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filosofía de la naturaleza de los atomismos presocráticos de Demócrito y Epicuro
Tipo: Apuntes
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índice Prefacio Primera parte DIFERENCIA GENERAL ENTRE LA FILOSOFIA DEMO- CRITEA Y EPICUREA DE LA NATURALEZA I. Objeto de la disertación II. Juicio sobre la relación de la física democrítea y la epicúrea III. Dificultades relativas a la identidad de las filosofías democrítea y epicúrea de la naturaleza Segunda parte DIFERENCIA PARTICULAR ENTRE LA FISICA DEMO- CRITEA Y LA EPICUREA I. La desviación de los átomos de la línea recta II. Las cualidades del átomo III. Los átomos principios y los átomos elementos IV. El tiempo V. Los meteoros Notas APENDICES De las notas sobre la disertación El devenir filosofía del mundo y el devenir mundo de la filosofía Sobre. la moral de Plutarco La razón y las pruebas de la existencia de Dios De los escritos preparatorios para la disertación La inmortalidad individual. Sobre el feudalismo religioso. El infierno del vulgo
La forma de este trabajo hubiera sido, por un lado más rigu- rosamente científica y, por otro, menos pedante en ciertos puntos si su intento primitivo no se hubiese circunscripto a convertirlo en una tesis de doctorado. Razones extrínsecas me deciden, sin embargo, a publicarlo según su presente as- pecto. Creo, además, que he resuelto aquí un problema hasta ahora insoluble dentro de la historia de la filosofía griega.
Los especialistas saben que para el tema de esta disertación no existen trabajos anteriores de ninguna clase. Hasta nues- tros días todos se han contentado con repetir las simplezas de Cicerón y Plutarco. Gassendi, que liberó a Epicuro de la pro- hibición que le habían impuesto los padres de la Iglesia y toda la Edad Media, período de irracionalidad victoriosa, sólo presenta en su exposición un momento interesante. Bus- ca acomodar su conciencia católica con su ciencia pagana, a Epicuro con la Iglesia, trabajo perdido por otra parte. Es co- mo si se quisiera arrojar el hábito de una monja cristiana so- bre el cuerpo bellamente floreciente de la Lais griega. Gas- sendi, por cierto, aprendió más filosofía en Epicuro que lo que pudo enseñarnos sobre él.
Debe considerarse este estudio sólo como anticipo de un es- crito más amplio en el que expondré con detalles el ciclo de la filosofía epicúrea, estoica y escéptica y sus relaciones con toda la especulación helénica. Allí he de eliminar las faltas de forma y otras semejantes del presente ensayo.
Hegel ha determinado, en verdad, con exactitud en sus grandes líneas lo general de los mencionados sistemas, pero
desprecia a los dioses del vulgo, sino quien se adhiere a la idea que la multitud se forma de los dioses."
La filosofía no oculta esto. La profesión de fe de Prometeo: "En una palabra, ¡yo odio a todos los dioses! ", es la suya pro- pia, su propio juicio contra todas las deidades celestiales y terrestres que no reconocen a la autoconciencia humana co- mo la divinidad suprema. Nada debe permanecer junto a ella.
Pero a los despreciables individuos que se regocijan de que en apariencia la situación civil de la filosofía haya empeora- do, ésta, a su vez, les responde lo que Prometeo a Hermes, servidor de los dioses: "Has de saber que yo no cambiaríam mi mísera suerte por tu servidumbre.
Prefiero seguir a la roca encadenado antes que ser el criado fiel de Zeus".
En el calendario filosófico Prometeo ocupa el lugar más dis- tinguido entre los santos y los mártires.
Berlín, marzo de 1841
Primera Parte DIFERENCIA GENERAL ENTRE LA FILOSOFIA DEMOCRITEA Y EPICUREA DE LA NATURALEZA
Parece acontecerle a la filosofía griega lo que no debe suceder en una buena tragedia: presentar un desenlace débil. Con Aristóteles, el Alejandro Magno de la filosofía helénica, creeríamos que termina en Grecia la historia objetiva de la filosofía, y aun los estoicos, a pesar de su energía viril, no lograron, como los espartanos habían conseguido en sus templos, encadenar Atenea a Hércules, de manera que ella no pudiera huir.
A los epicúreos, estoicos y escépticos se les considera casi como un complemento inadecuado, sin ninguna relación con sus vigorosos antecesores. La filosofía epicúrea sería un agre- gado sincrético de la física, democrítea y de la moral cirenai- ca; el estoicismo, una mezcla de la especulación cosmológica de Heráclito, de la concepción ética del mundo de los cínicos y hasta un poco de lógica aristotélica; el escepticismo, final- mente, resulta el mal necesario opuesto a tales corrientes dogmáticas. Se vinculan así sin advertirlo, esas escuelas fi- losóficas a la filosofía alejandrina, convirtiéndolas en un eclecticismo estrecho y tendencioso. La filosofía alejandrina, en último término, es considerada como una extravagancia, una desintegración absoluta, un desorden, en fin, donde se podría, a lo sumo, reconocer la universalidad de la intención.
Existe, no obstante, una verdad muy simple: el nacimiento, el florecimiento y la muerte constituyen el círculo férreo en que
platónica y aristotélica, que se dilatan hasta la totalidad, apa- recen nuevos sistemas que no se vinculan a esas ricas formas del espíritu, sino que, desandando el tiempo, se vuelven ha- cia las escuelas más simples: las filosofías de la naturaleza se aproximan a la física, la escuela ética se acerca a Sócrates? ¿Cómo es posible, por otra parte, que los sistemas posteriores a Aristóteles encuentren de alguna manera sus fundamentos ya preparados en el pasado? ¿Que Demócrito sea relacionado con los cirenaicos y Heráclito con los cínicos? ¿Es un azar que en los epicúreos, los estoicos y los escépticos todos los mo- mentos de la autoconciencia sean presentados en absoluto, pero cada momento como una existencia peculiar? ¿Esos sis- temas en conjunto forman la construcción completa de la autoconciencia? El carácter, en fin, por el cual el pensamiento griego comienza míticamente con los Siete Sabios, rasgo que se encarna, en efecto, como el centro de esta filosofía, en Sócrates —su demiurgo—, me refiero a la esencia del sabio, del s ofós , ¿se ha afirmado fortuitamente en esos sistemas co- mo la realidad de la ciencia verdadera?
Me parece que si los sistemas anteriores son más significati- vos e interesantes por el contenido, los posaristotélicos, y en particular el ciclo de las escuelas epicúrea, estoica y escéptica, lo son más por la forma subjetiva, el carácter de la filosofía griega. Porque es precisamente la forma subjetiva, el soporte espiritual de los sistemas filosóficos, lo que hasta aquí se ha olvidado casi por completo, para considerar sólo sus deter- minaciones metafísicas.
Prometo exponer, en un estudio más desarrollado, las filo- sofías epicúrea, estoica y escéptica, en su conjunto, y su rela- ción total con la filosofía griega anterior y posterior.
Me bastará, por el momento, con desarrollar ese encadena-
miento, apoyándome por así decir en un ejemplo y consi- derándolo en un solo aspecto: su vínculo con la especulación anterior.
Elijo como modelo la relación entre la filosofía de la naturale- za en Epicuro y Demócrito. No creo que ese punto de partida sea el más cómodo. Por un lado, en efecto, existe un viejo prejuicio, en todas partes admitido, según el cual se identifi- can las físicas de Demócrito y Epicuro hasta no ver en las modificaciones introducidas por este último nada más que ideas arbitrarias; y estoy obligado, por otra parte, a entrar, en cuanto a los detalles, en ciertas aparentes micrologías. Pero, precisamente, porque ese prejuicio es tan viejo como la histo- ria de la filosofía y puesto que las divergencias se hallan tan ocultas que sólo se revelan ante el microscopio, el resultado será aún más importante si logramos demostrar que a pesar de su afinidad existe entre las físicas de Demócrito y Epicuro una diferencia esencial que se extiende hasta los menores detalles. Lo que se puede probar en lo pequeño es aún más fácil de mostrar cuando se toman las relaciones en di- mensiones mayores, mientras que, por el contrario, las consi- deraciones demasiado generales, dejan subsistir la duda de si el resultado se confirmará en lo particular.
Para poder apreciar la diferencia general entre mi punto de vista y las opiniones anteriores, basta con examinar rápida- mente los juicios de los antiguos sobre la relación de la física de Demócrito y la de Epicuro.
no se ha permitido fantasear^8 ni una sola vez sobre la provi- dencia. Pero el hábito ya aceptado de acusar a Epicuro de plagio aparece en su forma más sorprendente en Sexto Empí- rico, quien pretende^9 convertir algunos pasajes absolutamente inadecuados de Homero y Epicarmo en las fuentes principa- les de la filosofía epicúrea.
Es sabido que, en conjunto, los autores modernos sostienen también que Epicuro, como filósofo de la naturaleza, es un simple plagiario de Demócrito. Las palabras siguientes de Leibniz pueden representar aquí, en general, la opinión de aquéllos: "De ese gran hombre (Demócrito) casi no sabemos más que lo que le ha tomado Epicuro, quien no era capaz de escoger siempre lo mejor".^10
Así, pues, mientras Cicerón reprocha a Epicuro por desvir- tuar la doctrina de Demócrito, mas le deja, por lo menos, la voluntad de mejorarla y el discernimiento de ver sus defec- tos;^11 en tanto que Plutarco lo acusa de inconsecuencia y de inclinación predeterminada hacia lo peor y llega hasta a sos- pechar de sus intenciones, Leibniz le niega aún la aptitud de extraer con destreza los pasajes de Demócrito.
Sin embargo, todos concuerdan en decir que Epicuro ha to- mado su física de Demócrito.
En otros testimonios históricos muchos argumentos defien- den la identidad de la física de Demócrito y la de Epicuro.
Los principios —los átomos y el vacío— son indiscutible- mente los mismos. Sólo en las determinaciones particulares parece prevalecer alguna divergencia arbitraria, es decir, ac- cesoria.
Mas subsiste entonces un enigma singular, insoluble. Dos filósofos enseñan en absoluto la misma ciencia y lo hacen por cierto de la misma manera; sin embargo —¡qué inconsecuen- cia! — se hallan en diametral oposición en todo lo que con- cierne a la verdad, la certeza, la aplicación de esta ciencia, y, de un modo general, respecto de la relación entre el pensa- miento y la realidad. Yo digo que están en oposición diame- tral y trataré ahora de demostrarlo.
A) Parece difícil fijar la opinión de Demócrito sobre la verdad y la certeza del saber humano. Nos hallamos en pre- sencia de pasajes contradictorios; o mejor, no son los frag- mentos sino las ideas de Demócrito las que se contradicen. En efecto, la afirmación de Trendelenburg en Comentario sobre la psicología de Aristóteles , según la cual sólo los autores posterio- res revelan dicha contradicción, que Aristóteles habría igno- rado, es realmente inexacta. Pues se dice en la Psicología de Aristóteles: "Demócrito considera el alma y el entendimiento como una sola y misma cosa; según él lo verdadero es el fenómeno",^12 y en la Metafísica leemos, al contrario: "Demó- crito pretende que no existe la verdad o que ella está ocul- ta".^13 ¿Estos pasajes de Aristóteles no se contradicen? Si el fenómeno es lo verdadero, ¿cómo lo verdadero puede estar oculto? El hecho de estar oculto no comienza sino en el mo- mento en que el fenómeno y la verdad se separan. Ahora bien, Diógenes Laercio refiere que se ha colocado a Demócri- to entre los escépticos. El cita su máxima: "En realidad noso- tros no sabemos nada, pues la verdad permanece oculta".^14
Escuchemos, por el contrario, a Epicuro. El sabio, dice él, se comporta dogmáticamente y no en forma escéptica.^20 Me- jor aún, lo que le asegura por cierto la ventaja sobre todos es que él sabe con convicción.^21 "Todos los sentidos son heral- dos de la verdad".^22 Nada puede refutar a la percepción sen- sible; ni la sensación semejante a la semejante, a causa de su similitud de valor, ni la desemejante a la desemejante, pues ambas no juzgan el mismo objeto, ni tampoco el concepto puede refutarlas porque éste depende por entero de la per- cepción sensible", se dice en la Canónica.^23 Pero, mientras Demócrito reduce el mundo sensible, a una apariencia subje- tiva, Epicuro hace de él un fenómeno objetivo. Y es a con- ciencia que se diferencia en este punto, pues afirma que com- parte los mismos principios, mas no convierte las cualidades sensibles en simples opiniones.^24
Una vez admitido, entonces, que la percepción sensible fue el criterio de Epicuro y que el fenómeno objetivo le co- rresponde, se puede considerar como exacta la consecuencia ante la cual Cicerón se encoge de hombros. "El sol le parece grande a Demócrito porque él es un sabio versado perfecta- mente en geometría; Epicuro supone- que tiene alrededor de dos pies de diámetro, pues éste juzga que es tan grande como parece.^25
B) Esta diferencia en los juicios teoréticos de Demócrito y Epicuro sobre la certeza de la ciencia y la verdad de sus obje- tos, se realiza en la energía y en la praxis científica dispares de estos hombres.
Demócrito, para quien el principio no deviene fenómeno y permanece sin realidad ni existencia, tiene, por el contrario, frente a él como mundo real y concreto, el mundo de la per- cepción sensible. El mundo es, en efecto, una apariencia sub-
jetiva, aunque por eso mismo, separado del principio y aban- donado en su realidad independiente; mas es al mismo tiem- po el único objeto real que como tal tiene valor y significado. Por ese motivo Demócrito es empujado a la observación empírica. Al no hallar satisfacción en la filosofía se arrojó en brazos del conocimiento positivo. Hemos visto más arriba que Cicerón lo llama vir eruditus. El es versado en física, ética, matemática, en las disciplinas enciclopédicas, en todas las artes.^26 Ya el catálogo de sus libros, registrado por Diógenes Laercio, testimonia su saber.^27 Empero, la erudición tiene por característica extenderse en amplitud, reunir datos e investi- gar en lo externo; así vemos a Demócrito recorrer la mitad del mundo para recoger experiencias, conocimientos y observa- ciones. "De todos mis contemporáneos —se vanagloria— yo soy el que ha recorrido la mayor parte de la tierra y explora- do los países más remotos; he visto los climas y regiones más variados; he oído a los sabios más ilustres y nadie me ha so- brepasado en la composición de figuras con demostraciones ni aun los llamados arpedonaptas de Egipto".^28
Demetrio en los Homónimos, y Antístenes en las Sucesio- nes, informan que Demócrito se detuvo en Egipto junto a los sacerdotes para aprender geometría, así como también per- maneció entre los caldeos en Persia y que llegó hasta el Mar Rojo. Algunos afirman que se encontró con los gimnosofistas de la India y que visitó a Etiopía.^29 Fue empujado tan lejos, en parte que el deseo de aprender, que no le daba reposo, pero también por el hecho de no hallar satisfacción en el verdade- ro conocimiento, es decir, en el saber filosófico. El saber que él tiene por auténtico es vacío; el que le ofrece un contenido carece de verdad. La anécdota de los antiguos puede ser una fábula, pero es verdadera en cuanto expresa la contradicción de su naturaleza. Demócrito mismo se habría privado de la
los mayores elogios. Los otros no serían más que cerebros de segunda clase?^37 Mientras Demócrito ha viajado por todos los países del mundo, Epicuro apenas abandonó dos o tres veces su Jardín de Atenas y se dirigió a Jonia, no para dedicarse a investigaciones sino para visitar a sus amigos.^38 En tanto, finalmente, Demócrito, desesperando del saber, se quita él mismo la vista, Epicuro, en cambio, cuando siente aproxi- marse la hora de la muerte, se introduce en un baño caliente, pide vino puro y recomienda a sus amigos que permanezcan fieles a la filosofía.^39
C) Las distinciones hasta aquí desarrolladas no deben atribuirse a la individualidad accidental de ambos filósofos; son tendencias opuestas que toman cuerpo. Vemos como diferencias de energía práctica lo que, más arriba, se expresa en forma de divergencia de la conciencia teorética.
Consideremos, finalmente, la forma de reflexión que re- presenta la referencia del pensamiento al ser, la relación misma. En la relación general que el filósofo da conjuntamen- te del mundo y el pensamiento, él solo se objetiva a sí mismo del modo en que su conciencia particular se comporta ante el mundo real.
Pero, Demócrito, como forma de reflexión de la realidad, emplea la necesidad.^40 Aristóteles dice de él que reconduce todo a la necesidad.^41 Diógenes Laercio expresa que el torbe- llino de los átomos, de lo que todo se origina, es la necesidad democrítea.^42 Más satisfactoriamente habla a este respecto el autor de De placitis philosophorum ; la necesidad sería, según Demócrito, el destino y la justicia, la providencia y la creado- ra del mundo; pero la sustancia de esta necesidad sería la antitipia , el movimiento, el impulso de la materia.^43 Un pasaje análogo se halla en las églogas físicas de Estobeo^44 y en el
libro VI de la Praeparatio evangelica , de Eusebio,^45 En las églo- gas éticas de Estobeo se conserva la sentencia siguiente en Demócrito, reproducida^46 casi en la misma forma, en el libro XIV de Eusebio:^47 "Los hombres han forjado el fantasma del azar, manifestación de su propio desconcierto, pues el azar se halla en lucha con todo pensamiento vigoroso". También Simplicio atribuye a Demócrito un pasaje donde Aristóteles habla de la vieja doctrina que suprime el azar.^48
Epicuro escribe, en cambio: "La necesidad, a la que algu- nos convierten en dominadora absoluta, no existe; hay algu- nas cosas fortuitas, otras dependientes de nuestro arbitrio. Es imposible persuadir a la necesidad; el azar, al contrario, es inestable. Sería preferible seguir el mito sobre los dioses que ser esclavo del hado de los físicos. Pues aquél deja la espe- ranza de la misericordia por haber honrado a los dioses, pero éste presenta la inexorable necesidad. Sin embargo, debe ad- mitirse^49 el azar y no la divinidad, como cree el vulgo. Es un infortunio vivir en la necesidad, mas vivir en ella no es una necesidad. Por todas partes se hallan abiertas las sendas, nu- merosas, cortas y fáciles que conducen a la libertad. Agradez- camos, pues, a dios que nadie pueda ser retenido en la vida. Dominar a la necesidad misma está permitido".^50
Lo mismo expresa Velleio en Cicerón sobre la filosofía es- toica: "¿Qué se debe pensar de una filosofía para la cual, co- mo para las comadres ignorantes, todo parece suceder gra- cias al hado? ... Por Epicuro hemos sido redimidos y puesto en libertad".^51
Así Epicuro niega aun el juicio disyuntivo, a fin de no verse constreñido a reconocer ninguna necesidad.^52
Se afirma también, en efecto, que Demócrito ha utilizado