII. Con este control de la elección del Pontífice, que hasta entonces había corrido a cargo de la nobleza romana, Otón I manifestaba la superioridad de su poder secular respecto al del vicario de San Pedro.

Pero Otón descubriría pronto que sólo la presencia inmediata de su persona y sus tropas en Roma le garantizaban el control efectivo del Papado. Descubrió que la nobleza romana aprovechaba sistemáticamente su ausencia para imponer sus intereses al Papa. En diciembre del 966, en uno de sus regresos a Italia, impuso severas penas a los rebeldes. Los doce responsable de la revuelta en Roma fueron ajusticiados, muchos nobles romanos fueron desterrados a Germania. Para conjurar el peligro de nuevas revueltas, Otón I mantuvo las estructurara político- administrativa de Italia pero colocó al frente de las mismas a personas de su confianza, a las que confirió poderes suficientes para que pudieran controlar en su nombre a la nobleza y a las jerarquías eclesiásticas locales.

Otorgó poderes seculares a algunos obispos, en un intento de atraerse a parte del episcopado italiano. Restableció la institución de los missi dominici , para controlar a la actuación de sus representantes en las diversas circunscripciones administrativas italianas. Estas medidas consiguieron consolidar el poder de Otón I al sur de los Alpes y conjurar por unas décadas el peligro de las revueltas italianas.

Para conseguir ser reconocido emperador de Occidente por la corte bizantina Otón I actuó de forma parecido a Carlomagno: Atacó los intereses bizantinos en Italia.

El área elegida en este caso no fue Venecia sino los dominios de la Italia meridional.

Se desarrolló en dos fases:

 En la primera Otón estrecho relaciones con los príncipes italianos de Capua, Benevento y Salerno cuyos dominios confrontaban con las posesiones bizantinas de la Italia meridional. Estos nobles italianos, que hasta entonces habían girado en la órbita de Constantinopla se declararon vasallos de Otón I. Este cambio de planteamientos de los príncipes meridionales alarmó a la corte bizantina cuyo titular, el emperador Nicéforo Focas, defendía, como todos sus antecesores, la unidad jurídica del viejo Imperio Romano, sostenía que, aunque sólo gobernase efectivamente la mitad oriental, su soberanía se extendía a la mitad occidental negaba al Papa el derecho a disponer de ella y por lo tanto no concedía ninguna validez a la consagración del 962, exigía la devolución de los territorios bizantinos de Italia central, del exarcado de Rávena que los lombardos habían integrado al reino de Italia a finales del siglo VIII y que Carlomagno, después de conquistar el reino, había concedido, como territorio autónomo, a la Santa Sede.

 En la segunda fase, Otón I atacó los dominios bizantinos de Apulia y Calabria, con escaso éxito. La situación no cambió hasta el asesinato del Nicéforo Focas, en 969, puesto que su sucesor al frente del Imperio Bizantino Juan Tzimiskés negoció, en 972, un acuerdo con Otón I. El acuerdo le permitió conservar intactos los dominios de la Apulia y la Calabria, pero tuvo que reconocer como definitivo el vasallaje que los príncipes Capua, Benevento y Salerno habían prestado a Otón. La penetración del Imperio en la Italia meridional se consolidaba, la alianza fue sellada con el matrimonio del Primogénito de Otón I, Otón II, con Teófano, no una princesa de la casa imperial bizantina, pero si una pariente colateral, sobrina, del emperador Juan Tzimiskés, quien jugaría un papel importante en la corte del imperio de Occidente, donde potenciaría la cultura y el pensamiento político de Oriente.

Otón I, que había pasado seis años en Italia, regresó a Germania, en el otoño el 972, donde su larga ausencia había debilitado su autoridad. Con lo cual Otón volvía a enfrentarse con un problema casi irresoluble  ¿Cómo preservar simultáneamente el poder al norte y al sur de los Alpes?

A pesar de contar con más de sesenta años, emprendió la tarea de restaurar su autoridad y su prestigio frente a los poderosos duques germanos y de impulsar la cristianización de los pueblos eslavos de la Europa oriental.

En marzo de 973, reunió en Quedlinburgo, en la dieta anual de primavera, a representantes de Dinamarca. Polonia, Hungría, Bulgaria, Rusia y Bizancio Estados que no formaban parte del Imperio de Occidente, pero que reconocían su poder militar y económico y que estaban siendo cristianizados por misioneros germanos. En la dieta participaron también representantes de los nuevos vasallos de la Italia meridional. En la dieta, se acordó, entre otras cosas, la creación de una diócesis en Praga. Pocas semanas recibió una embajada musulmana del califato fatimí, que controlaba todo el Norte de África y Sicilia.

El emperador falleció unas semanas después, el 7 de mayo de 973, a la edad de setenta años y fue enterrado en la recién construida catedral de Magdeburdo, no en Aquisgrán, una prueba más del desplazamiento hacia oriente del centro de gravedad del Imperio. Del valle del Rin al del Elba.

La primera poetisa alemana Hrotswitha de Gandershein le dedicó –en latín- una especie de epopeya, la Gesta de Otón, en la que contraponía el viejo Imperio romano al nuevo Imperio cristiano, cuya creación atribuía a Otón.

Havelberg, sedes episcopales, y saquearon Hamburgo aniquilando en pocos meses la tarea de evangelización emprendida durante la primera fase del reinado en esta área.

El rápido hundimiento del dominio germano al este del Elba se explica por el hecho que las autoridades seculares y eclesiásticas únicamente habían conseguido establecer un control nominal sobre la población autóctona, la debilidad demográfica del reino de Germania no había permitido aún una colonización efectiva de estos territorios, tarea que no se iniciaría hasta el siglo XII.

Entre tanto, los miembros de la alta nobleza germánica e italiana, convocados por el emperador en Verona, en mayo del 983, para continuar la ofensiva contra los árabes en la Calabria, aceptaron a su hijo Otón, que sólo contaba tres años de edad, como sucesor y decidieron que su coronación se efectuaría en Aquisgrán y la realizarían conjuntamente el arzobispo de Maguncia y el arzobispo de Rávena, con el fin de reafirmar simbólicamente la unión de los dos reinos, el de Germania y el de Italia.

Cuando se disponía a emprender una segunda ofensiva contra los musulmanes de Sicilia, el 7 de diciembre del 983, Otón II falleció en Roma, a raíz de una epidemia paludismo, tenía veintiocho años. Su muerte aceleró la coronación de su hijo Otón III, que se efectuó el 25 de diciembre. La desaparición de Otón II reactivo la revuelta de los eslavos, que llegar a atacar la ciudad de Hamburgo, en el centro de Sajonia.

El reinado de Otón II pone de manifiesto las capacidades y limitaciones del nuevo Imperio:

 El éxito de la transmisión hereditaria del título imperial, derecho que el emperador había negado a los duques.  Provisionalidad de los éxitos frente a los eslavos, que consiguieron recuperar una buena parte de los territorios conquistados por Otón I  La dificultad de controlar simultáneamente y con un nivel de efectividad parecido Germania e Italia.

3 LA CRISIS DEL SISTEMA IMPERIAL (983-995)

La minoría de Otón III fue resuelta por la regencia sucesiva de su madre, la bizantina Teófano, y de su abuela, la lombarda Adelaida. Las dos mujeres, de procedencia, formación e ideas políticas muy diferentes, supieron ponerse de acuerdo para restablecer gradualmente el orden interno del Imperio. Estrecharon las relaciones con algunos grandes feudatarios italianos, como Hugo de Toscana, y con un sector del episcopado, como Juan Filagatos, un griego de Calabria, que había sido nombrado obispo de Piacenza.

Controlada la situación al sur de los Alpes, la regente Teófano y su suegra Adelaida se trasladaron inmediatamente, a Germania para contener las ambiciones del duque Enrique de Baviera, que tenía en su poder al joven heredero y rechazar las agresiones externas en las fronteras de Levante y de Poniente. Cosa que realizaron con el apoyo de un sector del alto clero germano, encabezado por Willigis, arzobispo de Maguncia, Adalberon, arzobispo de Reims, y del canciller Hildebrando de Worms. La regente consiguió aislar a Enrique de Baviera de los restantes duques germanos, y obligarle a que le entregara, a finales de junio del 984, al joven heredero, que sólo contaba seis años.

La educación del joven emperador, supervisada de cerca por su madre, fue confiada a un conde sajón, que le instruyó en el manejo de las armas, a un clérigo culto también sajón, Benward, que dirigió su aprendizaje intelectual en latín y a un calabrés Juan Filagatos, que le introdujo en el manejo de la lengua griega.

A la muerte de Téofano, el 15 de junio del 995, asumió la regencia Adelaida, la abuela del joven emperador, que continuó con los mismos apoyos y siguió las mismas directrices políticas que su antecesora. La regente consiguió también contener la ofensiva eslava en el este, e intervino, por medio de Adalberon de Reims y de Gerberto en la crisis sucesoria provocada en Francia por la muerte de Luis V, favoreciendo la elección de Hugo Capeto.

La sustitución de la dinastía carolingia por la capeta en Francia significó la renuncia definitiva a la recuperación de Lorena. Los emperadores germanos, a cambio, renunciaron a imponer candidatos alemanes en la archidiócesis de Reims, sede de un gran valor simbólico para la dinastía Capeta, puesto que era allí donde se hacían coronar los reyes de Francia.

La acción de las dos regentes consiguió, pues, salvaguardar la integridad territorial del Imperio en un contexto de minoría de edad muy difícil.

4. LA REDEFINICIÓN UNIVERSALISTA DE LA IDEA IMPERIAL POR OTÓN III

En 995, Otón III, con quince años de edad, inició su reinado. Había recibido una cuidada educación, sin paralelo en los restantes príncipes del la época, hablaba fluidamente tanto latín como griego, además de sajón. Era, además, un persona inteligente y muy madura para su edad al que su madre había instruido, además, en el refinado ceremonial y la idea de poder de la corte bizantina. Aunque había heredado de su padre el sentido de la autoridad, siempre actuó más de acuerdo con la sutilidad bizantina que con la simplicidad germánica.

Apasionado de los problemas intelectuales, con una profunda religiosidad, se sintió atraído por el misticismo. Su formación y su personalidad eran, por tanto, muy diferentes a las de sus antecesores inmediatos de la casa de Sajonia. Otón III, como emperador, aspiraba a dirigir toda Europa, no sólo Occidente, para cristianizarla. Pero sólo veía en la Iglesia un instrumento de su propio poder, una estructura articulada eficaz que podía facilitar el logro de sus objetivos.

Continuó la política de la casa de Sajonia de conceder poderes seculares a los obispos, les confió la administración de condados y trató al Papa casi como un obispo más. Dejó a sus marqueses la tarea de defender las fronteras orientales de Germania frente a la presión eslava, controlados por una delegada del emperador, su tía Matilde, abadesa de Quedlimburg, a la que confirió un título inédito, matricia , calcado del de patricio.

Se dirigió a Italia, en la primavera del 996, reclamado por el papa Juan XV incapaz de contener la creciente contestación de la aristocracia local, Otón III, antes de llegar a Roma, al enterarse de la muerte del pontífice, eligió para sucederle a su primo Brunon, miembro de la capilla imperial. El primer papa alemán, quien adoptó el nombre de Gregorio V. Este coronó emperador a Otón III en San Pedro de Roma., el 21 de mayo del 996.

Otón III, después de restablecer el orden en Roma regresó a Germania, para resolver algunas reivindicaciones territoriales de un miembro de su familia, pero, tan pronto como salió de Italia, la nobleza romana se levantó contra el papa alemán Gregorio V, que tuvo que buscar refugió en Espoleto. Los rebeldes romanos, en febrero del 997, elevaron al papado al antiguo preceptor de Otón III, Juan Filigatos, que acaba de llegar de Constantinopla,

directamente con Venecia. Otón III autorizaba al dogo a construir un puerto y un mercado en tres localidades de la costa adriática, próximas a la laguna, y reducía el importe del tributo que Otón I había impuesto a la ciudad.

Otón III se había convertido en soberano de un Imperio, en el que convivían las etnias germana e italiana y en cabeza espiritual de un conjunto de estados circundantes, de etnia eslava y magiar. En ambas áreas la unidad respetaba la diversidad. Para Otón III, el año mil no estaba envuelto de terror sino de esperanza. Por esta época, Otón III elucubraba con la posibilidad de enlazar con una princesa bizantina, para, aprovechando la circunstancia que el emperador bizantino no tenia descendencia masculina, sucederle en el cargo, restablecer la unidad del viejo Imperio Romano y devolver a la ciudad de Roma la capitalidad el mundo.

Mientras, el cristianismo y la influencia del Imperio se expandían por Europa Oriental y central, dentro del Imperio los apoyos de Otón III se deterioraban rápidamente:

 En Germania, un sector de la alta nobleza y del episcopado no entendía la política exterior del emperador, que consumía recursos en el exterior sin generar ganancias. Consideraban que atentaba contra los intereses de Germania, que frenaba su expansión territorial por la Europa oriental. No comprendían este poder universal y blando, que se contentaba con difundir una manera de vivir y convivir, una concepción de la moral y del mundo: el cristianismo. Que se contentaba con expandir la influencia cultural germánica en Europa territorial, sin que ello implicase avances territoriales.

 En Italia los vasallos eclesiásticos, a los que había privado de transmitir hereditariamente los beneficia, que habían recibido de obispos y abades en pago del vasallaje, se integraban en un frente coordinado por un noble, el marqués Arduino de Ivrea. En Roma, la presencia directa, continuada del Emperador reducía la influencia de la nobleza romana en el gobierno de la ciudad y sobre el Papado, e incrementaban la tensión. El 16 de febrero de 1001, los romanos se levantaron contra Otón III, quien intentó desmantelar la revuelta con un patético y elaborado discurso, que su biógrafo Bernward de Hildesheim recoge con detalle. Fracasado su intento de aplacar a la nobleza romana, Otón III y su aliado el papa Silvestre II tuvieron que abandonar Roma. El emperador se instaló en Ravena, a la espera de la llegada de contingentes germánicos para recuperar el control de Roma, mientras seguía estrechando los contactos con la corte de Constaninopla, que había aceptado su propuesta de matrimonio con una princesa bizantina.

Una epidemia de paludismo provocó, el 24 de enero del 1002, la muerte de Otón III en el castillo de Paterno, en la periferia de Roma. Sus restos fueron trasladados a Germania para ser enterrados en la capilla palatina de Aquisgrán, al lado de Carlomango, cuyo recuerdo había condicionado estrechamente su actuación. Su desaparición en plena juventud, a los diecinueve años, dejó un vacio tan grande entre sus amigos que creyeron haber enterrado los mirabilia mundi. Sin sucesión directa, se reveló hasta que punto resultaban quiméricos sus proyectos políticos. La concepción universalista del Imperio de Otón III sería muy efímera.

5. DE LA UTOPIA A LA REALIDAD

Su sucesor, Enrique II, reinstauró la política realista y pragmática de Otón I, que aseguraría al Imperio medio siglo de estabilidad.

Estabilidad, en primer lugar, en Germania, donde la muerte del joven Otón III había abierto una crisis sucesoria, en la que diversos duques se postulaban como sucesores. El duque Enrique de Baviera, con el apoyo de un sector mayoritario del episcopado germánico, encabezado por el arzobispo de Maguncia, Willigis, consiguió ser elegido

y coronado rey de Germania, aduciendo que era el pariente más próximo del emperador difunto. La solución contribuía, pues, a reforzar el sistema hereditario en torno a la casa de Sajonia.

El nuevo rey de Germania, mucho menos culto pero más pragmático que Otón III, eligió como divisa Renovatio regni Francorum , que reflejaba una concepción política menos ambiciosa que la de su antecesores. Se sentía ante todo rey de Germania que, precisamente durante su reinado empezó a denominarse Alemania, y, en segundo término, emperador.

Concentrada en torno a Alemania, concebida como solar de los antiguos francos, su política interior se orientó a fortalecer el poder real y a neutralizar las revueltas de la poderosa aristocracia en la Baja Lorena, la Alta Lorena y Sajonia. Enrique II se esforzará, en la primera fase de su reinado, por restablecer el equilibrio de fuerzas entre la realeza y los duques que había establecido Otón I.

En cuanto a la política exterior, la ruptura será muy clara respecto a la de Otón III, a una etapa de colaboración con Polonia, Bohemia y Hungría, seguirá una época de enfrentamientos militares, de abandono de la coordinación de la expansión del cristianismo en la Europa oriental y central. Esta política permitió mantener la frontera oriental del reino de Alemania en el curso del Oder.

El contraste entre los planteamientos políticos de Enrique II y Otón III también fue muy evidente respecto a Italia y al Imperio. Su divisa Renovatio regni Francorum era muy clara: Enrique II no era partidario de trasladar el centro de gravedad al sur de los Alpes, se limitará a administrar Italia desde Alemania, tarea que en el pasado inmediato ya se había revelado difícil, dadas las ambiciones políticas de la alta nobleza italiana, que, aprovechando la crisis sucesoria abierta por la muerte de Otón III, había nombrado rey de Italia a uno de sus miembros, Arduino de Ivrea.

Enrique II, más interesado, en la primera fase de su reinado, en restablecer el orden en Alemania que en Italia, se conformó con dirigirse a Italia y hacerse coronar rey en Pavía y regresar a Alemania sin exigir la coronación imperial al Papa ni enfrentarse militarmente Arduino de Ivrea. La coronación imperial se postergó a la espera de una coyuntura favorable. Este contexto propicio no se produjo hasta 1014, once años después de la coronación de Enrique II como rey de Germania. Aquel año, la facción filo germánica de la nobleza local se hizo con el control de la ciudad de Roma e impuso en el solio pontificio a uno de los suyos, Benito VIII. Enrique II efectuó su entrada en Roma, donde fue coronado emperador el 14 de febrero de 1014. Esta coronación no tuvo efectos políticos inmediatos, Enrique II no adopto el titulo de Imperator Augustus , no permaneció en Roma, no asumió el gobierno directo de la ciudad y del patrimonio de San Pedro, como su antecesor. Se conformó con saber que estaban en manos de linajes nobles locales filo-germanos.

El reino de Italia continuaría ocupando un lugar secundario dentro del Imperio. En ausencia sistemática del emperador, los asuntos más importantes eran resueltos por missi dominici reclutados entre la nobleza y el episcopado italianos. Y por una cancillería específica, distinta de la de Germania, pero integrada por juristas y notarios germanos de la confianza del emperador. Todo ello constituía una especie de gobierno autónomo que procuraba neutralizar las facciones rivales.

Por esta época, Enrique II intentaba incorporar el reino de Borgoña a Alemania, gobernado por un tío suyo Rodolfo, que carecía de descendencia masculina. Mientras que la nobleza local reivindicaba el derecho a elegir su sucesor, Rodolfo, aprovechando probablemente la reciente coronación imperial, designó como heredero del reino a Enrique II. En 1018, con motivo de un ataque bizantino al principado de Benevento, cuyo titular era vasallo del

En tanto que sucesor de los emperadores romanos, Otón II intentó la unificación política de Italia, expugnando la presencia de los bizantinos en la Calabria y la Apulia, y de los sarracenos en Sicilia. La operación se cerró, sin embargo, con un fracaso absoluto.

Fue con Otón III que la idea del Imperio experimentó, como veremos más adelante, un cambio sustancial. Después de su coronación imperial, entró en contacto, en Roma, con Gerberto de Aurillac, el intelectual más brillante del último cuarto del siglo X. La colaboración de Gerberto con Otón III fue parecida a la de Alcuino de York con Carlomagno. Se convirtió en su principal asesor y diseñó para el joven e inquieto emperador un ambicioso programa político a escala europea

“Nuestro, nuestro es el Imperio Romano. Italia, Galia y Germania le dan su fuerza y los reinos de los Escitas le prestan su apoyo. Tu, nuestro César, eres el emperador augusto de los romanos, que, nacido de la sangre más prestigiosa de los griegos, superas a los griegos por el imperio, y gobiernas a los romanos por derecho hereditario, y destacas de unos y otros por el genio y la elocuencia”

Otón III, desde su llegada a Italia, por influencia de Gerberto, se sentirá más romano que sajón. Adoptó, siguiendo el ejemplo de su padre, el título de Romanorum Imperator Augustus. El Imperio Romano, para Otón III no era un recuerdo, sino una realidad, que era preciso restablecer  se hizo construir un palacio en el monte Aventino, fuera de las murallas, donde impulsó una corte fastuosa, con un nuevo ceremonial combinando elementos bizantinos con reminiscencias romanas antiguas.

Los títulos del antiguo del Palatium carolingio fueron sustituidos por otros nuevos inspirados en Bizancio:

 El conde palatino devino en señor del sacro palacio  El copero pasó a ser designado discoforo

Estos cargos viejos fueron ocupados por italianos y germanos.

Se crearon cargos nuevos:

protoespatario (portador de la espada del emperador),  logoteta , el director de la cancillería, que fue confiado a un eclesiástico germánico, Heriberto, con competencias tanto en Germania como en Italia.  Patricio de los Romanos , que, además de supervisar el gobierno de Roma, se convirtió en un auxiliar cualificado del emperador para los asuntos generales del Imperio.

Empezó a concebir el imperio como un poder universal, centrado en Roma, del que formaban parte todos los pueblos de Europa, incluidos aquellos como Bohemia, Polonia y Hungría, que se estaban formando en los confines orientales de Europa.

A los que se les reconocía una amplia autonomía político-administrativa y religiosa. Con la recuperación de la capitalidad del Imperio por parte de Roma, el centro del poder político descendía al sur de los Alpes, volvía a colocarse en el centro del Mediterráneo.

A la muerte de Gregorio V, en 999, Otón lo sustituyo por su maestro y consejero político Gerberto, que tomó en nombre de Silvestre II. La elección del nombre tenía un profundo significado histórico, puesto que Silvestre I había sido el papa contemporáneo de Constantino, con lo cual, se evidenciaba que Otón III era el legítimo descendiente del emperador romano Constantino.

Las relaciones entre el Emperador y el Papa fueron definidas claramente en texto solemne emanado en enero de

  1. En el reivindica el derecho a dirigir la Cristiandad y relega a los papas a la condición de “grandes sacerdotes encargados del ministerio de la oración”. Los asesores imperiales cuestionaron por primera vez la autenticidad de la donación de Constantino al papa Silvestre I, aceptada por Carlomagno, en el 800, y por Otón I en el 962, con motivo de sus respectivas coronaciones imperiales en Roma y base legal del Patrimonio de San Pedro. En una constitución promulgada en Pavía el 20 de septiembre de 998, se declara falso el documento de la pretendida donación constantiniana. Otón III donó a Silvestre II ocho condados de la Pentapolis, territorios que formaban parte del Imperio, sin embargo, en el documento, especificó que se trataba de una donación voluntaria de unas demarcaciones administrativas el Imperio, no la restitución de unos bienes territoriales sustraídos previamente al Papa, el cual podrá administrarlos, pero jurídicamente los territorios donados continuaran formado parte del Imperio. Firma el documento con los títulos de Romanorum Imperator Augustus y Servus Apostolorum, con lo cual ponía de manifiesto que se consideraba “el representante directo de San Pedro” y el responsable de la administración de su patrimonio, tareas que, hasta entonces, habían incumbido exclusivamente al Pontífice. En tanto que protector de la Iglesia, Otón III, intento frenar el proceso de apropiación de tierras episcopales y monásticas por parte de sus sub-vasallos. Se trataba de fortalecer el poder económico de los monasterios y episcopados frente a la nobleza, para ponerlo al servicio del Estado, tal como declara específicamente en uno de sus documentos:

Cuando “la Iglesia de Dios permanece libre y segura, prospera nuestro Imperio, triunfan nuestras fuerzas armadas, se expande el poder del pueblo romano y se restaura el Estado”

Con el Papa, y en el mismo nivel que él, gobernaba la Cristiandad y copresidía con él los sínodos. Roma volvía a ser la capital del mundo, la madre de todas las iglesias nacionales europeas, pero Otón se consideraba el jefe efectivo de la Iglesia y del Imperio, sostenía que en su persona de confundían ambas instituciones. En Roma, Silvestre II dependía, pues, de Otón III casi tanto como, en Constantinopla, el patriarcado dependía del emperador bizantino ( basileus ). Este programa era el fruto de la colaboración del emperador, del papa y de un consejero imperial: Leon de Verceli, quien en un poema dirigido conjuntamente a Otón III y a Gregorio V refleja con claridad la nueva jerarquía existente entre los dos poderes universales:

“Regocíjate, Papa: regocíjate, César; que la Iglesia exulte de alegría, que el gozo sea grande en Roma; que se regocije el palacio imperial. Bajo el poder del César, el Papa reforma el siglo”

Si Constantino el Grande, en el siglo IV, se había calificado de isapostolos , igual que los apóstoles, Otón III se proclamó servus Apsotolorum y servus Christi ; La segunda versión del título significaba que había recibido directamente de Cristo el mandado de proteger y expandir su reino. El Imperio y la Cristiandad eran para Otón III una misma cosa. De ahí que se esforzara por alentar campañas de evangelización en la Europa Oriental, en Polonia, Hungría, reinos que Otón III no tenía intención de anexionar ni política no eclesiásticamente al reino de Germania ni siquiera al Imperio. Esta proyección religiosa exterior le venía de Adalberto de Praga, su otro gran asesor, que había abandonado Roma y se había trasladado a la frontera oriental el Imperio. Adalberto, que había participado en algunas de las campañas de evangelización había muerto mártir, en el 997, en el bajo Vístula.

El proyecto imperial de Otón III no perseguía, pues, conquistar nuevos territorios en la Europa Oriental y central para después cristianizar su población y establecer unas estructuras eclesiásticas vinculadas a las metrópolis orientales de Germania, como habían hecho todos sus antecesores, sino impulsar la cristianización sin conquista territorial previa ni integración eclesiástica ulterior. Otón III alentó la creación de nuevas metrópolis más allá de

A partir de principios del siglo X, dispusieron también de ministeriales , gentes de diversa extracción social, desde siervos a miembros de la baja nobleza, que habían recibido un “feudo de servicio” ( Dienstlehen ), que, al contrario de los feudos normales, no eran hereditarios, sino siempre revocables por el concedente. Inicialmente los ministeriales prestaban toda clase de servicios a sus respectivos señores, pero pronto éstos tendieron a exigirles casi exclusivamente servicios militares, con lo cual se consolida junto a los vasallos nobles una clase de subvasallos, la capa inferior de la jerarquía feudal alemana, de jinetes campesinos ( ritter ), que intentaron convertir en hereditarias las tierras recibidas de sus señores eclesiásticos. Otón III, en 998, prohibió, en una constitución, promulgada en Pavía, a los subvasallos de los obispos transmitir en herencia las tierras recibidas en pago de sus servicios, como lo hacían los vasallos nobles. El emperador precisó que las concesiones de tierra efectuadas por los obispos y abades a sus respectivos subvasallos sólo podían ser temporales, no hereditarias, y por tanto revocables. Esta diferencia de trato entre vasallos nobles y subvasallos creó descontento entre estos, que deseaban asimilarse a los primeros.

Estos ministeriales, en una segunda fase, se expandirán de los grandes dominios eclesiásticos a los imperiales y a los ducales. Enrique I, como ya se ha expuesto, ya los había utilizado, entre 920 y 933, para consolidar la frontera oriental frente a los húngaros.

La monarquía germánica, desde la época e Otón I, no dudó en conceder a los obispos atribuciones político- administrativas, a confiarles incluso el gobierno de condados, pagando estos servicios con la entrega de nuevas tierras fiscales, lo que permitió la formación de extensos patrimonios eclesiásticos, que caracterizarán a la Iglesia Germana hasta comienzos del siglo XIX. Y convirtieron a los obispos en los más fervientes servidores del emperador, quien, con su colaboración interesada, podía controlar a la nobleza y al conjunto de los territorios del Imperio. Por el contrario, la pérdida del apoyo del episcopado tendría consecuencias catastróficas para el orden interior y el prestigio exterior del Imperio Germánico. Cosa que acabará por suceder, a mediados del siglo XI, cuando se inicie la reforma eclesiástica gregoriana, que obligará a los obispos a elegir entre la fidelidad al emperador y la fidelidad al papa, optando la mayoría de ellos por la segunda.

Hasta este momento, obispos, abades, canónigos y monjes de las iglesias del Imperio trabajaron decididamente para el emperador, en la capilla palatina, en la cancillería, en los condados, como embajadores, como misioneros para difundir el cristianismo en Europa oriental y central. Muchos le ofrecieron un apoyo militar decidido, acompañándole personalmente, al frente de sus respectivas huestes privadas, a sus campañas, donde algunos de los cuales encontraron la muerte en el combate, un final loado como heroico por los poetas áulicos de la corte imperial, pero poco acorde con sus específicas funciones sagradas.

8. LAS ESTRUCTURAS POLITICOADMINISTRATIVAS Y MILITARES DEL IMPERIO

GERMÁNICO

Mientras que la Administración carolingia prescindió casi íntegramente de los ducados y organizó uniformemente la administración territorial del imperio a base de condados, El reino de Germania estuvo organizado en un reducido número de ducados y de marcas.

El duque inicialmente ejercía en su ducado casi todas las atribuciones de la soberanía sobre los condes actuaba como un virrey y dejaba al rey de Germania una autoridad suprema muy exigua. Desde mediados del siglo X, como consecuencia del ascenso gradual del poder monárquicos, los reyes de Germania consiguieron reforzar su

control sobre los duques y lograron transformarlos de jefes de los diversos pueblos germanos que integraban el reino, a representantes del rey ante estos pueblos, impidiendo la transmisión hereditaria del cargo, la formación de dinastías ducales reservándose, en cada caso, la elección del sucesor y confiando el cargo a miembros de la propia familia real o a miembros de la alta aristocracia de su confianza.

Coetáneamente procuraron minar también el poder ducal, reduciendo la extensión de los más fuertes mediante divisiones territoriales (Lorena) y segregaciones territoriales, transfiriendo al nuevo ducado de Carintia algunos condados del de Baviera. Manteniendo alguno de sus condados bajo la dependencia directa de la monarquía y otorgando otros a obispos para que los administraran.

Es muy significativo, al respecto, que con motivo de las campañas exteriores o los viajes a Italia del emperador la magnitud de los contingentes de caballeros acorazados aportado por cada duque fuera muy inferior a los que el emperador reclutaba en los obispados, abadías, condados y señoríos, territorios que dependían directamente del emperador y, por tanto, escapaban al control administrativo y militar del duque correspondiente. Todo ello no significa, sin embargo, que no conservaran un papel político importante, sobre todo en los momentos en que se unían en un frente único contra el rey.

En los períodos de debilidad del poder real, los duques recuperaban sus antiguas prerrogativas políticas. Durante las frecuentes crisis sucesorias exigían el derecho a elegir al nuevo monarca, pero pronto tuvieron que compartir este derecho de elección con los arzobispos de las provincias eclesiásticas centrales del reino: las del valle del Rin, Maguncia, Treveris y Colonia.

En todo caso, la institución ducal, al igual que el episcopado y el abadiado, fue alternativamente servidora y rival del emperador, constituyó una de las particularidades políticas del Imperio Germánico, que le diferenció del modelo carolingio.

Al lado de los duques, aunque con un rango social y político algo inferior, estaban los marchiones , marqueses gobernadores militares de las marcas fronterizas creadas por los Otones a lo largo de la frontera septentrional: la Marca de los Billunger, que tomó el nombre de la familia del primer titular, y la Marca del Norte. A lo largo de la frontera oriental: la Marca de Lusacia, la marca de Meissen, la Marca de Mesenburgo y la Marca de Zeitz. A lo largo de la frontera meridional: la marca Oriental, la Marca de Carintia y la Marca de Verona, que estuvieron inicialmente vinculadas al ducado de Baviera, del que ser irían desvinculando gradualmente, por la vía autonómica, hasta convertirse en ducados las dos primeras.

Las estructuras militares iniciales del reino de Germania fueron las heredadas del imperio carolingio. Otón I, después de la coronación imperial del 962, para poder sofocar las frecuentes revueltas italianas y afrontar las campañas de conquista en Europa oriental, tuvo que poner al día las prestaciones militares públicas de sus súbditos y privadas de sus vasallos y subvasallos. Estableció que cuando convocara la hueste, cada uno de los vasallos directos germanos (duques, obispos y abades), debían poner a su servicio un contingente preciso de caballería acorzada, de jinetes fuertemente armados, los loricati, algo más de 4000 en total. El emperador no disponía de todos ellos a la vez, sino que, mediante unos turnos rotatorios, reemplazaba las tropas fatigadas por otras tropas de refresco. En contrapartida, el emperador debía permitir a sus grandes vasallos directos que organizaran libremente sus respectivas tropas, con lo cual perdió toda influencia sobre los vasallos de sus vasallos Influencia que Carlomagno había conseguido preservar. Este autonomía militar de los grandes vasallos directos del emperador facilitaría en el futuro su transformación en príncipes autónomos, tanto seculares como eclesiásticos, que impondrían el sistema electivo al hereditario en la sucesión imperial. El emperador, para