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Asignatura: Historia de América II, Profesor: Palmira Velez, Carrera: Historia, Universidad: UniZar
Tipo: Apuntes
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a portada del 5 de marzo de 2012 de la revista Time Magazine proclamaba audazmente: « Yo decido. Por qué los latinos elegirán al próximo presidente». Más recientemente, el 3 de junio de 2016, Jonathan Capehart del Washington Post inició un artículo afirmando que «[al] leer los resultados de las encuestas para las elecciones presidenciales de 2016, la cifra a la que debe prestarse mayor atención es la del apoyo de los latinos. Hace años que lo sabemos».
Para los lectores de fuera de Estados Unidos, estas afir- maciones podrían parecer exageradas o, por lo menos, desconcertantes. Al fin y al cabo, ¿por qué de repente son importantes los latinos? ¿Y, de hecho, quiénes son y por qué son tan importantes polí- ticamente?
La respuesta corta a estas preguntas es que los latinos ahora son importantes por- que han pasado a ser el se- gundo grupo demográfico más significativo del país, como resultado del notable aumento de las tasas de inmi- gración de América Latina en las últimas décadas del siglo XX, junto con su tasa de na- talidad relativamente supe- rior. El concepto de «latino» o «hispano» (en este artículo
se usan de modo intercambiable) en el contexto de Estados Unidos es un identificador social panétnico para las personas originarias de América Latina y sus descendientes. Lo que es más importante, su existencia como grupo demográfico, y la importancia política resultante, demuestra lo difícil que es entender el sistema político estadounidense sin explorar el papel que desempeñan en esa sociedad los conceptos de «raza» y «origen étnico».
Pero, antes de profundizar en estas cuestiones, cabe mencionar que en las últi- mas dos décadas predecir el crecimiento del poder po- lítico de los latinos en Esta- dos Unidos se ha convertido en un tema recurrente en las noticias sobre política, aunque, hasta la fecha, las predicciones del tamaño y la influencia de este grupo étnico no se han cumplido.
Existen muchos motivos que explican la disparidad entre el tamaño de dicha población y su eficacia po- lítica, entre ellos, la gran proporción de adultos que no son ciudadanos estadou- nidenses, así como el hecho de que los que sí lo son sue- len ser más jóvenes, tener un nivel educativo más bajo
OCTUBRE 2016
CIDOB • Barcelona Centre for International Affairs
ISSN: 2013-
Allert Brown-Gort, profesor visitante, Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM)
plorar el papel que ejercen en esa sociedad los conceptos de «raza» y «origen étnico».
de hispanos de Estados Unidos actualmente son el segundo may- or grupo étnico o racial del país.
latinos inmigrantes y, además, básicamente «ilegales».
migración en Estados Unidos, en general, se ha vuelto más posi- tivo, pero, a la vez, con un sesgo más pronunciado.
largo plazo del electorado estadounidense, mientras la utilidad política de la identidad panétnica latina cada vez queda más clara.
sido desigual, sin duda, los latinos han ido abandonando el Par- tido Republicano. Queda por ver si este partidismo en aumento también comportará una mayor movilización política entre esta población.
y menos ingresos que la población en general; todas ellas son condiciones, como sabe la ciencia política, que limitan el comportamiento en las urnas.
Pero ya desde las elecciones de 2012 se empezaron a ver se- ñales de que esta situación podría estar cambiando, cuando el número de latinos que votaron a Obama superó el margen en votos populares, y podría decirse que de este modo los votantes latinos fueron decisivos en esas elecciones. Y, como veremos, se dan buenos motivos para pensar que, en las elec- ciones de 2016, el voto latino finalmente podría llegar a su madurez.
Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, los 56,6 mi- llones de hispanos de Estados Unidos son actualmente el se- gundo mayor grupo étnico o racial del país. Las personas de origen mexicano representan casi las dos terceras partes ( millones, aproximadamente 11,8 millones de los cuales nacie- ron en México) de los latinos del país. A continuación, les si- guen los de origen puertorriqueño, 4,9 millones de los cuales viven en la zona continental (y 3,5 millones más son residen- tes en la isla de Puerto Rico). Además, otros cinco grupos de
hispanos ostentan una representación superior a un millón de personas cada uno: cubanos, salvadoreños, dominicanos, guatemaltecos y colombianos.
Esta situación es el resultado de una de las transformacio- nes demográficas más importantes en la historia de Esta- dos Unidos. Se prevé que la población blanca (no hispana), que durante mucho tiempo ha constituido la gran mayoría, disminuya del actual 61% del total de la población al 47% hasta 2050. Se prevé que la población negra se mantenga bastante estable (actualmente representa el 12,4% de la población y se espera que sea el 12,8% en 2050), pero la proporción de la población asiática aumentará considera- blemente, del 5,3% al 8,4%. Mientras tanto, se espera que la población latina —que solo representaba un 3,5% de la po- blación total en 1960— aumente del actual 17,7% al 26,5% previsto para el año 2050. 1
Existe un consenso en que las semillas del cambio demográ- fico actual se encuentran principalmente en la aprobación de la Ley de Inmigración y Nacionalidad ( Immigration and Nationality Act ) de 1965, comúnmente conocida como la Ley Hart-Cellar. Esta legislación representó una reordenación
fundamental de la ley de inmigración y se aprobó con el mis- mo espíritu que la Ley sobre Derechos Civiles (Civil Rights Act) de 1964 y la Ley del Derecho al Sufragio ( Voting Rights Act ) de 1965, pero también —en el contexto de la Guerra Fría— pensando en la imagen de Estados Unidos en el exte- rior en materia de igualdad racial. Esto puso fin a la era de las cuotas restrictivas que había empezado con la adopción de la Ley de Cuotas ( Quota Act ) en 1924; abrió las puertas a la mayor entrada de inmigrantes desde el inicio del siglo XX y cambió radicalmente la composición de los inmigrantes que llegaban a Estados Unidos. Aunque antes de 1965 los in- migrantes del «hemisferio occidental» (en realidad, México; Canadá, especialmente Quebec; y, en menor medida, Cuba y las Indias occidentales) no estaban sujetos a las cuotas que se imponían al resto del mundo, en la práctica, la ausencia de cuotas quedaba compensada con importantes barreras ad- ministrativas diseñadas para permitir básicamente que solo entraran en el país trabajadores inmigrantes no permanen- tes. De este modo, cuando se eliminaron las cuotas, muchos más inmigrantes latinos se decidieron a dar el paso formal. Esto —junto con la reducción del crecimiento demográfico en Europa— explica que, a diferencia de las anteriores olas migratorias, los inmigrantes ya no venían en su gran mayo- ría de Europa, sino predominantemente de América Latina y, cada vez más, de Asia.
Pero la nueva inmigración no fue el único motivo del enorme cambio demográfico. Igual que en todos los países desarrolla- dos, la tasa de natalidad de la población nativa empezó a decaer aproximadamen- te al mismo tiempo, 2 y la población en su conjunto empezó a envejecer —hasta el punto que se prevé que la población blanca no solo disminuya como propor- ción del total, sino que empiece a disminuir en cifras reales a partir de 2030—. 3 En este contexto, la tasa de natalidad más elevada de la población nacida en el extranjero ha ad- quirido incluso más importancia, y la segunda generación se ha convertido en el principal impulsor del crecimiento de la población. Según la Oficina de Censos, entre 1993 y 2013, la cifra de latinos nacidos ya en EEUU menores de 18 años se duplicó con creces (con un aumento del 107%), en comparación con el aumento de solo el 11% de los menores de 18 años en la población general. 4 Este crecimiento de la segunda generación se da incluso en una época de poca mi- gración, de modo que, aunque el número de inmigrantes la- tinos presentes en el país aumentó ligeramente en los cinco años entre 2007 y 2012 (de 18 millones a 18,8 millones), su proporción como parte de la población latina total disminu- yó y pasó del 40% al 36%.
Más de 27 millones de latinos tendrán derecho a
votar en noviembre, un aumento del 60% desde las
elecciones de mitad de mandato en 2006.
con la sociedad en general, por definición, no se basan en el origen étnico». 5 Aunque algunos cuestionaban la veracidad de dicha afirmación, queda bastante claro que el movimien- to en pro de los derechos civiles cambió fundamentalmente esa relación. Si, antes de esa época, la complicidad de los gobiernos a todos los niveles para asegurar unos resultados desiguales había afectado a la identidad étnica al imponer- la desde fuera de los grupos, la decisión de los gobiernos de ayudar a los miembros de determinados grupos étnicos para compensar las injusticias del pasado mediante accio- nes afirmativas y otros programas ha dado ahora un gran impulso a la identidad étnica desde dentro de estos grupos al canalizar las prestaciones. Los gobiernos locales y esta- tales, pero, en especial, el Gobierno federal, fomentaron la movilización y la conciencia étnica con una amplia varie- dad de programas. De este modo, la naturaleza de los pro- gramas gubernamentales siguió determinando los cambios en las fronteras étnicas.
Así, por ejemplo, como resultado del movimiento de los derechos civiles, el censo cambió considerablemente sus métodos y, en 1970, eran los propios ciudadanos quienes cumplimentaban los formularios censales. Además, invirtió por completo su planteamiento, contando, para medirlo, a quién se excluía y ayudar así a destinar mejor los recursos,
en contraposición a la práctica anterior de contar para ayu- dar a excluir.
En la última versión de los grupos de población sobre los que el Gobierno debe recoger datos, publicada en 1997, 6 la OMB obligó a todas las agencias federales a usar cinco ca- tegorías raciales: blancos; negros o afroamericanos; amerin- dios o nativos de Alaska; asiáticos, y nativos de Hawái u otras islas del Pacífico. Para los encuestados que no se iden- tificaban con ninguna de estas categorías raciales, la Oficina del Censo de Estados Unidos incluyó una sexta categoría denominada «otra raza» en los cuestionarios censales de 2000 y 2010. Además de las categorías raciales, la OMB tam- bién requirió el uso de dos «orígenes étnicos» independien- tes de la raza: «hispano o latino» y «no hispano o latino». También estableció que la «raza» y el «origen étnico» eran conceptos diferentes e independientes y que, al recoger es- tos datos mediante la autoidentificación, debían usarse dos preguntas diferentes.
Sin embargo, como se ha mencionado anteriormente, si el Gobierno ha cambiado considerablemente hacia una mayor inclusión en las cuestiones étnicas y raciales, en la sociedad
existen unas fuerzas considerables que avanzan en sentido inverso. Podemos observar los efectos de esta resistencia en la interesante pregunta de por qué los inmigrantes latinos —o, lo que es más importante, sus descendientes—, habi- da cuenta de su gran número y larga historia en Estados Unidos, todavía en general no son considerados «blancos», sino parte de un «origen étnico» diferente. Al fin y al cabo, los latinos han sido un elemento integral de gran parte de lo que finalmente pasó a formar Estados Unidos desde el siglo XVI y, de hecho, legalmente se consideraban «blancos». Por lo tanto, podían optar a la ciudadanía (una condición, por cierto, que durante muchos años se negó a casi todas las de- más personas «de color») desde el momento en que un nú- mero considerable pasó a formar parte del país por primera vez en 1848 en virtud de los términos del Tratado de Gua- dalupe Hidalgo, que marcó el final de la guerra entre Méxi- co y Estados Unidos. Actualmente un 88% de los latinos se autoidentifican como «blancos» en los formularios censales. Además, muchos otros grupos de inmigrantes, por ejemplo, los irlandeses y los italianos, han pasado de ser considera- dos una raza diferente en el momento de su llegada a ser considerados hoy indudablemente blancos. Entonces, ¿por qué no sucede lo mismo con los latinos?
La respuesta está relacionada con los efectos históricos del debate político y social sobre inmigración y sus efectos en el orden social racial, junto con su reflejo contemporáneo, que parece dominado —de modo significa- tivo si la candidatura de Trump es una medida válida— por el miedo a los efec- tos del cambio demográfico. Incluso hoy, muchos residentes blancos consideran a todos los latinos inmigrantes y, además, básicamente «ilega- les», lo que no se corresponde mucho con la realidad, sino más bien con la posición que han ocupado en el orden et- norracial norteamericano durante más de 150 años. Esto ha situado a los latinos en el centro de gran parte del debate acerca del papel de los inmigrantes en la promoción de los derechos civiles y en la creación —y la amenaza— de un país «multicultural».
En los últimos 15 años, a pesar de los altibajos, el debate sobre migración en Estados Unidos, en general, se ha vuelto más positivo pero, a la vez, con un sesgo más pronuncia- do. Ha quedado demostrado que la inmigración y las cues- tiones relacionadas son un buen indicador de los debates culturales y económicos que han acompañado la trayectoria del país hacia una polarización política cada vez mayor du- rante el mismo periodo. Y, si bien se podría argumentar que este debate hostil sobre inmigración es tal vez consecuencia de la debilidad económica general que ha sufrido Estados Unidos desde el inicio del siglo, indicios sólidos señalan que el discurso actual sobre inmigración también se ha vuelto mucho más beligerante en respuesta a las señales étnicas, es decir, por el miedo al «oscurecimiento de Estados Unidos». La nominación de Donald Trump como candidato a la pre- sidencia del Partido Republicano demuestra que existe un sentimiento bastante arraigado en una parte de la población —especialmente personas blancas con pocos estudios, ma- yores, de clase trabajadora o media-baja— en contra de los inmigrantes y, más especialmente, de los latinos.
La Oficina del Censo de Estados Unidos siempre
ha reflejado las divisiones sociales del país (y, en
cierta medida, ha contribuido a crearlas).
El resultado es que, si el debate sobre inmigración sigue desarrollándose en términos muy partidistas con unas po- siciones cada vez más extremas, entonces probablemente solo estamos viendo el inicio de una división a largo plazo del electorado estadounidense, mientras la utilidad política de la identidad panétnica latina cada vez queda más clara. Es decir, se consolidaría el ciclo de rechazo que se refuerza mutuamente, en el que los miedos a las consecuencias del cambio demográfico, exacerbados políticamente, dan lugar a un debate negativo sobre la inmigración centrado en los latinos, que responden a la defensiva, cerrando filas alre- dedor de una identidad unitaria panétnica para aumentar su influencia como grupo, lo que, a su vez, generaría más ansiedad.
Sin esta sensación de rechazo, es bastante probable que la mayoría de latinos —igual que tantos otros grupos de inmi- grantes antes de ellos y como parece que han hecho muchos latinos durante años— a la larga pasaran a ser «blancos» y, por lo tanto, se acabaría el problema. Es decir, a causa de las fuerzas inexorables de la asimilación —integración, aculturación y matrimonios mixtos—, la identificación pa- nétnica «latino» dejaría de ser funcional y, con el tiempo, se convertiría en un «origen étnico simbólico» más. Así pues, irónicamente, parece probable que justamente sea el temor al cambio cultural y demo- gráfico que tendría lugar cuando los blancos dejen de ser la mayoría absoluta de la población lo que da a la etiqueta panétnica validez política y, por lo tanto, crea las propias condiciones para que se produzca dicho cam- bio —y quizás incluso que sea permanente—.
Los blancos suponen el 70% del electorado, porcentaje que ha disminuido desde el 85% en 1980. El censo estadouniden- se actualmente prevé que, para el año 2060, los blancos sean solo el 46% por ciento del electorado, mientras que los lati- nos habrán aumentado del actual 13% al 27% del conjunto de votantes.
En los últimos 15 años la influencia política de los latinos ha crecido de modo constante, aunque desigual. En parte esto responde a las características demográficas de la propia po- blación latina, cuya combinación limita el comportamiento en las urnas. Entre la porción de inmigrantes de la población, muchos no tienen la ciudadanía y, por lo tanto, no pueden votar. Pero incluso entre los que sí pueden existe una gran variedad de niveles de aculturación política que, según se ha demostrado, tiene un efecto decisivo en el partidismo y los índices de participación política. Los nacidos en Estados Uni- dos son principalmente jóvenes y tienen un nivel educativo y de ingresos relativamente inferior. Y quizás lo que es más importante es la novedad relativa de la identidad panétnica y las dificultades muy reales a la hora de crear dicha identidad «impuesta». Sin embargo, probablemente esto va a empe-
zar a cambiar, ya que cada vez más latinos ya han nacido en EEUU y se han socializado en el sistema político y el entorno etnorracial estadounidense.
Ya se ha visto que las contrarreacciones al nativismo contra los latinos han aumentado la inscripción en el registro electoral y los índices de votación, así como otras formas de participación cívica y política, aunque hasta ahora estos efectos se han limi- tado a iniciativas locales o estatales concretas (como la reacción a la Propuesta 187 de California en 1994) y a periodos especí- ficos (como las masivas marchas de inmigrantes en 2006). En estos casos, queda claro que el discurso negativo acerca de la inmigración provocó una creciente identificación panétnica y una movilización cívica y política directamente asociada a la identidad panétnica. Y, si el partidismo en el Partido Demó- crata hasta el momento ha sido desigual, sin duda, los latinos han ido abandonando el Partido Republicano. Queda por ver si este partidismo en aumento también comportará una mayor movilización política entre esta población.
En este sentido, se puede afirmar que la utilidad política de la identidad panétnica ha cambiado la tendencia hacia una desasimilación, a medida que miembros del grupo empie- zan a concebir su participación política no como miembros de una clase determinada o localidad geográfica sino como
miembros de un grupo étnico. Pero si la población latina con- serva una identidad étnica «extranjera» independiente que les asigna un número considerable de no latinos, esto tendrá implicaciones políticas cada vez más importantes: actual- mente, cada año más de 800.000 jóvenes latinos, ciudadanos norteamericanos por nacimiento, cumplen 18 años. Es decir, el electorado latino ahora crece aproximadamente unos 3, millones entre cada elección presidencial, y su concentración en un único partido político tendrá unos efectos duraderos. Más de 27 millones de latinos tendrán derecho a votar en no- viembre, un aumento del 60% desde las elecciones de mitad de mandato en 2006.
La encuesta a gran escala más reciente a votantes latinos, rea- lizada por America’s Voice y la empresa de encuestas Latino Decisions,^7 reveló que Trump no solo pierde el voto hispano, sino que, además, lo pierde mucho más que cualquier otro candidato republicano a la presidencia en el pasado.^8 Según
El Gobierno ha cambiado considerablemente hacia una
mayor inclusión en las cuestiones étnicas y raciales, pero
en la sociedad existe fuerzas considerables que avanzan
en sentido inverso.