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Semiotica 2222322, Apuntes de Semiótica

Asignatura: semiotica de la comunicacion de masas, Profesor: Asuncion Bernardez Rodal, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2013/2014
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TEÓRICO Nº 7
DOCENTE: MARÍA ROSA DEL COTO
30/04/2013
TEMAS: Vertientes de la Teoría de la enunciación: “teoría de las
modalidades del decir” y “teoría de la Subjetividad en el lenguaje”.
Denición y características de la “teoría de la Subjetividad en el
lenguaje” Regímenes de la enunciación: Historia y Discurso.
Introducción al texto de Metz “Historia/Discurso. Notas sobre dos
voyeurismos”: nociones de “objeto empírico” y de “objeto de
estudio”.
Buenas noches. Empezamos con la Teoría de la enunciación. Los textos que
vamos a tratar son aquellos que han tratado de pensar la cuestión de la
enunciación en relación con los discursos audiovisuales. En teóricos vamos a
tratar aquellos textos que se centran en los discursos cinematográcos,
mientras que en prácticos van a trabajar con los textos que hacen eje en la
enunciación en textos televisivos.
Vamos a empezar con el texto de Metz, Historia/discurso: nota sobre dos
voyeurismos”, que es el que inaugura la bibliografía de la unidad 3. Pero,
primero vamos a hacer un racconto sobre las teorías de la enunciación. Para
ello nos vamos a guiar por la siguiente diapositiva.
En primera instancia, como indica la diapositiva, vamos a ver las dos vertientes
de la enunciación que se presentan en el campo de las teorías lingüísticas. Una
se denomina “teoría de las modalidades del decir” y la otra, la más conocida,
recibe el nombre de “teoría de la subjetividad en el lenguaje” o directamente
“teoría benvenistiana”, denominación ésta que deriva del apellido de su
creador. “La teoría de las modalidades del decir es la más “antigua” de las
dos, la que surgió en primera instancia. Hace centro en la lógica de la lengua,
considera efectos que se relacionan con la lógica y forma parte de lo que se
denomina la losofía del lenguaje. Como toda teoría, va a presentar una serie
de autores que trabajan al interior de ella. Uno de ellos es Charles Bally, otro es
Harald Weinrich. Este último es importante porque a sus trabajos va a remitir
el texto de Bettetini, que van a ver en prácticos. Y también Verón, autor que,
cuando trabaja la teoría de la enunciación, remite a la corriente de las
2modalidades del decir”, articulándola con la “teoría benvenistiana”. La
corriente de las “modalidades del decir” está relacionada con la problemática
de los estilos que se dan en la lengua. Es una teoría estilística y las teorías
estilísticas son previas a la entrada fuerte del estructuralismo. Esta “teoría de
las modalidades del decir” se estructura a partir de la relación de dos
conceptos: Modus y Dictum. Son dos términos latinos de fácil traducción.
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TEÓRICO Nº 7

DOCENTE: MARÍA ROSA DEL COTO

TEMAS: Vertientes de la Teoría de la enunciación: “teoría de las modalidades del decir” y “teoría de la Subjetividad en el lenguaje”. Definición y características de la “teoría de la Subjetividad en el lenguaje” Regímenes de la enunciación: Historia y Discurso. Introducción al texto de Metz “Historia/Discurso. Notas sobre dos voyeurismos”: nociones de “objeto empírico” y de “objeto de estudio”.

Buenas noches. Empezamos con la Teoría de la enunciación. Los textos que vamos a tratar son aquellos que han tratado de pensar la cuestión de la enunciación en relación con los discursos audiovisuales. En teóricos vamos a tratar aquellos textos que se centran en los discursos cinematográficos, mientras que en prácticos van a trabajar con los textos que hacen eje en la enunciación en textos televisivos.

Vamos a empezar con el texto de Metz, “Historia/discurso: nota sobre dos voyeurismos”, que es el que inaugura la bibliografía de la unidad 3. Pero, primero vamos a hacer un racconto sobre las teorías de la enunciación. Para ello nos vamos a guiar por la siguiente diapositiva.

En primera instancia, como indica la diapositiva, vamos a ver las dos vertientes de la enunciación que se presentan en el campo de las teorías lingüísticas. Una se denomina “teoría de las modalidades del decir” y la otra, la más conocida, recibe el nombre de “teoría de la subjetividad en el lenguaje” o directamente “teoría benvenistiana”, denominación ésta que deriva del apellido de su creador. “La teoría de las modalidades del decir” es la más “antigua” de las dos, la que surgió en primera instancia. Hace centro en la lógica de la lengua, considera efectos que se relacionan con la lógica y forma parte de lo que se denomina la filosofía del lenguaje. Como toda teoría, va a presentar una serie de autores que trabajan al interior de ella. Uno de ellos es Charles Bally, otro es Harald Weinrich. Este último es importante porque a sus trabajos va a remitir el texto de Bettetini, que van a ver en prácticos. Y también Verón, autor que, cuando trabaja la teoría de la enunciación, remite a la corriente de las 2modalidades del decir”, articulándola con la “teoría benvenistiana”. La corriente de las “modalidades del decir” está relacionada con la problemática de los estilos que se dan en la lengua. Es una teoría estilística y las teorías estilísticas son previas a la entrada fuerte del estructuralismo. Esta “teoría de las modalidades del decir” se estructura a partir de la relación de dos conceptos: Modus y Dictum. Son dos términos latinos de fácil traducción.

Modus es modo y aparece como el más importante porque es el nombre relacionado con la teoría: “modalidades del decir”. Dictum es lo dicho. Tiene que ver con el contenido. Es aquello que se dice, mientras que el modus es la manera en que lo que se dice, se dice. Entonces, y en referencia al Dictum , el acento está puesto en el contenido, el que en la otra teoría, la benvenistiana, se relaciona con el enunciado. Dictum y enunciado serian términos que son trabajados en una y otra teoría y que prácticamente se corresponderían conceptualmente. Y, paralelamente, modus y enunciación también se corresponderían. En la “teoría benvenistiana” lo importante es la enunciación; en la “teoría de las modalidades del decir”, el modus. No me voy a extender más sobre “la teoría de las modalidades del decir” porque ustedes tienen el texto de Bitonte y Grigüelo, “De la enunciación lingüística a la comprensión del lenguaje audiovisual. Una punta sobre enunciación”, que tiene como finalidad aportarles una serie de conocimientos y ampliarles otros acerca de estas dos teorías. Sí me parece importante extendernos más sobre “la teoría se la subjetivad en el lenguaje” porque es la que a lo largo del tiempo ocupó la atención de manera más fuerte en las investigaciones semióticas.

Para ello veamos la siguiente diapositiva.

Como verán, la enunciación, para esta vertiente, tiene que ver con la puesta en funcionamiento de la lengua en un acto individual de utilización, en un acto concreto de utilización. Lo que importa es el énfasis que se pone en el acto. Como dice, “es el acto mismo de producir un enunciado y no el texto del enunciado (…)”. Aquí aparecen los dos términos: enunciado y enunciación. Lo que importa es dar cuenta de la enunciación. Pero, como la enunciación se define como un acto y el acto implica una temporalidad determinada que es el presente, ni bien se está produciendo el acto enunciativo, deja de tener actualidad —pasa a ser pasado—, es imposible abordarla en sí misma. Esto es algo que motiva a Benveniste —y a otros autores— a centrarse, si quieren analizar la enunciación, en el resultado del producto de ese acto. O sea, tienen que trabajar sobre el enunciado. No es que les importe el enunciado sino aquello a lo que el enunciado remite, esto es, a la enunciación. Para que esto pueda producirse, en el enunciado tienen que aparecer ciertos elementos que son los que permiten esa suerte de articulación entre el enunciado y la enunciación. Estos elementos son las marcas, rastros o huellas de la enunciación. Lo primero que tenemos que aclarar es que cuando se habla de marcas y huellas en el ámbito de la enunciación, no se está hablando en los mismos términos en los que habla Verón. No son equivalentes. Lo que es común es el mecanismo. Recuerden que en la teoría de Verón, a partir del producto también se remonta hacia el proceso de producción que es lo que a su teoría le importa. Eso es lo que tienen en común y eso hace que se hable de marcadores, de marcas, de huellas, de rastros que dan cuenta del proceso en el producto. Esto es a nivel general. Hablamos de productos y de procesos

es a partir del “yo” que se ordenan los elementos que aparecen en el enunciado. Es por eso que se resalta no la objetividad, sino la subjetividad.

La diapositiva nos muestra cuáles son las marcas más importantes de la enunciación.

La persona subjetiva es el “yo” y la persona no subjetiva es el “tu”, el “vos”, el “usted/es”. Esto, por un lado, por otro, vamos a tener algunos pronombres personales que no son deícticos: los de tercera persona tanto singular como plural: “él”, “ella”, el “ellos” y el “ellas”. Para la teoría benvenistiana van a ser no personas porque las personas son el “yo” y el “tu” que se diferencian porque una es la persona subjetiva y la otra persona, es la no subjetiva. Lo que importa de esto es cómo se define a ese “yo”, a ese EGO que es central en la enunciación, dado que es “el punto de apoyo” para el surgimiento de la subjetividad. Por un lado, tenemos la primera persona del singular, en términos de pronombre personal, que es deíctico. Asimismo, tenemos a la segunda persona, que se define como no subjetiva. Tenemos también el “nosotros” que se bifurca en dos: “nosotros inclusivo” y “nosotros exclusivo” o “nosotros excluyente”. El “nosotros” inclusivo está compuesto por el “yo” y el “tu”. Si digo: “nosotros estamos en la clase de semiótica II”: están involucrados los oyentes en este acto en el cual yo aparezco como sujeto-locutor. Si el “nosotros” es exclusivo o excluyente estará constituido también por el “yo”, pero el “yo” ya no va a estar relacionado con la segunda persona, con el “tu”. Así, si digo: “Ayer estuvimos trabajando este mismo tema con los alumnos de la otra universidad.” Ustedes no están involucrados porque ayer no tuvieron esa clase. En ese “nosotros” no están involucrados. Es un “nosotros exclusivo”, “excluyente”.

Después tenemos los pronombres demostrativos: “éste”, “ésta”, “esto”, “aquél”, “esa”, “ese”, etc. ; y los adverbios espaciales y temporales. Dentro de los adverbios espaciales se destaca el “aquí” pero también se encuentran el “allí”, el “allá”. Y, dentro de los adverbios temporales están el “mañana”, el “pasado mañana”, el “ayer”, el “anteayer”. Quiero aclarar una cuestión que tiene que ver con el adverbio “mañana”. En el castellano vamos a ver que un mismo término puede pertenecer a varias categorías. Así, “mañana” puede ser sustantivo o puede ser adverbio. Si digo “mañana” y me refiero al día anterior a hoy, allí estoy haciendo uso del adverbio de tiempo, estoy actualizando ese adverbio. Pero si me refiero a la mañana soleada, o a que mañana (por un futuro indefinido) veremos a nuestros hijos tomando clases en aulas como éstas”, por ejemplo, estoy utilizando la palabra como sustantivo. Acá lo que se resalta son los usos de los adverbios. La cuestión es importante porque ¿qué tiene de diferente “mañana” como sustantivo y “mañana” cuando aparece como adverbio? La idea es que cuando se trata de un sustantivo, el término posee el mismo estatuto y, por lo tanto, funciona de la misma manera que

cualquier signo, o sea tal cual éste fue definido por Saussure, o sea que estará constituido por significado/significante.

Aprovecho esta ocasión para agregar que Benveniste, en realidad, es un autor que ha trabajado muchísimo dentro de la lingüística saussureana. Y que, en determinado momento, advirtió que en todas las lenguas había elementos, los deícticos, que no responde a la definición de signo aportada por Saussure. La idea de Benveniste es que estos términos, los deícticos, si bien constan de significante no poseen, dentro de la lengua, significado. En cambio, los sustantivos mañana o ayer sí tienen, dentro de la lengua, un significado. Los deícticos no lo tienen. Se cargan de significado cuando son empleados, cuando son utilizados, cuando se actualizan. Es decir, cuando aparecen incluidos en un acto de enunciación. Hay que advertir, entonces, si un elemento está funcionando como deíctico o de otra manera, como los signos, también llamados términos nominales. Y, por otro lado, en la legua hay expresiones que van a compartir esa característica que, según Benveniste, tienen los deícticos, o sea que no van a poseer significado sino que se van a llenar también de significado cuando aparezcan actualizados. Por ejemplo, si decimos “la víspera” o “en la víspera de”. Vean la diferencia que hay cuando en un acto comunicativo en el cual están presentes el locutor y los oyentes, o sea en esa instancia en la que se dice “ayer” y cuando, en ese mismo enunciado, se dice “la víspera”. Cuando uno dice “ayer” o “mañana” —como adverbios—, el sentido que adquiere ese término se produce en relación con el propio acto enunciativo. “Ayer”, si lo digo en este momento que es 2 de octubre, remite a 1 de octubre. En cambio, si yo digo “en la víspera” tengo que reponer el significado en el enunciado. ¿La víspera de qué? La víspera del cumpleaños de Juan, del día en que me recibí, del día en que murió tal persona, etc. O sea, no es que se llene de significado al conectarse el deíctico con la instancia de enunciación en la que se lo utiliza (lo que equivale a decir el momento concreto en el cual se está enunciando el término). O sea, que si alguien dice “ayer”, se correlaciona con que es el día anterior a hoy. En cambio, si alguien dice “la víspera”, tiene que aparecer en el propio enunciado, la víspera de qué. Lo que tienen en común es que ambos “carecen de significado”. Pero, en un caso, el deíctico adquiere el significado automáticamente en su relación con la instancia enunciativa y en el otro caso, en cambio, tiene que reponerse ese significado, o sea tiene que estar indicado dentro del propio enunciado. Si no, nadie entiende. Si digo “la víspera”, también necesita, para llenarse de significado, de algo que no está implícito en él, pero que no es extratextual, sino que, por el contrario, es parte del enunciado: no es algo externo al enunciado; será “la víspera de mi cumpleaños”, “de mi casamiento, etc.

El hecho de que Benveniste haya puesto el acento en esos términos que él llama deícticos, es algo que, de alguna manera, ya había visto Peirce. Cuando él habla de índices. Determinados términos lingüísticos, por ejemplo, para él contenían una amplia dosis de indicialidad y ello los remitía a la instancia en que se producía el enunciado. Aunque no lo dijera en esos términos. Recuerden

funcionamiento del discurso histórico, discurso que habla de acontecimientos que han sucedido previamente, antes del momento en que se efectúa el acto de enunciación. La referencia de los acontecimientos sucedidos se va a dar por la utilización del pretérito. No va a aparecer el tiempo presente. Además, se supone que es un discurso científico y entonces que el locutor no va a intervenir haciendo comentarios, por ejemplo, sobre aquello a lo cual se refiere. O sea, los discursos históricos se refieren a acontecimientos que ya ocurrieron y se supone, que, tratándose de un discurso científico, no van aparecer en ellos opiniones o comentarios del locutor, sino que “van” a ser neutros, “objetivos”. Esto implica que no aparezcan las marcas de la enunciación, que no aparezcan los deícticos. Por otro lado, Benveniste incluye la idea de que cuando se narra un relato se presupone la idea de que aquello que se narra ya ha sucedido. Nadie puede contar algo mientras está sucediendo. El régimen de la Historia se caracteriza entonces por la no aparición de las marcas de la enunciación. La enunciación está borrada o aparece borrada. Esto parece un sinsentido. Todo acto enunciativo presupone el eje “yo, aquí, ahora”. Que ese eje se manifieste concretamente en el enunciado o no, dependerá de si estamos frente al régimen de la Historia o al del Discurso. Sí sólo se presentan las marcas de la tercera persona, si no aparecen ni la primera ni la segunda del singular, pero sí la tercera persona y los tiempos pretéritos, entonces, nos enfrentaremos a una enunciación histórica. La característica del régimen de la Historia es la no aparición de las marcas de la enunciación; en su lugar, aparecen la tercera persona, el “él”, en singular, en plural, y los tiempos pretéritos y esto porque se trata de acontecimientos ya consumados. O sea, el tiempo presente no va a aparecer nunca porque es propio de la enunciación. Los enunciados que se inscriban en este régimen van a producir un efecto. Este efecto es que los enunciados históricos parecen contarse solos, a sí mismos, sin la intermediación de ningún enunciador. Y esto porque no aparecen las marcas del enunciador. Dan la impresión de generarse a sí mismos. Benveniste dice que lo característico del régimen de la Historia es que pareciera que los acontecimientos se contaran solos, que no hubiera ningún intermediario que tuviera a su cargo la enunciación. Por supuesto que hay que remarcar que estamos frente a un efecto de sentido; y esto se verifica en que se trata de un parecer, lo que quiere decir que no es, pero parece que fuera.

Por el contrario, en el régimen del Discurso, vamos a encontrar todo lo opuesto. La definición de Benveniste es que en el régimen del Discurso va a aparecer en “todos los géneros en los que alguien se dirige a alguien, se enuncia como hablante y organiza lo que se dice en la categoría (categoría gramatical) de la persona”. Es necesario ver la ambigüedad que presenta esta frase. Porque pareciera que este régimen del Discurso, pone en juego personas concretas, o sea, al locutor y al locutario cuando habla de enunciador y enunciatario. Las figuras que tienen que ver con la enunciación son enunciador y enunciatario o sujeto de la enunciación. Y hasta ahora pareciera que ese sujeto de la enunciación se asimila a la persona concreta que enuncia y a la persona concreta que recibe el enunciado y forma parte de esa instancia de

enunciación. Esto aparece reforzado por lo que dice Benveniste: “alguien se dirige a alguien, se enuncia como hablante y organiza lo que se dice en la categoría (categoría gramatical) de la persona”. El autor está pensando fundamentalmente ―y esto lo tienen que tener bien presente― en los géneros que implican una interacción o una comunicación cara a cara, básica, y fundamentalmente, el género fundamental de ella: la conversación. Pero, en realidad, en alguno de los textos de Benveniste, queda clara otra postura: se da una especie de conflicto porque ciertas definiciones parecen que apuntan en un sentido, esto es, con confundir la figura de la enunciación con la figura de la comunicación; en otros textos, esto no se produce de esta manera sino que se da una clara distinción. En ese otro texto al cual me estoy aludiendo aparece una frase que es la siguiente: “Es ego quien dice ego ”. “Es ‘yo’ quien dice ‘yo’”. Esta frase le sirve como base para plantear que en realidad no hay un sujeto preexistente al acto de la enunciación. Dicho de otra manera, nosotros, el ser humano, surge en una cultura determinada. Dentro de esa cultura se habla una lengua determinada y es la lengua la que nos aporta la noción del “yo” y del “tu”. Es la lengua la que permite que el sujeto se constituya como tal porque la lengua le da la posibilidad de referirse a sí mismo como “yo”. Es previa la lengua al sujeto. Por lo tanto, esto se contradice con el otro planteo en el cual pareciera existir primero el locutor, la persona de carne y hueso, y luego su alocución o enunciación, cuando en realidad es la lengua la que aporta los elementos para ubicarse en su discurso como persona concreta. La idea es que la persona no pre-existe al enunciado, sino todo lo contrario: el enunciado permite que se configure o que se construya la persona. Podemos decir que para los lingüistas y para Benveniste existe esa suerte de parpadeo que, de alguna manera, conduce a que se confunda el sujeto de la enunciación, una instancia constituida en el discurso, con aquel que efectivamente construye un enunciado. Aparece un solapamiento entre ambas instancias.

En el régimen del Discurso aparecen todas las marcas de la enunciación. Se utilizan todas las personas. Entonces el “yo” y el “tu” se van a enfrentar al “él”. El “él”, para Benveniste, es la no persona. Es aquello de lo que se habla. Es el sujeto del enunciado. Aquello de lo que se habla, “él”, “ella”, “ellos” es siempre sujeto del enunciado. A veces, se puede dar una bifurcación entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación. A veces, se puede dar una construcción en la que ambos aparecen juntos. Si yo me refiero a algo que hizo “x” persona, ahí está el carácter diferencial del “yo” que enuncia y que tiene que ver con la marca del sujeto de la enunciación, y el sujeto del enunciado que es aquello del cual “yo” predico cosas. Yo me refiero a lo que hizo “x”. En cambio, si yo me refiero a lo que estoy haciendo, o a algo que hice en el pasado, ahí confluyen en el “yo” el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación. Pero son elementos distintos. Aparecen al mismo término y el yo es “simultáneamente” sujeto de la enunciación y sujeto del enunciado porque me estoy refiriendo a cosas que yo realice.

se va a estudiar, por un lado, y por el otro, lo que es el objeto de estudio. Son dos cosas diferentes.

¿Cuál es el objeto empírico?

El objeto al cual se va a dedicar Metz en su análisis es un tipo particular de film ficcional. No habla del cine en general ya que si no debería abarcar el cine ficcional y el cine documental. Pero tampoco habla de todo el cine ficcional. Habla de un tipo particular de películas. Ese tipo particular de películas se presenta a través de una serie de adjetivos que se van desperdigando a lo largo del texto y que se presenta ya en la parte inicial cuando aparece el termino hollywoodiano /hollywoodense. Se refiere a un tipo particular de film, el producido por Hollywood. Él dice que en realidad se trata de cualquier tipo de película de factura corriente, clásica. O sea son adjetivaciones que tratan de dar cuenta del objeto al cual él se va a referir, el texto desde el punto de vista semiótico y psicoanalítico. En resumen, lo que nos importa es el efecto que produce el tipo de películas al que el texto se refiere. Ese efecto es el de una fuerte impresión de realidad. Acá se pone en juego el concepto de la transparencia. En la reflexión del objeto cinematográfico se suele hacer esta distinción, que diferencia transparencia de opacidad. Por supuesto que es una metáfora que pone en juego la idea de un vidrio translucido o transparente. Si el vidrio es transparente, podemos llegar a no percibirlo. Esa es la idea que está por detrás. Es un texto en el cual la impresión de aquello que se nos está mostrando tiene una existencia más allá de la construcción que se haga de ese objeto. Tiene una existencia exterior a la discursiva. Esto es siempre lo que significa el efecto de transparencia. Y, respecto de él, la cámara va a ser simplemente el dispositivo que captura la realidad que está allí. El efecto de fuerte impresión de realidad se opone al efecto de opacidad, que, en tanto metáfora, está relacionado con la idea de construcción. Se pone por delante el carácter constructivo que tiene ese objeto. Ya no se pone por delante como efecto la fuerte impresión de realidad sino que se pone por delante que este es un objeto construido para ser mostrado. Se pone por delante la idea de configuración textual, el modo en que un discurso se presenta y se constituye.

Entonces, las películas a las cuales se refiere Metz son esas que generan un efecto de transparencia. Metz vincula, a las películas de las que se ocupa en su artículo, con un tipo de ficción literaria que va a aparecer como condición de producción de ellas. Alude a la decimonónica, la novela realista del siglo XIX. Para Metz, la condición de producción de esas películas hollywoodenses, del cine clásico que va de los años 20 a casi los 60, son estas novelas. Metz deja afuera las experiencias cinematográficas relacionadas con la vanguardia, el cine experimental, el cine-arte, que ponen por delante el carácter constructivo, y generan efecto de opacidad, para centrarse en las que aparecen como un “espejo” de la realidad. Todos los investigadores concuerdan con que el estilo al cual remiten los filmes que presentan efecto de transparencia es siempre, en el campo de la literatura, el realista. Pero difieren en que lo pueden remitir a la

novela o al teatro. ¿Cuál es la novela realista? Ustedes recordaran que en Semiótica I se ve un texto de Philippe Hamon donde se trataba la descripción. Este autor trabaja la descripción fundamentalmente de la novela realista. Y entonces da cuenta de las características de los personajes, de los lugares. Se enraíza a los personajes en un contexto socio-histórico y político. Entonces, una de las características de la novela realista es la presentar a sus personajes con densidad psicológica. Los personajes no son como en determinadas series televisivas, “maquinas de acción”. Sus personajes se parecen a las personas que pueblan el mundo real. Esto quiere decir que sus personajes no son sólo agentes que realizan acciones ―como si se tratara de “máquinas” de actuar”―, sino que presentan densidad psicológica. Los personajes de este tipo particular de películas, igual que los de la novela del siglo XIX presentan cualidades, se los instala en un contexto bien determinado, en una situación histórica social y política determinada, y, al mismo tiempo, a veces, se los hacía interactuar dentro del universo ficcional con personajes históricos realmente existentes. En las novelas del siglo XIX―como las de Balzac, Flaubert, Sthendal― también se presentan a los personajes de esta manera. Lo importante era mostrar, a partir de funciones catalíticas, cómo eran esos personajes. No actuaban solamente sino que su acción estaba vinculada a carencias o cualidades psicológicas. Esto por un lado, por otro, aparecen enraizados en una realidad cultural y social concreta y particular. Se los hacía participar de actividades que realmente existieron. Supongamos, los personajes de una determinada novela iban a una reunión donde también estaba presente Napoleón Bonaparte. O sea, se mezclaban personajes históricos con ficcionales, por ejemplo, y, por supuesto, los históricos no eran centrales, estaban allí para dar verosimilitud al relato. También podían incluir acontecimientos que efectivamente sucedieron y que se incluían para darle ese espesor sociológico de sujeto viviente al personaje. No son novelas históricas pero para darles ese enraizamiento con un contexto histórico y social determinado a los personajes, se incluían eventos que efectivamente habían sucedido. Esto tiene que ver entonces, con el objeto empírico.

Pero hay otra cosa y es el objeto de estudio. Éste se define como aquello que del objeto empírico se va a tratar, se va a considerar. Qué aspectos se van a tomar en consideración y de qué lugar se lo va a hacer.

Una cosa que hay que tener presente es que, cuando decimos que Metz se va a referir a un tipo particular de films ficcionales, queremos decir que hay otro tipo de películas ficcionales. Aquellas que merecen la atención de Metz son las que pertenecen al tipo que triunfó, al menos cuantitativamente, el que se convirtió en el dominante.

El objeto de estudio al que pretende abocarse, dedicarse el trabajo metziano, puede sintetizarse en brindar una respuesta a una pregunta que en el texto no aparece enunciada pero que se puede abstraer a partir de lo que se va desarrollando en él. La pregunta es: ¿a qué se debe o, lo que es lo mismo, por