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Orientación Universidad
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personalidad, Apuntes de Psicología

Asignatura: personalidad, Profesor: Jose Manuel Hernandez, Carrera: Psicología, Universidad: UAM

Tipo: Apuntes

2015/2016

Subido el 07/12/2016

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24 José Manuel Hernández López misma aludiendo a su aislamiento respecto de otras, es decir, poniendo de relieve lo que ella aporta que no aportan las otras. La intención de la contextualización que se expone en este libro es justamente la contraria. La psicología de la personalidad man- tiene relaciones con disciplinas tales como la psicología básica, la psicología de las diferencias individuales, la psicología social, la evaluación psicológica o la psicopatología pero eso no quiere decir que pueda reducirse a ninguna de ellas como en diversos momentos históricos se ha pretendido. La palabra clave, pues, es complementariedad y avance mutuo en lo teórico y en lo meto- dológico, CAPÍTULO PRIMERO ¿A qué nos referimos cuando utilizamos el término personalidad? Censuraba don José María de Areilza a los especialistas, entre ellos a los profesores universitarios, el hecho de que se refugien en el «tecnicismo de sus áreas genéricas como en una clave secreta para iniciados». Hay algo peor, como esta- mos viendo: que los no iniciados entren en el recinto de los especialistas con el mismo desenfado que un perro en misa. FerNaNDO Lázaro CARRETER, El dardo en la palabra ¿Por qué Sócrates no quiso huir de una muerte segura cuando tuvo oportunidad de hacerlo?, ¿por qué Boabdil lloró al perder Granada? o, ¿por qué Sancho Panza aceptó el gobierno de la ínsula Barataria?, son preguntas a las que la psicología de la personalidad podría dar respuesta. Quizá sea la única disciplina capaz de responder de forma científica a cuestiones de esta natu- raleza. Que la psicología de la personalidad, en cuanto disciplina científica, no se plantee directamente estas preguntas como obje- tos relevantes de estudio no implica que, como derivación o apli- cación de su bagaje de conocimientos, no pueda darles respuesta. Y no sólo a éstas sino también a otras directamente relacionadas con la cotidianidad de la vida de los sergs= La renuncia de Sócrates, el llanto de Sancho, aunque con distintas formas, sor mánifestaciones de su [25] 26 José Manuel Hernández López comportamiento. Comportamientos, por otra parte, que no debie- ron sorprender a algunos de los allegados a los anteriores persona- jes: Platón, la madre de Boabdil o don Quijote habrían sido capa- ces, casi con total seguridad, de anticipar o predecir cuál sería ese comportamiento!. Suponiendo que éstos no eran sabios en psico- logía (al menos de reconocido prestigio quizá con la salvedad de Platón), sí, al menos, tenían el suficiente grado de conocimiento sobre la tendencia habitual en la actuación de esas personas o per- sonajes para poder pronosticar cuál sería su comportamiento futuro. Ello implica el reconocimiento de una forma habitual de actuar de esos personajes. En un lenguaje coloquial, bien podríamos decir que los conocían muy bien y, por ello, podrían haber establecido tales predicciones. Al fin y al cabo cuando alguno de nosotros afirma que «conoce» muy bien a alguien está diciendo que ha visto cómo se comporta ese «alguien» en una variada gama de situacio- nes y que es capaz de anticipar qué hará en situaciones futuras. Ante una afirmación como la siguiente: «Si vamos a ver una de guerra no avises a Fernando porque seguro que no viene», debe- mos suponer que la persona que la hiciera tendrá la suficiente información para realizarla bien porque Fernando le haya dicho que no le gustan las películas bélicas, bien porque se ha dado cuenta de que, en otras ocasiones, Fernando ha puesto una excusa más o menos convincente para no ir, bien porque sabe que, habi- tualmente ese día de la semana tiene otros planes... Sea lo que fuere, está estableciendo una predicción sobre el comportamiento futuro de Fernando con base en su comportamiento pasado. Además, Fernando tendrá una manera específica y concreta de manifestar el comportamiento de no ir al cine. Supongamos que dice que sí y luego no se presenta o que se enfada ante la propuesta y no admite ningún tipo de explicación o que llega hasta la puerta de la sala y, una vez allí, pretende convencer a los demás para que vayan a ver otra de las películas. La persona que «conoce» muy bien a Fernando estaría en disposición de com- pletar su afirmación anterior con la predicción de cuál será la manifestación específica del comportamiento «no ir a ver pelícu- las bélicas» de Fernando. Dicho en otras palabras, alguna de las tres manifestaciones comportamentales anteriormente descritas 1 Si no se ha preparado antes es difícil improvisar una frase como: «Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre» que la leyenda pone en los labios de la madre de Boabdil ¿A qué nos referimos cuando utilizamos... 27 será más probable que se produzca que las otras. Así, la más probable será la más «personal» de Fernando y no tiene que coincidir con la que pudieran tener Pedro o Luis (suponiendo que ninguno de ellos tampoco fuera a ver este tipo de películas). Nuevamente, en la determinación de esa probabilidad, el cono- cimiento previo del -comportamiento pasado de Fernando resulta de especial relevancia. Pues bien, aunque ellos (los allegados a los tres personajes mencionados y el amigo de Fernando) quizá no lo supieran, esa manera, forma o estilo de actuación «personal» o particular consti- tuye lo que se ha venido en llamar personalidad. De hecho, quizá no afirmarían que conocen muy bien la personalidad de Sócrates, 'Boabdil, Sancho o Fernando, dirían que «conocen» bien a las per- sonas, aunque, en realidad, “estuvieran hablando de su personali- -dad y no de su persona. Quizá para aclarar el «trabalenguas» haya que acudir a la noción intuitiva del concepto personalidad. De hecho, en el lenguaje popular, la personalidad es un tér- mino comúnmente utilizado: «María tiene una gran personali- dad», «el problema de Augusto es que no tiene personalidad», «para que no te pisen hay que tener una fuerte personalidad». Ese uso, aun siendo común, no deja de reflejar, desde un punto de vista técnico, errores que merece la pena resaltar. Así, en prin- cipio y esto ha suscitado ríos de tinta, la personalidad es algo que no se puede dejar de tener, que no pesa y que no se puede defi- nir en función de su fortaleza o de su debilidad. Esta noción intuitiva parece establecer una sinonimia entre la personalidad y el grado de independencia, autonomía e, incluso, fortaleza de los individuos. Incluso admitiendo que tal independencia, autono- mía o fortaleza pudieran formar parte de la definición de la per- sonalidad, desde luego, no agotaría su significado representando una sinécdoque, no por muy utilizada menos imprecisa, del con- cepto de personalidad. En realidad, esas propiedades pertenece- Hían (o no) a la «persóna». Otro elemento que hay qué destacar es la cuantificación a la que someten al concepto personalidad en lo que equiparan a ésta con otras características de las personas como pueden ser la belleza o la simpatía que o no se tienen o se poseen en un grado determinable subjetiva u objetivamente. Recapitulando, la utilización popular de la expresión «cono- cer a las personas» y del término personalidad aunque sea indi- cativa de un acuerdo implícito, y probablemente ingenuo de las personas no ayuda a clarificar las cuestiones. En la Figura 1.1. se representa un resumen del problema. 30 José Manuel Hernández López El resto de las acepciones del término personalidad alude a la consideración de personas de relevancia (tercera acepción: persona de relieve, que destaca en una actividad o ambiente social) o a un aspecto legal de la misma (la quinta: dicho o escrito que se contrae a determinadas personas en ofensa o perjuicio de las mis- mas, la sexta: aptitud legal para intervenir en un negocio o para comparecer en juicio y la séptima: representación legal y bastante con que uno interviene en él) Así pues, parece ser que la personalidad es una cualidad, variable o característica que pertenece a las personas aunque éstas no puedan definirse sólo con base en ella. Las DOS CARAS DEL CONCEPTO DE PERSONA Desde un punto de vista etimológico y tomando como par- tida el clásico trabajo de Allport (1937), el concepto de persona se identifica con dos campos semánticos claramente diferenciados. El primero, y más antiguo, se refiere a lo que el individuo «ofrece» al exterior. Alude, por tanto, a los aspectos externos del ser humano que pueden ser observados por otros seres humanos. Este significado tiene como origen las expresiones lin-— gúísticas procedentes del griego clásico que relacionan a la per- sona con el mundo del teatro (prósopsis: aspecto, imagen perci- bida por los demás; prósópon: máscara que empleaban los acto- res en la representación del papel y perí sóma: lo que rodea el cuerpo tal como la ropa). En Roma, además de al teatro, las expresiones aluden a elementos jurídicos y de reconocimiento social (phersu: figura enmascarada y per sonare: orificio a través del cual salía, deformada, la voz del actor). Así pues, el especta- dor «creía» (dependiendo de la valía del actor) que la verdadera esencia de la persona que tenía delante era la que se dejaba translucir a través de su apariencia, ropajes y deformada voz. En resumen, se produce una identificación de la persona con aque- llo que hace. Harter (1990), utilizando un razonamiento pare- cido al del viejo Parménides, afirma que las personas son como quieren ser (o como quieren que los demás crean que son, se podría añadir) y no son como no quieren ser (o como no quie- ren que los demás crean que son). El segundo significado apela a lo íntimo, lo interior y especí- fico del individuo. De esté modo, la persona se identifica-con-lo que es. Áreste tespecto cabe indicar que se pueden establecer ¿A qué nos referimos cuando utilizamos... 31 puentes de relación entre ambos significados. La solución fácil sería sostener que alguien hace lo que hace (se comporta) por cómo es (que en cierto iaa comportamiento). Ahora bien, también cabría argumentar que no siempre el com- portamiento ha de responder a esa especie de directividad inte- rior (a. este respecto podría volver a mencionar el ejemplo de los actores). Estos dos significados han coexistido a lo largo del tiempo, con mayor o menor intensidad, en las diversas aproxi- maciones teóricas al estudio de la personalidad. De hecho, como se verá más adelante, tradicionalmente se ha distinguido entre concepciones «interioristas» de la personalidad, por ejemplo, en los modelos fenomenológicos y las «exterioristas» donde podrían integrarse todos los acercamientos sociales. “La PERSONALIDAD COMO OBJETO DE ESTUDIO CIENTÍFICO A pesar de lo ya escrito, el panorama no es muy halagiieño cuando se alude al concepto de personalidad desde el lenguaje científico. Si se hace un recorrido por las diversas teorías que se han establecido sobre la personalidad se puede llegar a una con- clusión desoladora: describir la historia conceptual de la psicolo- gía de la personalidad es describir la historia de un desencuen- tro. Entre otras razones porque quizá la primera de las tareas está todavía por realizar, es decir, la clarificación y el acuerdo sobre el concepto personalidad y sobre otros conceptos deriva- dos de su estudio. ¿Se refieren a la misma personalidad Eysenck y Kellya, ¿cuántos constructivismos podríamos mencionar?, ¿es el mismo concepto de rasgo el que han utilizado Allport y Cat- tell?... Estas y otras preguntas similares nos llevan a la conclu- sión sobre el desacuerdo que ha existido y existe en la determi- nación conceptual de la psicología de la personalidad. Por otro lado, justo es destacar que el plano metodológico, todavía en fase de expansión, ha seguido un desarrollo espectacular que hace que se obtengan resultados cada vez más ricos. Ahora bien, ¿cómo se integran conceptualmente esos resultados? Hay quien sostiene que los resultados predichos por Einstein ya estaban contenidos en la teoría anterior de Lorentz (Sklar, 1992). El gran paso adelante de Einstein es aportar una nueva estructura con- ceptual que sirve a los físicos para proceder a nuevas interpreta- ciones de resultados que ya conocían. Su gran paso, por tanto, no es tanto metodológico como teórico. José Manuel Hernández López Uno de los grandes perjuicios que ha tenido el estudio de la personalidad ha sido el de trabajar con conceptos de base (la persona y la personalidad) que, como ya hemos visto, han seguido, desde la Grecia clásica, al menos dos singladuras con- ceptuales distintas, dos universos de significado no sólo difícil- mente complementarios sino claramente antitéticos. Pareciera que toda la historia de la psicología de la personalidad haya vivido un debate perpetuo al estilo del que mantuvieron durante el siglo xvin Leibnitz y Newton a cuenta de la naturaleza del espacio y del tiempo sin llegar a avances conceptuales derivados del mismo como ocurrió en la Física. El paso del tiempo no ayudó a resolver esta cuestión. Des- de 1930 se viene señalando a intervalos más o menos regulares esta falta de clarificación conceptual. Allport y Vernon (1930) en un artículo de revisión del estado de la cuestión señalan la falta de consenso en una definición de la personalidad ampliamente asumida, la insatisfacción con los métodos de laboratorio y de lápiz y papel, el desacuerdo existente sobre la polémica especifi- cidad/generalidad (sobre la que más adelante se volverá) y la necesidad de acometer programas de investigación que llevaran a una futura psicología sistemática de la personalidad. Con lapsos temporales de, aproximadamente, treinta años Sandford (1963) y Pervin (1990a) seguían reflejando que las principales cuestiones a resolver en psicología de la personalidad seguían siendo éstas. Todo ello a pesar de que en la década de los 30 se empiezan a consolidar una serie de sistemas que ya identifican a la psicología de la personalidad como un campo propio de investigación. Para ello, se producen algunos hechos que merecen ser considerados. Cronológicamente hablando el primero es la aparición de una revista Character and Personality en 1932 que nace con la intención de combinar la tradición alemana sobre el estudio del carácter con los estudios norteamericanos sobre diferencias indi- viduales. Ello teniendo en cuenta que la psicología de la perso- nalidad era considerada como disidente en el contexto de la psi- cología experimental americana, tan interesada en aquella época por cuestiones clementaristas y por la búsqueda de leyes univer- sales, que no sabía encajar una disciplina interesada en la consi- deración global de la persona o en la búsqueda de las diferencias individuales. Ello llevó a Hall y Lindzey (1957) a afirmar que la psicología de la personalidad tenía un «estatus ambiguo» y pola- rizado, se podría añadir: o se la quería convertir en el centro de la psicología o directamente se la quería abolir. ¿A qué nos referimos cuando utilizamos. Volviendo a la revista, de su carácter ecléctico (difícil de encontrar hoy día) da idea que se incluyeran en ella estudios de caso, investigaciones correlacionales, experimentos y discusiones teóricas. El primer artículo de tal publicación firmado por McDougall (1932), en el que discute sobre diversos significados (desde una perspectiva amplia) de los conceptos «carácter» y «personalidad» es sintomático de tal eclecticismo?. “== “El segundo hecho es la aparición de manuales, de libros de referencia que marcan los límites y competencias de una nueva dis- ciplina científica. En este sentido, en la segunda mitad de la década de los 30 se agolpan los manuales sobre psicología de la personali- dad: Lewin (1935), Allport (1937), Stagner (1937), Murray (1938). De entre ellos, pese a no ser el primero en aparecer, el de Allport se reconoce como el punto de inflexión que marca el inicio formal de la psicología de la personalidad. Posteriormente, en 1945, la revista Character and Personality pasa a llamarse Journal of Personality (como sigue denominándose en la actualidad). Puede que la fecha sea casual pero parece que se quiere romper con cierta parte de la tradición germánica. Lo que sí señala el cambio de nomenclatura es que, con la excepción del modelo psicoanalítico (y no todo) y alguna parte del modelo feno- menológico, la investigación y el estudio de la personalidad pasa a ser monopolizado por los norteamericanos”, Ello además representa una declaración de intenciones, puesta de manifiesto en la introduc- ción escrita por Zener (1945) para el primer número de la revista ya renombrada, de perder su carácter ecléctico y publicar trabajos que aportaran datos empíricos obtenidos, fundamentalmente, por la apli- cación del método experimental. Esto representa una tendencia que se agudiza en las siguientes décadas y que deja a un lado la discusión conceptual para centrarse en la obtención de datos. SD Queda, por tanto, una revisión conceptual por hacer que nos ayude a interpretar los muchos datos que se obtienen en función de una nueva estructura de conceptos que unifique e integre los diversos universos de significado. Ello teniendo en cuenta que han sido muchos los intentos de realización de tal análisis. 5 Para dar idea de tal eclecticismo nada más hay que repasar la nómina de algunos de los participantes en ese primer número: Adler, Jung, Spearman o MackKinnon entre otros. $ Eysenck, como en tantas otras cosas, representa una excepción pero, aunque su trabajo se haya desarrollado en Gran Bretaña, su pensamiento está claramente alejado de su Alemania natal. 36 José Manuel Hernández López habido. (Gilbert y Gilbert, 1995). De hecho, la posesión de un modelo global integrador se ha convertido, tal y como manifies- tan Zumalabe (1993) o Sánchez Bernardos y Avia (1995), en una aspiración frustrada. Ello incluso, si asumimos algunos presu- puestos de la filosofía de la ciencia, como los propuestos por Ziman (1978), podría poner en cuestión el estatus científico de esta disciplina. Tal peligro se puso de manifiesto sobre todo en la década delos 70 y en los primeros 80 cuando diversos auto- res reflejaron la evidente crisis de identidad de la psicología de la personalidad (Carlson, 1971, 1984; Sechrest, 1976; Helson y Mitchell, 1978; Pervin, 1985). Por otro lado, se produce una crítica generalizada sobre la falta de corroboración empírica de esc abundante número de teorías que lleva, por ejemplo, a Endler (1983) a utilizar la ironía para, haciendo un juego de palabras con el título de la más famosa obra de Pirandello, afirmar que la psicología de la per- sonalidad era «1.000 teorías en busca de un hecho». Ahora bien, tal crisis? parece empezar a superarse hacia la mitad de la década de los 80.(D. M. Buss y Craik, 1984; Feshbach, 1984; Ibáñez, 1989). Con la llegada de los 90, se asiste a lo que algunos llaman como el «renacimiento del estudio de la personalidad humana» puesto de manifiesto en trabajos recientes tales como los de Revelle (1995), Pervin (1996) o McAdams (1997). Como todo renacimiento supone también un resurgimiento que lleva a algu- nos estudiosos a poner a la psicología de la personalidad en el centro de la actividad psicológica tanto desde un punto de vista teórico como metodológico. En este sentido, autores como Caprara (1996) sostienen que la psicología de la personalidad puede liderar el reto de tratar con efectividad problemas como el de la salud, la felicidad o la seguridad y algún otro como Sperry (1995) otorga a esta disciplina un papel crítico en la reformulación del objeto de investigación psicológica. Probablemente rea, en buena medida, de los avatares teó- rico-metodológicos acaecidos en la Psicología; la psicología de la personalidad se ha debatido históricamente entre la convenien- $ Recordemos que para este autor la búsqueda del consenso era una de las características más relevantes del quehacer científico y una condición necesaria para producir conocimiento científico, 9 Si es que existió alguna vez ya que algunos autores como Baguena (1989) sostienen que se califica como crisis a lo que sería el estado natural de la psicología de la personalidad, ¿A qué nos referimos cuando utilizamos... cia de incorporar los cambios de orientación teórica de la Psico- logía y la necesidad de desarrollar procedimientos de investiga- ción que diesen cuenta de su objeto de estudio: la personalidad de los individuos aunque, en ocasiones, ello supusiera contradic- ciones que afectaban, incluso, a su existencia. Pensemos, por ejemplo, en la irrupción del conductismo fadical que, planteado en términos simplistas, daba por hecho la negación de la perso- nalidad'"-o en la posición defendida por el «primer» Mischel (1968) que, desde posturas situacionistas extremas, tampoco con- templaba la posibilidad de la importancia de los factores inter- nos en la determinación de la conducta. Esta dependencia de la evolución teórica de la disciplina «madre» ha provocado profundos virajes en la concepción de la personalidad. De modo que, salvo las honrosas excepciones que suponen casos extremos de consistencia intelectual como los de Eysenck, Cattell o, en menor medida, Mischel, la psicología de la personalidad ha sido sucesiva y paralelamente biotipológica, personalista, rasguista, situacionista; interactiva y cognitivista por sólo mencionar algunas de las corrientes más significativas. Pero, incluso dentro de cada una de estas tendencias han exis- tido desacuerdos manifiestos en los «modelos» concretos. Así, por poner un ejemplo, dentro de la llamada psicología del rasgo se suele distinguir entre las teorías multirrasgo y las llamadas teorías del rasgo único (Hampson, 1982a) y, a su vez en ellas, son numerosos los distintos modelos (entre las primeras, Eysenck, Cattell, Guilford... y entre las segundas: locus of control, depen- dencia/independencia de campo, autoritarismo...). La personalidad, si lo planteamos de manera simplista, no es más que un término, un vocablo que, con las peculiaridades pro- pias de cada idioma, pretende tener un significado. En este sen- tido, los que han abordado su estudio tanto desde la lingúúística como desde la Psicología han establecido definiciones, miás o menos brillantes, de la misma con el objetivo de aclarar ese signi- ficado. Tanto esfuerzo dedicado a algo inexistente parecería algo extraño. Ahora bien, sí se emplea tanto trabajo es por la poca La atribución skinneriana de la personalidad como variable depen- diente siendo sus dimensiones simples nombres para llamar a un conjunto de espuestas funcionalmente unificado (Skinncr, 1953) no parece dejar en muy buen lugar a la personalidad y da la impresión de responder a una especie-de referencia forzada. 38 José Manuel Hernández López claridad de ese significado. Tampoco es el único término que se ha utilizado para abarcar su universo de significación concep- tual. Constitución, temperamento, carácter, ego, yo, yo mismo, individuo, persona... son palabras que a lo largo de la historia han pertenecido, representando a diversas concepciones teóricas con mayor o menor fuerza, a ese universo de significado. Ahora bien, cuando se habla de existencia se suele caer en la tentación de asociar ésta a lo palpable, perceptible, directamente observable. Así, existe el mar, el cielo, el agua, los minerales, las personas, etc. Pero nosotros no sólo nombramos aquello que vemos, también hemos puesto nombre a la amistad, la felicidad, la belleza o la tristeza. Incluso empleamos vocablos como fuerza, velocidad, aceleración o energía que utilizamos para dar cuenta de fenómenos físicos. Así, sí en este momento al lector se le cayera un objeto al suelo (por ejemplo, un bolígrafo), un físico podría afirmar que tal objeto se había movido a una derermi- nada velocidad debido a la actuación de una fuerza. Salvo el «propio bolígrafo» ninguna de estas palabras hace referencia a objetos observables sino que son conceptos de gran utilidad para la explicación de los fenómenos. Por último, hasta hemos ideado una palabra para el fin que ninguno de nosotros podrá nunca observar directamente para después contarlo: la muerte. Todos esos nombres son «construcciones» para abarcar de manera sintética un cúmulo de acontecimientos que tienen algo en común. Por ejemplo, un sacrificio de una persona, una ayuda económica, una compañía en los momentos difíciles... serían definitorias de la amistad. Pocas personas, por muy asociales que fueran, se atreverían a negar la existencia de la amistad. Incluso, si lo analizamos con detenimiento, algunos de los elementos que configuran la vida cotidiana en nuestra sociedad tampoco pueden ser observados de forma directa, al menos de una manera natural. Utilicemos un ejemplo derivado de la economía: la «salud» de la economía de un país, en términos macroeconómicos, no puede ser observada directamente, es una «construcción» si se quiere lingiúística. Lo que se utiliza son una serie de indicadores (inflación, renta per cápita, índices bursátiles), que en realidad también nos hemos inventado, ordenados de una manera prefí- jada y que confluyen en una determinada dirección. Todo ello con independencia de que los ciudadanos seamos capaces de discernir en función de nuestra experiencia directa si la salud de la economía del país es buena o mala. ¿A qué nos referimos cuando utilizamos.. 39 Así pues, los integrantes de la especie humana nos dedica- mos a inventar palabras para lo que vemos y para lo que no vemos. Lo hacemos porque podemos. Esto no es una fanfarro- sería sino la constatación de que somos capaces de manejar sím- bolos, es decir, que por detrás de lo que se puede percibir hay un significado que somos capaces de entender. Pues bien, para la insistencia en comportarse, más o menos, de la misma forma que tiene cada individuo nos hemos inventado la palabra perso- nalidad. Personalidad que no podemos observar directamente pero que, al igual que la economía de un país, está compuesta de «indicadores» (los comportamientos) que sí podemos percibir, Uña determinada disposición de los «indicadores» y los com- portamientos ayudan a discriminar la configuración de la econo- mía y de la personalidad respectivamente. Nuestra condición de «científicos» nos obliga a profundizar más en el concepto de personalidad. Sin detenernos en plantea- mientos ontológicos ya que nuestro propósito es hacer Psicología y no Filosofía, es necesario preguntarse por cómo existe «cientí- ficamente» la personalidad o eso que algunos han coincidido en llamar su estatus epistemológico. Fierro (1993) identifica tres sucesivos estatus epistemológicos que ha tenido la personalidad. Uno como sustancia o esencia de las personas cercano al nou- meno kantiano. Esto significa no sólo la imposibilidad de obser- vación directa (que por supuesto) sino también la imposibilidad de su conocimiento por inabordable. Ni siquiera la aplicación estricta del método fenomenológico puede llegar al conocimiento de la «realidad en sí» que por definición es inalcanzable por entendimientos humanos (Kant, 1781). A pesar de que se identi- fican las posiciones «personalistas» en esta concepción de la per- sonalidad, parece ser más la postura de acercamientos filosóficos y literarios o de psicología fenomenológica (véase a este respecto Pelechano, 1993) que, en todo caso, son antecedentes del «per- sonalismo» más que «personalismo» propiamente dicho”. Un segundo como constructo más allá de lo observable que se infiere a partir de fenómenos que sí pueden ser observados. Esta postura, propia de los enfoques internalistas y de la psico- logía del rasgo, empieza con el estudio de la conducta, obser- vada directamente o informada por las personas, para a partir de 11 Resulta difícil equiparar, más adelante insistiremos en ello, a Husserl o Jaspers con Allport o incluso Murray. 42 José Manuel Hernández López planteado en términos moleculares, por tanto, se trata de un com- portamiento organizado y que afecta no sólo a actuaciones par- ticulares sino al marco general de actuación del individuo. En _definitiva, bien podríamos definirlo como sistema comportamén- tal. Si es así, ¿no estaremos corriendo el riesgo de reducir la Psi- “cología a la psicología de la personalidad?, entonces, ¿por qué centrarnos en dos disciplinas si con una podría valer? Por otro lado, ¿qué conductas humanas no son o autorreferenciales o sociales o adaptativas? En el siguiente capítulo de este libro se abordará el asunto de las relaciones/diferencias entre otras disci- plinas de la Psicología y la psicología de la personalidad. Un cuarto estatus epistemológico podría ser añadido a los ya considerados. En concreto, personalidad como variable obser- vada a través de comportamientos específicos. Ello partiendo de la posible conciliación del segundo y tercer estatus. Así, la per- sonalidad sería una variable que podemos medir a partir de la observación de comportamientos pero no de todos los posibles dentro del sistema comportamental sino sólo de algunos o, mejor dicho, de algunas clases de comportamientos. De entre ellos, especialmente de aquellos que puedan ayudar a definir o ser muestra del patrón habitual de comportamiento. En cierta medida, ya D. M. Buss y Craik (1983, 1984, 1985) plantean que las «acciones más frecuentes» son prototípicas y resumen tendencias generales del comportamiento aunque ellos conciban esas acciones como fruto de disposiciones o categorías cognitivas. Es en ese patrón donde podemos fijar tanto la unici- dad del individuo y, por tanto, su diferencia con los demás, como la estabilidad, la consistencia y el principio general de acti- vidad del sujeto. De ahí que el objeto de estudio fundamental de la psicología de la personalidad sea la tendencia general del comportamiento de las personas en los contextos donde habi- tualmente se comporta y afrontando las situaciones a las que con frecuencia tiene que dar respuesta. Como tal variable, la personalidad deberá ser operativizada en parámetros cuantificables que permitan su medición. En esto, es de justicia reconocerlo, los factorialistas defensores del rasgo parten con ciertas ventajas aunque también con indudables inconvenientes. Ventajas en cuanto a que su manera de trab: contempla la existencia de operativización y cuantificación. Inconvenientes por su restricción fundamental: la necesidad de comparación, la imposibilidad de análisis de la personalidad de un individuo sin relacionarle con otros individuos. ¿A qué nos referimos cuando utilizamos... 43 Todo ello marca que una de las condiciones fundamentales del estudioso de la personalidad sea la de ser un buen psicólogo. En efecto, debe tener el suficiente conocimiento del comporta- miento humano como para ser capaz de seleccionar grandes gru- pos de conductas sobre las que explorar los patrones de actua- ción de las personas. Ahora bien, dichos comportamientos han de «situarse», localizarse en contextos específicos. Es más, no podrían definirse conductas válidas para este análisis si no se tiende a incluir en su definición el máximo de parámetros rele- vantes. Á nadie se le escapa que el comportamiento de un joven de veinte años no es el mismo en una reunión familiar que en una reunión de amigos por más que ambas situaciones impli- quen una interacción social. Esto no significa girar hacia plantea- mientos situacionistas extremos, simplemente, es reseñar la necesidad apuntada por muchos (entre otros Mischel, 1976 o Endler, 1983 o Gilbert y Gilbert, 1995) de evaluar la personali- dad en continua interacción con el medio y con otras personali- dades. Bien es cierto que, siguiendo un proceso reduccionista, quizá no pudiéramos definir dos comportamientos iguales y, por tanto, difícilmente llegaríamos a patrones consolidados. Esto, con ser cierto, imposibilitaría el trabajo investigador y, desde un punto de vista estrictamente operativo, tampoco podría defen- derse hasta sus últimas consecuencias. Sería difícil discriminar si el comportamiento de nuestro joven de veinte años es distinto con su amigo Luis o su amigo Juan o diferente con su tía Benita o con su tía Antonia mientras que sí parece más sencillo estable- cer esas diferencias entre el trato dado a Juan y doña Benita y Luis y doña Antonia. Lo que se pretende constatar es la posibi- lidad de conjugar las peculiaridades contextuales con los patro- nes generales de actuación. Por otra parte, no nos engañemos, dado que personajes como Indiana Jones son eso: «personajes de ficción», no es una tarea inabordable abarcar todos los posi- bles contextos en los cuales se desenvuelve un individuo. Una ASPIRACIÓN ¿INGENUA? Todo lo expuesto hasta el momento no significa, aunque pudiera parecerlo, que el trabajo realizado hasta la fecha en el ámbito de la personalidad humana sea carente de valor sino que se pueden realizar algunas reflexiones sobre lo que ha sido, es y, quizá, sea en un futuro la psicología de la personalidad. 44 José Manuel Hernández López Tales reflexiones se podrían resumir en dos. Primero, la abun- dancia de propuestas, aproximaciones, modelos, teorías (que así ha llamado cada uno, a su manera, a su trabajo) que han coexis- tido a lo largo de los años. En segundo lugar, la falta de cohesión interna entre todas ellas que deja una cierta sensación de desapro- vechamiento de tan ingente esfuerzo. Incluso los planteamientos aparentemente más próximos, divergen en cuestiones que las ter- minan por hacer difícilmente irreconciliables. Por poner un ejem- plo, la abundancia de perspectivas teóricas en cuanto al modelo de cinco factores pone en duda que tal modelo pueda asumirse plenamente como la única relevante para el estudio de la persona- lidad humana a pesar del optimismo de Costa y McCrae. Sin duda, uno de los elementos que coadyuva a esta conclu- sión, quizá, pesimista es la escasa evidencia empírica. No porque no haya datos, que los hay en abundancia, sino porque éstos no son lo suficientemente concluyentes como para que las interpre- taciones que de ellos se hagan puedan ser unánimemente acep- tados por la comunidad científica. Que éste sea un mal común a la Psicología es algo que se podría discutir pero quizá fuera mejor hacerlo en otro contexto. Decir que se ha avanzado mucho desde las pioneras formulaciones de Allport y Murray es decir una obviedad. Lo contrario (que no se hubiera producido el avance) hubiera significado el fin de la psicología de la perso- nalidad como campo de estudio relevante. Así pues, si los psicólogos de la personalidad no hacen (hace- mos) un esfuerzo consensuado en aclarar conceptualmente el conjunto de términos que componen nuestra disciplina difícil- mente podrán (podremos) resolver preguntas como las plantea- das al principio de este trabajo. Puede que ésta sea una aspiración ingenua pero así como los jóvenes estudiantes de los institutos no tienen ninguna duda para saber por qué caminamos pegados al suelo sin caernos en una esfera que está en movimiento constante, los psicólogos de la per- sonalidad tendríamos que plantearnos como objetivo que ellos mismos respondieran sin vacilar y de forma unánime por qué Sócrates no quiso huir de una muerte segura cuando tuvo opor- tunidad de hacerlo, por qué Boabdil lloró al perder Granada o por qué Sancho Panza aceptó el gobierno de la ínsula Barataria. CapíruLo II Contextualización de la psicología de la personalidad Naturalmente, no hace falta ninguna investigación formal para darse cuenta de que, manteniendo igual todo lo demás, la gente se deja impresionar más fácilmente por los galimatías que no entienden que por las simples observaciones y deduc- ciones que entienden. Prefieren las hipótesis peludas al afei- tado con la cuchilla de Occam. Joww Arten Pautos, Pienso, luego río La psicología de la personalidad está, en este país, adminis- trativamente instalada en un área que la relaciona con la evalua- ción y la intervención psicológica. Con independencia de los cri- terios que, en su momento, fueran utilizados para esta adscrip- ción y admitiendo que su presencia en el primer lugar no obedece a cuestiones de prelación, sí parece correcto buscar las relaciones de la psicología de la personalidad con éstas e incluso otras disciplinas psicológicas. z Quizá este objetivo pueda parecer paradójico máxime si se tiene en cuenta que, tradicionalmente, lo que se ha pretendido ha sido incidir en la especificidad e, incluso, la diferencia de la psicología de la personalidad como si esto justificara por sí mismo la necesidad de su existencia. Probablemente, reconocer [451