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Asignatura: Paleografia, Profesor: Juan Manuel de la Obra, Carrera: Historia del Arte, Universidad: UGR
Tipo: Apuntes
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Instituto de Estudios Gallegos “Padre Sarmiento” del CSIC
Resumen Este artículo presenta una sucinta visión del estado actual de la Paleografía y Diplomática. Aborda su nacimiento en el siglo XVII como ciencias auxiliares de la historia y de la filolo- gía en el ámbito de la historia de la Iglesia. A continuación, sigue su evolución en el contexto del nacimiento y consolidación del método his- tórico-crítico, de la clasificación y sistematiza- ción de la escritura, las diversas escuelas del siglo XIX, hasta su consolidación científica a comienzos del siglo XX. Se tienen en cuenta el nuevo giro paleográfico a partir de 1930 (A. Gieysztor e I. Hajnal) y la Historia de la cultu- ra escrita (A. Petrucci, A.B. Langeli…). Se estudia además su evolución en España. A con- tinuación se examinan los presupuestos episte- mológicos de los distintos paradigmas historio- gráficos como base de la aceptación o puesta en cuestión del estudio de las fuentes. Se concluye con el paso de la paleografía erudita y descrip- tiva a una historia del los usos de la escritura.
Palabras clave Paleografia, Diplomática, Codicología, Epi- grafia, Paradigmas historiográficos, Historia de la cultura escrita.
Abstract This article presents a succinct vision of the current state of the Paleography and Diplomatcs. Approaches his birth in the 17th century as auxiliary sciences of the history and of the philology in the area of the History of the Church. Later, it follows his evolution in the context of the birth and consolidation of the historical-critical method, of the classification and systematizing of the writing, the diverse schools of the 19th century, up to his scientific consolidation at the beginning of the 20th centu- ry. The new draft is born in mind paleographic from 1930 (A. Gieysztor and I. Hajnal) and the History of the written culture (A. Petrucci, A.B. Langeli …). His evolution is studied in addition in Spain. Later are examined the epistemologics budgets of the different historics paradigms as base of the acceptance or putting concerning the study of the sources. One concludes with the step of the erudite and descriptive paleography to a history of the uses of the writing.
Keywords Palaeography, Diplomatics, Codicology, Epigraphy, Historiographic paradigms, History of the written culture.
CUADERNOS DE ESTUDIOS GALLEGOS, LVI N.º 122, enero-diciembre (2009), pp. 411- ISSN 0210-847 X
(^1) Entregado el 22.03.2008.
No es ninguna casualidad el que la primera consolidación científica de la Pale- ografía y Diplomática tenga lugar a mediados del siglo XVII en el ámbito concre- to de la Historia de la Iglesia, de la que pasaría a la historia laica, aspecto éste igno- rado o pasado por alto. Precisamente en esta época se da una serie de circunstancias y aportaciones religioso-filosófico-histórico-culturales que provocaron el afianza- miento de la Paleografía y de la Diplomática como dos de las ciencias auxiliares de la investigación histórica y de la filología, teniendo como tarea específica investigar la historia de la escritura, del escribir, de los materiales y de los instrumentos de la escritura y de proporcionar la capacidad de leer las escrituras antiguas, de conocer su antigüedad, sus peculiaridades temporales y espaciales y de utilizar los puntos de referencia resultantes del legado manuscrito para la crítica de la tradición. Toda la evolución posterior de estas dos disciplinas hasta bien entrada la segun- da mitad del siglo XX ha dependido y sigue dependiendo de una serie de presu- puestos filosófico-socio-político-culturales, cuya exposición es necesaria para la comprensión del estado actual y de las perspectivas de su futuro.
2.1. Contexto general En la consolidación de la historia como ciencia fue determinante, en primer lugar, la contribución del humanismo. Con su lema ad fontes hizo posible la ela- boración de una metodología de la investigación histórica 2. Esta herencia metodo- lógica la recogieron primero los historiadores de la Reforma y luego los de la Con- trarreforma, con el fin de documentar polémicamente sus propias posturas y defen- der apologéticamente sus instituciones. Consecuentemente, podemos afirmar que fueron los estudios sagrados los que provocaron el avance cualitativo de la histo- ria. No le falta, pues, razón a E. Fueter, cuando afirma que la “historiografía... moderna es hija de la reforma luterana” 3. La historia de la Iglesia antigua debía aportar las pruebas de que el protestantismo, a diferencia del catolicismo, mante- nía en su pureza la forma originaria del cristianismo; y la historia de la Edad Media debía servir de prueba de las espantosas tinieblas a que había llevado el dominio
(^2) Cf. H. JEDIN, “Introducción a la Historia de la Iglesia”, en: Manual de Historia de la Iglesia vol. I, Barcelona 1980, 65- (^3) Cf. E. FUETER, Storia della storiografia moderna , Milán 1970, 316
Mabillon (1632-1698), con sus dos obras Anales de la Orden de san Benito y De re diplomatica^10 (1681), importantes por su minuciosa metodología y por el uso riguroso de las fuentes, que serán decisivas en el desarrollo ulterior de las deno- minadas ciencias auxiliares de la historia. Precisamente fue el maurino Bernard de Montfauçon quien con la publicación de su obra Palaeographia graeca dió el nombre a la nueva disciplina. Por otra parte, las consecuencias de la larga y apasionada disputa confesional hacen que la historia profana se vaya alejando progresivamente de la historia ecle- siástica y surja la historia como ciencia. Pero, simultáneamente la controversia de la historia específicamente eclesiástica contribuyó decisivamente al anfianzamien- to y consolidación de la Paleografía y de la Diplomática como disciplinas impres- cindibles en el quehacer del historiador. En la polémica confesional la parte católi- ca vio desde un principio que la demostración de la Iglesia como verdadera sólo se puede hacer históricamente sobre la base de fuentes auténticas. La publicación de gran número de fuentes condujo a la elaboración de un método histórico-crítico y, por consiguiente, a la historia como ciencia. Es significativa la afirmación de Ludo- vico Antonio Muratori (1672-1750) en 1740: “Apoyar, en cuanto sea posible, las acciones de los sumos pontífices, pero sin adulaciones; no pretender probar que es antiguo y legítimo lo que no lo es, y permitir que la crítica sana juzgue acerca de los libros, de los autores de los milagros, de las leyendas y otros puntos similares de la historia eclesiástica. Mejor es que digamos nosotros las verdades, que no oír- selas decir con escarnio a nuestros enemigos”^11. La evolución de la escritura latina en sus ámbitos principales de utilización como escritura monumental, libresca y comercial no es regular y su investigación exige diversos métodos de trabajo. En este sentido, el primer ámbito, la epigrafía, se separó pronto de la paleografía genuina como una disciplina especial, mientras que los otros ámbitos permanecieron en estrecha relación con la diplomática, que strictu sensu , había que definir como aquella disciplina “que se interesa por el estu- dio de aquellos documentos, cuya característica esencial estriba en su naturaleza y su valor jurídico-administrativo e histórico-testimonial, así como en que van reves- tidos de diversas formalidades que les dan carácter probatorio y fuerza legal”^12. Su tarea específica es el “discrimen veri ac falsi”.
(^10) Destinada a refutar las tesis del jesuita Papenbroeck, que consideraba falsos gran número de diplomas y cartularios de los monasterios benedictinos. (^11) Carta que Muratori escribió el 5-11-1740 a Bacchini, recogida en A. PRANDI, La storiografia eclesiastica in Italia nell’età di Angelo Maria Querini , Brescia 1982, 205-206. (^12) Cf. M.B. PIQUERAS, “Concepto, método, técnicas y fuentes de la Diplomática”, en A. RIES- CO TERRERO (Ed.), Introducción a la Paleografía y la Diplomática general , Madrid 1999, 194.
En suma, podemos decir que gracias al estudio paciente y a la investigación de gran número de autores, durante los siglos XVI y XVII se va acumulando una enor- me masa de material histórico y se van preparando los instrumentos científicos ade- cuados para trabajarlo. En este sentido hay que mencionar la labor de J. Mabillon, quien en su V. libro de su obra De re diplomatica incluyó muestras de escritura de manuscritos entre los siglos IV y XV, clasificándolas según su forma y época. Con esto dio comienzo la clasificación de la escritura por formas: “gothica”, “langobar- dica”, “saxonica” y “francogallica” (de acuerdo con los correspondientes pueblos) junto a la “romana” o “latina”. El veronés Scipione Maffei^13 considera todas estas formas como variantes de la “latina”, que a su vez divide en “mayúscula”, “minús- cula” y “cursiva”, con lo que puso las bases de la génesis y evolución de la escritu- ra. Fue precisamente Maffei el primero que definió la Paleografía como “historia de la escritura” en su Istoria diplomatica che serve d’introduzione all’arte critica^14. La tesis de Maffei fue reconocida en principio, pero el mayor éxito del siglo XVIII consistió en sistematizar todas las escrituras recopiladas, labor que fue llevada a cabo por los maurinos Ch.F. Toustain y R.P. Tassin en su “Nouveau Traité de Diplomati- que”^15. En el siglo XIX la paleografía latina hizo grandes progresos sobre todo por el trabajo de la investigación francesa ( École des chartes , fundada en 1821), de la inves- tigación alemana ( Monumenta Germaniae Historica [1819]); de la investigación aus- tríaca ( Institut für österreichische Geschichtsforschung [fundado en 1854]), de la investigación inglesa ( Paleographical Society , fundada en 1873 o en 1902) y de la investigación italiana ( Archivio paleografico italiano , a partir de 1883). Estas institu- ciones han continuado vigentes hasta nuestros días y siguen aportando valiosísimos trabajos relativos a la transcripción y publicación de fuentes, a la formación de pale- ógrafos y archiveros así como a la Paleografía y Diplomática en general. Aparte de estas instituciones surgidas en el siglo XIX y que continúan aún vigentes, hay que decir que por este tiempo y hasta bien avanzado el siglo XIX la Paleografía estuvo a la sombra protectora de la Diplomática^16 , incluso todavía en
(^13) Scipione Maffei en su obra Istoria diplomatica che serve de introduzione all’arte critica (Man- tua, 1727), define la Paleografía cono “historia de la escritura”, que, en palabras de Alessandro Prate- si, resultó ser una “geniale ma ancora umbratile intuizione”; Vid. “Un sguardo al passato per afficiar- si al futuro”, A. PETRUCCI – A. PRATESI, Un secolo di Paleografia e Diplomatica (1887-1986). Per il centenario dell’Isntituto di Paleografia dell’Università di Roma , Roma 1988, XIV. (^14) Mantua 1727. (^15) Paris 1750-1765, en especial en el vol. III. (^16) La Diplomática es la disciplina que se ocupa del estudio de los diplomas, en alemán “Urkun- den”. El diploma o “Urkunde” es “ein Erzeugnis des Rechtslebens und verfügt über einen besonderen Quellenwert: sie ist kein Erzeugnis der Geschichtsschreibung, sie bietet nicht ein Bild aus der Sicht eines Erzählers, sondern sie ist ein unmittelbarer ‘Überrest’ aus dem in seinem Kern auf Verträgen und
toria de la cultura. La obra más representativa que salió de la escuela de Traube son los Codices latini antiquiores , editados por E.A. Lowe, en los que se describe y valora paleográficamente la totalidad de la escritura de los códices latinos a partir del siglo IX^19. Entre los pertenecientes a la escuela de L. Traube hay que citar a B. Bischoff que fue el alma de los Codices latini antiquiores y autor de la Paläographie des römischen Altertums und des abendländischen Mittelalters , cuya primera edición apareció en 1979, siendo revisada y ampliada en la segunda de 1986 y traducida al inglés, francés e italiano. En el proceso de la evolución se produjeron algunas observaciones programáti- cas sobre la Paleografía, entre las que había que mencionar las de Augusto Campa- na^20 y Heinrich Fichtenau^21 (1912-2000), profesor de la Universidad de Viena y entre 1962-83 director del Institut für österreichische Geschichtsforschung , quien en 1946 publica Mensch und Schrift im Mittelalter (Viena), que es una interpreta- ción de la escritura medieval como ejercicio ascético relacionado con la subjetivi- dad del individuo, de modo tal que la producción escrita de un determinado marco geográfico o cronológico es el reflejo de las ideas dominantes y las diversas expre- siones gráficas, su reproducción más o menos fiel, dependiendo del grado de adhe- sión del escribiente a tales ideas. Disciplina hermana de la Paleografía es la Epigrafía, separadas desde hacía tiempo. Por lo que toca a la relación de letra manuscrita e inscripción las investi- gaciones de Jean Mallon han aportado valiosos resultados, como se puede ver en sus obras Paléographie Romaine^22 y De l’écriture. Recueil d’études publiées de 1937 á 1981^23 , en las que amplió el campo del estudio de la Paleografía, incluyen- do los denominados “soportes duros” ( matières dures o durables ). De esta forma se superó la distinción entre la epigrafía, papirología y paleografía, introducida por los creadores de las ciencias auxiliares y fundada sobre una clasificación que lleva la marca de la edad clásica y del siglo de las luces. Dstacado representante de esta corriente es el profesor Vicente García Lobo con su monumental proyecto Corpus inscriptionum Hispaniae medievalium.
(^19) Para el conocimiento de la escuela alemana de Paleografía es importante el artículo de Johannes AUTENRIETH, “Die Münchner Schule: Ludwig Traube (1861-1907) – Paul Lehmann (1884-1964) – Bernhard Bischoff (1906)”, en A. PETRUCCI – A. PRATESSI, Un secolo di Paleografia e Diplomatica (1887-1986). Per il centenario dell’Instituto di Paleografia dell’Università di Roma , Roma 1988, 99-130. (^20) Cf. A. CAMPANA, “Paleografia oggi”, en: Studi Urbinati di storia, filosofia e letteratura 4 (N.S.B. 1-2, 1967), pp. 1013-1030. (^21) En el artículo “Die historischen Hilfswissenschaften und ihre Bedeutung für die Mediävistik” zur “Enzyklopädie der geisteswissenschachtlichen Arbeitsmethoden”, München-Wien 1967, pp. 125-129. (^22) Madrid 1952. (^23) Paris 1986.
La consolidación científica tiene lugar en las primeras décadas del siglo XX, momento en el que coinciden algunos de los más renombrados paleógrafos (Luigi Schiaparelli 24 , Giorgio Cencetti 25 , Giulio Battelli 26 o Jean Mallon 27 ). La teoría paleográfica de estos autores definió con mayor amplitud el campo y obje- tivos de estudio, aunque el concepto de paleografía todavía tenía más que ver con una historia lineal y estática de la escritura que con la formulación social, situacional y contextualizada de la misma. Con todo, el cambio de los conteni- dos de la paleografía aportado esecialmente por Battelli en Italia y Mallon en Francia y su repercusión en los demás paises, entre los que se encuentra España, fue considerable. Un exponente de este cambio es el nacimiento y vida próspera del Comité Internacional de Paleografía , fundado en París en 1953, tras un coloquio en el que se convino por especialistas de toda Europa la necesidad de emprender al menos tres labores coletivas: la redacción de un léxico políglota ilustrado de los términos usados en paleografía; edición de catálogos de manuscritos datados en escritura latina hasta el siglo XVI y la confección de un diccionario general de abreviaturas paleográficas. Tras la primera y segunda reunión de París los años 1953 y 1966, han sucedido otras en Roma (1966), Viena (1975), Saint-Gall/Berna/Ginebra (1979), Munich (1981), Londres (1985) y Madrid-Toledo (1987). A esto hay que añadir los Coloquios temáticos , celebrados en el Vaticano 28 (1990), Erice 29 (Sici- lia, 1993), Bruxelas 30 (1995), Cluny 31 (1998), Weigarten (Württenberg, 2000) y Eghien-Les-Bains 32 (19-20 setiembre de 2003).
(^24) Podemos citar entre sus obras: Aviamento allo studio delle abbreviature latine nel Medioevo (Firenze, 1986); Il Codice 490 della Biblioteca Capitolare di Lucca: ottantre pagine per servire a studi paleografici , Roma 1924; Influenze straniere nella scritura italiana dei secoli VIII e IX , Roma 1927; La scrittura latina nell’età romana , Hildesheim-New York 1979. Un estudio sobre la labor de este ilus- tre paleógrafo puede verse en Mª C. CAMINO MARTÍNEZ, La obra paleográfica de L. Schiaparelli [Microforma]: orígenes de escrituras altomedievales , Sevilla 1987. (^25) Algunas obras son: Lineamenti di storia della scritura latina: dalle lezioni dei paleografia (Bologna a.a. 1953-54) , Bologna 1997; y Scritti archivistici , Roma 1970. (^26) Obra suya es Lezioni di paleografia , Vaticano 1949, y sobre su obra se puede consultar en la miscelánea hecha en su honor por la Scuola Speciale per Archivisti e Bibliotecari dell’Università di Roma, Paleografia diplomatica e archivistica: Studi di onore di Giulio Battelli , Roma 1979. (^27) Una evolución de las distintas escuelas paleográficas y diplomáticas a finales del siglo XIX puede verse en Un secolo di Paleografia e Diplomatica. (^28) Con la temática La data de las escrituras, del siglo XII al XV. (^29) La temática es Escribas y colofones. (^30) Con la temática El estatuto del escritor. (^31) Se trató La colaboración de la producción del escrito medieval. (^32) Temática Un jubilado paleográfico.
1977, proponía allargare la metodologia, gli strumenti, il campo d’indagine^38 , lo cual suponía entrar en un circuito más amplio y en aspiraciones mayores, las de estudios de las implicazioni socioculturali , para lo cual se debían ampliar los hori- zontes y entrar en el campo de la historia participando de todas las imbricaciones que suponía la escritura en las sociedades concretas, dando paso a que la Paleogra- fía fuera una ciencia más de las que reclaman la interdisciplinariedad como méto- do necesario para acercarse al conocimiento total del pasado^39. La orientación positivista, técnica y auxiliar de los estudios paleográficos esta- ba incapacitada para resolver los diversos problemas suscitados por la escritura como práctica socio-cultural. Como observa atinadamente Armando Petrucci, la orientación positivista fijaba sus objetivos en el análisis interno de las formas grá- ficas, la datación temporal y tópica y la explicación del proceso seguido en la redac- ción de los documentos, con lo que dejaba sin respuesta todos los interrogantes concernientes a la identidad de las personas que escriben – quién escribe - y las razo- nes y contextos en los que se desarrollan las prácticas de lo escrito – por qué se escribe^40. Surgirá así en la década de los años 60, pero sobre todo en la de los 70, gracias a la iniciativa y labor del italiano Armando Petrucci, una nueva propuesta teórica y metodológica articulada en el ámbito de los estudios sobre lo que pasó a llamarse alfabetismo y cultura escrita , de la que volveremos a hablar.
2.2. Paleografía y Diplomática en España La génesis y evolución de la Paleografía y Diplomática en España desde el siglo XVIII hasta las últimas décadas del siglo XX ha sido muy similar al resto de los paí- ses europeos. Desde el punto de vista epistemológico, la concepción imperante y mayoritaria ha sido empirista, positivista o realista, y desde el punto de vista funcional, Paleografía y Diplomática han sido las ancillae jurisprudentiae, historiae et philolo- giae , es decir, ciencias auxiliares de la jurisprudencia, de la historia y de la filología. En los últimos años han venido apareciendo trabajos en los que se intenta poner de relieve el estado actual de la Paleografía y Diplomática en España, dando a conocer la lista de manuales publicados y de manuscritos inéditos desde el período fundacional hasta nuestros días por García Villada, Millares Carlo, etc., haciendo incluso reflexiones sobre la concepción que cada autor daba a su manual de Paleo-
(^38) Cf. A. BARTOLI LANGELI, “Intervento di Apertura”, en: Alfabetismo e Cultura Scritta nella Storia della Societá Italliana. Atti del Seminario ternutosi a Perugia el 29-30 marzo, 1977 , pp. 11-12. (^39) Cf. F. GIMENO BLAY, Ob.cit., 125. (^40) Cf. A. PETRUCCI, “Scrittura e libro nell’Italia altomedievale. Il sesto secolo”, Studi medievali , X/2 (1969), 157-158.
grafía. Con F. Gimeno Blay, creo que la larga enumeración de manuales no es sufi- ciente, puesto que a través de ellos sólo se observa la concepción individual de la evolución de la escritura , del dinamismo implícito en ella, olvidando algo tan fun- damental como la respuesta al por qué se confeccionaron estos libros y a qué ideas y necesidades sociales respondían. En este contexto surge las pregunta: ¿Con qué finalidad concebían el estudio de la Paleografía los autores españoles de lo siglos XVIII, XIX y XX? La respuesta es que la Paleografía española, al igual que sus homónimas extrajeras, ha estado y en un amplio sector sigue estando situada en la adquisición de un alto grado de tecnicismo, motivada al menos para la época entre 1738 y 1923 –según Gimeno Blay– por la “coyuntura... de la Ilustración y el movi- miento de incorporación de señoríos de realengo.... Los paleógrafos y maestros de letras antiguas se preocupaban del estudio de los documentos antiguos como garantes de unas determinadas propiedades, más que como fuente histórica”^41. Se suelen citar como pruebas de esta tesis los múltiples pleitos que tuvieron lugar a finales del siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX en los que se exigía la diso- lución del régimen señorial y la reversión de sus territorios a la Corona (pleitos estu- diados por Salvador de Moxó, Domínguez Martínez, Mariano Peset, etc.). Personal- mente he tenido que transcribir y estudiar la documentación de los pleitos de varias jurisdicciones de la parte oriental de la actual provincia de Orense contra los titula- res condes de Ribadavia y marqueses de Viana. En el proceso el señor jurisdiccional tenía que presentar como prueba los títulos primordiales o de egresión , casi todos medievales, para cuya interpretación e intelección se precisaba la ayuda del “exper- to” o “maestro en letras antiguas”. Los documentos, por lo inusual de su caracteres, precisaban de una lectura por parte de un experto. El juicio de autenticidad y false- dad era proporcionado por la crítica interna, efectuada por la Diplomática. Es decir, existe una conexión entre los pleitos de los siglos XVIII y XIX y los manuales de Paleografía y Diplomática, que Salvador de Moxó en su trabajo El pri- vilegio Real y los orígenes del medievalismo científico en España^42 reconocía expre- samente a la vez que sentaba las bases para una recuperación y matización de los conceptos, métodos y contenidos que desde antaño se les habían reservado a la Pale- ografía y a la Diplomática. Asimismo aclaraba aspectos muy interesantes referentes a su nacimiento como crítica erudita de los documentos de la Edad Media, necesa- rio para el disfrute de unas determinadas propiedades por unas clases sociales. Su amplio conocimiento de este proceso histórico le llevó a desentrañar los con- tenidos de las peritaciones que los eruditos del siglo XVIII y XIX habían realizado a
(^41) Cf. F. GIMENO BLAY, Ob.cit ., 19. (^42) RABM, 64/1(1958), 29-53.
fin, para transmitir a otros siglos los tesoros literarios de las edades anteriores ). Aparece aquí claramente la idea de Paleografía como auxiliar necesaria del archive- ro, desarrollada anteriormente por Burriel en su Paleografía Española. En esta misma línea, consecuencia de la Desamortización, fue también la crea- ción del Cuerpo de Archiveros en 1858 y la del Archivo Histórico Nacional en 1866, con la intención de disponer ordenado todo el material archivístico llegado a Madrid después de las medidas desamortizadoras^45. La creación de la Escuela Española de Arqueología e Historia de Roma en 1910, donde modelarán sus concepciones metodológicas muchos investigadores hispanos, y la vida próspera del ya citado Comité Internacional de Paleografía , fundado en París en 1953, en cuyas reuniones han participado numerosos españoles, han supuesto para la Paleografía española un indiscutible avance, porque a través de ellos los paleógrafos españoles se pusieron en contacto con las nuevas corrientes, iniciadas allende los Pirineos con anterioridad. Dentro del marco y de uno de los objetivos de este Comité se estableció en 1987 la confección de una “Guide des enseignements de Paléographie”, es decir, de un censo de los centros de enseñanza de Paleografía en todo el mundo. En este contexto, la profesora Mª Milagros Cárcel Ortí publicó en 1996 un trabajo titulado La enseñanza de la Paleografía y Diplo- mática. Centros y cursos^46 , en el que también se incluyen las tradicionalmente deno- minadas ciencias auxiliares: heráldica, sigilografía, cronología, genealogía, numis- mática, etc. En la misma línea, el año 2002 hace lo mismo, pero referido a España con el trabajo “La Paleografía y Diplomática en las universidades españolas”, publi- cado en la revista Signo^47_._ Una de las nuevas corrientes es la surgida en Italia a raíz del seminario interdis- ciplinar Alfabetismo e cultura scritta nella storia della società italiana celebrado en Perugia en marzo de 1977, que según Attilio Bartoli Langeli, uno de los organi- zadores junto con Armando Petrucci, supuso un revulsivo para la renovación de la Paleografía, contribuyendo a revalorizarla, pero sobre todo a renovar y ampliar su metodología, los instrumentos y el campo de investigación. Ese mismo año de 1977 comienza su andadura editorial la revista Scrittura e Civiltá. Esta corriente ha encontrado eco y seguidores en las universidades de Valencia, Universidad Complutense y de Alcalá de Henares, Carlos III de Madrid, Granada,
(^45) C. MENDO CARMONA, “Escuela de Estudios Medievales: su labor de edición de fuentes”, Hispania , 50/2, núm. 175 (mayo-agosto.1990), 599-617. (^46) Cf. Mª M. CÁRCEL ORTÍ, La enseñanza de la Paleografía y Diplomática. Centros y cursos , Valencia 1996. (^47) ID., “La Paleografía y Diplomática en las universidades españolas”, Signo. Revista de historia de la cultura escrita , 9(2002), 37-104.
León, etc., donde esta línea aparece en algunas revistas como Signo. Revista de la cultura escrita (fundada y dirigida por el Prof. Carlos Sáez), Litterae. Cuadernos sobre Cultura Escrita (de la Universidad Carlos III, fundada en 2001), etc. Sin lugar a dudas los más representativos de esta corriente en España son los profesores Carlos Sáez y Antonio Castillo Gómez por sus múltiples publicaciones, por los proyectos de investigación Cultura escrita, memoria histórica y sociedad urbana en Alcalá de Henares: Del Renacimiento a la Desamortización y El uni- verso de los libros. Lectores, lecturas y bibliotecas en la Alcalá del Siglo de Oro así como por el Congreso de Historia de la Cultura Escrita , del que se han celebrado ya nueve ediciones, la última en abril de 2008^48. Una exposición clara y exhausti- va de las características y tendencias de esta nueva corriente puede verse, por ejem- plo, en los trabajos “De la paleografía a la historia. De las prácticas del escribir”^49 , de A. Castillo Gómez, y en “Paleografía versus alfabetización. Reflexiones sobre historia social de la cultura escrita”, de A. Castillo Gómez y C. Sáez^50 , así como en las recensiones críticas de las obras de las figuras extranjeras más representativas de esta nueva tendencia, como Armando Petrucci, Carlo Romeo, Roger Chartier, Attilio Bartoli Langeli, Xenio Toscani, etc. Expuestos brevemente la evolución y el estado actual de las disciplinas Paleo- grafía y Diplomática en general y en España, para una mayor clarificación es nece- sario examinar la relación que hay entre estas disciplinas heurísticas con los distin- tos paradigmas historiográficos.
Como acabamos de ver, desde el siglo XVI hasta nuestros días el desarrollo de la Paleografía y Diplomática ha venido teniendo un continuo desarrollo: se accede
(^48) Por la muerte prematura del profesor Carlos Sáez Sánchez el 16 de marzo de 2006 esta edición estuvo bajo la dirección del profesor A. Castillo Gómez con el título IX Congreso Internacional de Historia de la Cultura Escrita: La ciudad de las palabras. Opinión pública y espacio urbano en la Edad Moderna. (^49) Cf. A. CASTILLO GÓMEZ, “De la paleografía a la historia. De las prácticas del escribir”, C. BARROS GUIMERÁNS (Ed.), Historia a debate. T. II: Retorno del sujeto. Actas del Congreso Inter- nacional “A Historia a debate celebrado el 7-11 de julio de 1993 en Santiago de Compostela” , San- tiago de Compostela 1995, 261-271. (^50) Cf. A. CASTILLO GÓMEZ – C. SÁEZ, “Paleografía versus alfabetización. Reflexiones sobre la historia social de la cultura escrita”, Signo. Revista de historia de la cultura escrita , 1 (1994), 133-168.
A la par que la historia se asentaba en las universidades, se generalizaba la aper- tura o creación de los archivos (v.gr. nuestro Archivo Histórico Nacional, fundado en 1866) y de las bibliotecas, repositorios de la materia prima del trabajo histórico. Sobre esta base sociológica e intelectual, surgieron las primeras revistas espe- cializadas, destinadas a la profesión: la alemana Historische Zeitschrift (1859), la francesa Revue Historique (1876), el Boletín de la Real Academia Española (1877), la English Historical Review (1886) o la American Historical Review (1895). En este contexto hay que mencionar también la aparición de los primeros manuales de introducción al trabajo histórico, entre los que hay que resaltar la obra titulada Introducción a los estudios históricos (1898) de Ch. Langlois y Ch. Seignobos, cuyo dictum aun resuena en las aulas: “La historia se hace con documentos [...] Nada suple a los documentos, y donde no los hay, no hay historia”. Clara referen- cia a lo imprescindible de la labor paleográfica y diplomática en el quehacer de la investigación histórica. Junto a esta epistemología realista, existen concepciones idealistas-nominalistas en las que el conocimiento de la realidad está ligado a la conciencia o depende de la conciencia del sujeto cognoscente (aquí hay que incluir el materialismo históri- co, las concepciones contemporaneistas de B. Croce, John Dewey, Robin George Collingood, etc.). Consecuentemente una epistemología historiográfica realista (v.gr. positivismo histórico o escuela francesa de Annales ) aceptará como impres- cindible el examen del dato histórico fontal, mientras que una concepción idealis- ta-nominalista (antipositivismo, contemporaneismo o materialismo dialéctico) pon- drá en cuestión ese dato fontal y toda disciplina heurística (v.gr. Paleografía y Diplomática). Como aclaración de lo que se acaba de decir, se expondrán a continuación algu- nos de los modelos historiográficos como el positivismo histórico rankeano, el anti- positivismo, el contemporaneismo, la escuela francesa de Annales y el materialis- mo dialéctico. Hay que tener en cuenta que estas concepciones historiográficas siguen vigentes más o menos alteradas en la actualidad.
3.1. El positivismo histórico El positivismo histórico, representado por Barthold Georg Niebuhr (1776- 1831), Leopold von Ranke (1795-1886) y por Theodor Mommsen (1817-1903), aspira a dar una imagen exacta y completa del pasado a partir de unas fuentes “his- tóricamente puras”. En la base del positivismo esta una epistemología ingenua, acrítica. En efecto, el positivismo considera el objeto del conocimiento histórico como un dato ya construido y el acto del conocimiento histórico como el registro o la fotografía de ese objeto. La objetividad del conocimiento consiste en percibir el
dato tal como es ( wie es eigentlich gewesen ), en registrar los hechos en estado bruto, en su verdad original, fuera de toda interpretación. El ideal del positivismo histórico es llegar a la exactitud fría, neutra, impersonal de las ciencias naturales, como la botánica, la biología, la química, etc. Se mantiene rigurosamente en el nivel de los hechos, en su pura materialidad^52. Hemos de reconocer que semejante ideal no es solamente inaccesible, sino con- trario a la realidad. El mismo von Ranke no era ni política ni religiosamente indi- ferente. Sus concepciones políticas se dirigían ante todo contra la Revolución Fran- cesa y el dominio de Napoleón y desde el punto de vista religioso, en su Geschich- te der Reformation (= Historia de la Reforma ), estaba visiblemente inspirado por sus simpatías luteranas. Los hechos van siempre acompañados de una interpreta- ción individual o colectiva sin la que, por otra parte, serían inteligibles. Es decir, cualquier hecho humano, en la práctica se manifiesta a la vez como un hecho y como una interpretación, que se traduce por un juicio. Fuera del espírtu humano que capta y que juzga, no hay más que un caos de datos. Así pues, la objetividad a propósito de un hecho histórico consiste en entrar en el horizonte de una concien- cia que lo percibe y que lo juzga. Por consiguiente, la investigación histórica no se encuentra ante un puro hecho material, contenido en cualquier tipo de documento, desprovisto de toda significa- ción, sino ante una intención encarnada, ante un proyecto realizado. La investiga- ción histórica es la interpretación re-creadora de la intención creadora de la histo- ria vivida directamente, reflejada en el documento. Es decir, la investigación histó- rica recorre al revés el camino de la vida. Se dedica a descubrir la intención del sujeto en el acto por el que se construye. La historia vivida (reflejada en el docu- mento) y la investigación histórica se condicionan mutuamente. Pero el conoci- miento histórico sólo es posible porque la misma historia vivida (que aparece en el documento) es ya “significante”, inteligible. De aquí se sigue que la investigación histórica no es posible más que con la condición de adoptar ante la historia vivida, ante el dato histórico, una actitud al mismo tiempo de “afinidad”, para comulgar con ella, y de “distanciamiento”, para juzgarla correctamente. Pese a estas críticas, hay que reconocer que la corriente rankeana cuenta entre las clásicas de la historiografía alemana. El desarrollo del método histórico-crítico, el examen y análisis crítico, filológico y documental de la fuentes históricas mate- riales, su perspectiva universal junto con un sentido para lo singular de las situa- ciones históricas y su exigencia expresa de imparcialidad crearon una corriente
(^52) Cf. M. CRUZ, El historicismo , Barcelona 1981; F. TESSITORE, Interpretación del historicismo , Barcelona 2007.
trumental; y la tarea del historiador es la de comparar la realidad con los tipos ide- ales como forma de percibir la realidad. Consecuentemente el historiador no reproduce los hechos , sino que construye una imagen de los sucesos pasados. Los hechos históricos son, por tanto, construc- ción del historiador , creaciones de su mente, conforme a su experiencia científica, que tiene en cuenta tanto los hechos como sus fuentes y las disciplinas (Paleografía y Diplomática) que se ocupan primariamente del estudios de estas fuentes.
3.3. El contemporaneismo de Benedetto Croce y Robin George Collingood En el contexto de la conceptualización del conocimiento histórico, a comienzos del siglo XX el italiano B. Croce empieza a abogar por una filosofía de la historia, que desde luego debía mucho a los maestros alemanes citados. Según Croce, toda la historia es “historia contemporánea”. “Los requisitos prácticos subyacentes a todo juicio histórico dan a la historia todo el carácter de historia contemporánea , porque, por remotos temporalmente que nos parezcan los acontecimientos así cata- logados, la historia se refiere en realidad a las necesidades presentes y a las situa- ciones presentes en que vibran dichos acontecimientos”^54. Con esto quiere decir que la historia consiste esencialmente en ver el pasado por los ojos del presente y a la luz de los problemas de ahora, y que la tarea primordial del historiador no es recoger datos, sino valorar. Siguiendo a Croce, el historiador norteamericano Carl Becker fue más lejos al afirmar que “los hechos de la historia no existen para nin- gún historiador hasta que él los crea”. Croce ejerció un gran influjo sobre el filósofo e historiador de Oxford, Collin- good, cuya epistemología se contiene en su obra La Idea de la Historia (1945) y que puede resumirse como sigue: La filosofía de la historia no se ocupa del “pasa- do en sí” ni “de la opinión que de él en sí se foma el historiador”, sino “de ambas cosas relacionadas entre sí”. El pasado que estudia el historiador no es un pasado muerto, sino un pasado que en cierto modo vive aún en el presente. Sin embargo, un acto pasado está muerto, es decir, carece de significado para el historiador, a no ser que éste pueda entender el pensamiento que se sitúa tras él. Por eso, toda la his- toria es la historia del pensamiento y la historia es la reproducción en la mente del historiador del pensamiento cuya historia estudia. La reconstitución del pasado en la mente del historiador se apoya en la evidencia empírica. Pero no es de suyo un proceso empírico ni puede consistir en una mera enumeración de datos a partir de fuentes objetivas, contando con la ayuda de la Paleografía y Diplomática. El pro-
(^54) Cf. B. CROCE, La historia como hazaña de la libertad , México 1971.
ceso de reconstitución rige la selección y la interpretación de los hechos: esto es precisamente lo que los hace históricos. A tenor de esto, alguien puede concluir que “la historia es la experiencia del historiador. Nadie la hace como no sea el historia- dor: el único modo de hacer historia es escribirla”^55. Ya en nuestros días son parti- darios de que el pasado es continuamente modificado en función de los intereses del presente: Trevor Lummis, Eric Hobsbawm, John Nerone y David Lowenthal. El énfasis puesto en el papel del historiador como hacedor de la historia tiene como lógica consecuencia descartar toda historia objetiva: la historia es lo que hace el historiador. Esto equivale al escepticimismo más total. Collingood, en su reac- ción contra la “historia de corta y pega”, contra una mera compilación de hechos y transcripción de documentos, se acerca peligrosamente a tratar la historia como algo brotado del cerebro humano, con lo que se acerca a la afirmación de que “no existe verdad histórica objetiva ”. En vez de la teoría de que la historia carece de sig- nificado, se nos ofrece aquí la teoría de su infinidad de significados, ninguno de los cuales es mejor ni más cierto que los demás, lo que en el fondo equivale a lo mismo.
3.4. La escuela francesa de Annales Al comenzar el siglo XX y durante gran parte del mismo casi en todas las uni- versidades europeas era practicada una historia volcada en el relato estricto de los acontecimientos políticos, gestas militares y relaciones diplomáticas entre Estados, con la oposición, a partir de este encierro en lo individual e irrepetible de la acción humana, a todos los supuestos abstractos y generalizadores de las ciencias socia- les. En 1929 Lucien Febvre (1878-1956) y Marc Bloch (1886-1944) fundaron los Annales d’histoire économique et sociale (desde 1945, Annales, Economies, Socié- tés, Civilisations ). Su propósito era ofrecer una alternativa a la práctica historio- gráfica dominante, superando el enfoque político-diplomático y militar. Este movi- miento supone y significa la decisión por una “reconstrucción” de la historia abier- ta a las corrientes más progresistas de las ciencias sociales, con un rechazo de la “esterilidad del historicismo” –historia superficial, según sus fundadores-, con sim- patías más o menos claras por el marxismo, y en parte también atenta a los resulta- dos de las ciencias sociales. Sin embargo, el verdadero triunfo de la escuela historiográfica de Annales sólo tuvo lugar después de la Segunda Guerra Mundial, cuando su modo de entender la práctica de la historia se generalizó en Francia y se exportó a buen número de paí-
(^55) Cf. M. OAKESHOTT, Experience and its Modes , Cambridge 1933, 99