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Asignatura: Psicología Social, Profesor: Carmen Herrero, Carrera: Psicología, Universidad: USAL
Tipo: Apuntes
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Ser un animal social te lleva a vivir en un estado de tensión entre valores asociados a la individualidad y valores asociados al conformismo.
Descripción del conformismo mediante un ejemplo, por James Thurber: uno o dos sujetos comienzan a correr por determinados motivos; poco después todo el mundo estaba corriendo aún sin estar seguros de que pasara algo. Al darse cuenta de que no pasaba nada se sienten ridículos, pero se hubieran sentido más ridículos si de verdad ocurriera algo y no hubieran seguido la pauta general.
¿El conformismo es bueno o malo?
Ejemplo: John F. Kennedy publicó un libro que fue un best-seller de la década en el que alababa a los políticos que se mostraban inconformistas por su osadía a oponerse a las presiones sociales y negarse al conformismo. Pero de este modo estaba defendiendo a personas que se negaban a ser buenos miembros de un equipo. Las reacciones ante este libro no fueron muy positivas. El inconformista solo puede ser alabado tiempo después de llevar a cabo su inconformismo, pero no puede ser alabado en el mismo momento en el que se está oponiendo al resto de las personas. El inconformista puede ser alabado por historiadores o idolatrado en películas y en la literatura mucho después de producirse su inconformismo, pero normalmente no le aprecian mucho en ese momento a cuyas exigencias rehúsa plegarse.
Esta observación recibe el apoyo de diversos experimentos en psicología social.
Un experimento de Stanley Schachter , trataba de analizar, en grupos de estudiantes, un historial de un delincuente, y proponer un tratamiento adecuado al caso, dentro de una escala que iba desde “un tratamiento muy suave”, en un extremo, hasta “un tratamiento muy duro”, en el otro. Dentro de estos grupos había actores contratados por el experimentador que tuvieran que representar unos de estos tres papeles previamente ensayados:
Una persona modal que adopta una posición de conformismo para con la posición media del resto de las personas.
El desviado es quien adopta una posición opuesta a la orientación general del grupo.
El deslizante que tiene una posición inicial similar a la del desviado, pero que en el curso de la discusión se inclina gradualmente hacia una posición modal y conformista.
Y se demostró que la persona más apreciada era la modal y acorde con la norma del grupo y el desviado era el menos apreciado.
El inconformista puede ser alabado por historiadores o idolatrado en películas y en la literatura mucho después de producirse su inconformismo, pero normalmente no le aprecian mucho en ese momento a cuyas exigencias rehúsa plegarse.
Además A. Kruglanski y D. Webster descubrieron que el grado de rechazo hacia la persona desviada aumenta si “el desviado” interviene cuando los sujetos ya sienten necesidad de poner punto y final a la discusión.
Los datos indican, que el grupo “establecido” o modal tiende a preferir a los conformistas que a los inconformistas.
La rebeldía que nos hace, por ejemplo, fumar en la adolescencia, estás por ahí hasta tarde, hacerse un tatuaje o sale con cierto chico, porque sus padres no lo aprueban. Al actuar de esa forma no manifiesta su independencia, sino que muestra su anticonformismo ; no piensa por sí misma, más bien actúa automáticamente en contra de los deseos o expectativas de los demás.
Sin embargo, también hay situaciones en las que el conformismo resulta un desastre.
Un ejemplo sería el círculo que rodeaba a Hitler. En esa atmósfera incluso las peores actuaciones parecían razonables debido a la falta de desacuerdo de opiniones. Tenían prohibido estar en desacuerdo y esa ilusión de unanimidad impedía a los individuos pensar en la posibilidad de que existieran otras opciones.
Otro ejemplo sería el asunto Watergate. Un grupo de hombres importantes llevaron a cabo acciones ilegales debido a que el círculo de personas perseguía un propósito con determinación. Cuando este círculo se rompió, las personas que lo rompieron observaron con sorpresa su comportamiento ilegal pareciéndoles un mal sueño. Uno de ellos afirmó que si algo se dice con reiterada frecuencia, se hará realidad. Además se alegó que todo había sido una cuestión de seguridad nacional y la mayoría de las personas se conformaron y lo creyeron, pero no era así, solo era una justificación después de los hechos. Pero cuando esa gente se justificaba, sí que creía de verdad en esa justificación.
Esto se puede ejemplificar mediante experimentos: uno sería el del universitario Sam que en un principio piensa que el candidato presidencial decía la verdad pero cuando ve que sus amigos piensan que no es sincero cambia, al menos verbalmente, de opinión. Pero este está determinado por muchos otros factores, así que no se puede saber exactamente lo que se le pasa por la cabeza. Para eso hay que llevar a cabo un experimento controlando y variando los factores que consideremos importantes.
Es el caso del experimento de Asch , en el que ocurre lo mismo.
Un sujeto voluntario se ofrece a participar en un experimento sobre juicio perceptivo. Entran en un cuarto con otros cuatro participantes. El experimentador les muestra a todos una línea recta (línea X). Simultáneamente, les muestra otras tres líneas de comparación (líneas A, B y C). Su tarea es determinar cuál de las tres líneas tiene una longitud más pareja a la línea X. El juicio les sorprende como cosa sumamente fácil. Es perfectamente claro que la respuesta correcta es la B. Pero no le toca responder al sujeto, los demás integrantes van primero. Todos contestan la respuesta A (respuesta errónea, son ayudantes del experimentador) y cuando le toca al sujeto que pensaba desde un primer un momento que la respuesta era, sin lugar a dudas, la B, concluye que es A, porque, tras escuchar las respuestas de los anteriores va auto convenciéndose poco a poco que el que está equivocado es él. Sin embargo, cuando a estos sujetos que cambian de opinión se les permite hacer a solas una serie de juicios acerca de la respuesta sin la presión del grupo sí que saben decir la respuesta acertada.
En el experimento de Asch no existen restricciones explícitas a la individualidad. Las sanciones explícitas o las consecuencias al inconformismo son en muchos casos claras e inequívocas, pero en este experimento no había recompensas específicas para el conformismo ni castigos explícitos para la desviación. Entonces, ¿por qué se adecuaron al grupo el universitario y los sujetos de Asch? ¿Por qué se dejaron llevar por el conformismo?; hay dos posibilidades:
Esos individuos tenían dos metas importantes: estar en lo cierto y congraciarse con otras personas plegándose (cediendo) a sus expectativas. En muchas circunstancias, ambas metas pueden satisfacerse mediante una única acción, pero en el experimento de Asch estaban en conflicto.
La mayor parte de las personas creen que ellas son personas motivadas principalmente por la aspiración a la corrección, pero opinan que otras personas están principalmente motivadas por el deseo de ser bien consideradas por los demás. Es decir, sabemos que otra gente se conforma pero infravaloramos el grado en el cual nosotros estamos inducidos a seguir al grupo.
No podemos saber cuál es el caso de Sam, si cambiaba de idea realmente o si lo hacía para ser aceptado por el grupo. Pero sí que podemos saberlo en el caso de los sujetos del experimento de Asch. Para ello fueron interrogados personalmente al final del experimento y solo algunos insistieron en la idea equivocada. Podían pasar varias cosas (varias razones por las que ceder al conformismo):
Para determinar si la presión de grupo afecta al juicio de alguien lo que se hace es no exigirles emitir sus juicios en presencia de los demás aunque sí que les enseñaran esas ideas erróneas de los ayudantes del experimentador.
De esta manera el resultado fue que: cuanto mayor es la privacidad, menor era el conformismo. En consecuencia resulta que la presión para conformarse a los juicios ajenos tiene poco o ningún efecto sobre los juicios privados de los sujetos experimentales.
Los factores que determinan la propensión al conformismo del sujeto en relación con el criterio de la mayoría son:
Son los dos factores cruciales. Si el sujeto tiene un solo aliado que de la misma respuesta correcta su tendencia al conformismo se reduce fuertemente. Del mismo modo si hay alguien que dice otra respuesta errónea diferente a la que dicen los demás también se reduce la tendencia al conformismo del sujeto que cree en la respuesta correcta. Por otro lado, si hay unanimidad no hace falta que el grupo sea muy grande. Uno de los modos en que la conformidad con la presión del grupo puede ser disminuida es induciendo al individuo a que adopte algún tipo de compromiso con su juicio inicial. Así lo demostraron en un experimento M.Deutsch y H.Gerald, quienes utilizaron el paradigma de Asch y descubrieron que, cuando no había compromiso previo (como en el experimento de Asch), el 24,7% de las respuestas se acomodaban al juicio erróneo de la mayoría. Pero cuando los individuos se habían comprometido públicamente antes de escuchar el juicio de los otros “árbitros”, tan sólo el 5,7% de sus nuevas respuestas eran conformistas.
Los individuos que tienen una visión pobre de sí mismos tienden mucho más a plegarse a la presión del grupo que aquéllos con una autoestima elevada. Lo que es más, en una tarea específica, la autoestima puede verse influida por una situación determinada. Así a los individuos a los que se les permite tener éxitos previos en las tareas tienden mucho menos al conformismo que aquellos que entran en frio a la situación. Por lo mismo, si un individuo cree que tiene poca o ninguna aptitud para realizar la tarea encomendada, su tendencia al conformismo aumenta.
En resumen, hay dos posibles razones para el conformismo de una persona:
En el caso de los experimentos de Asch y otros similares se puede inferir que la conducta de las personas está orientada en gran medida a obtener una recompensa o evitar un castigo, ya que hay muy poco conformismo cuando se permite a los sujetos responder en privado.
Por otro lado, hay muchas situaciones en las que tendemos a plegarnos a la conducta de los demás porque es nuestra única guía para una conducta apropiada. Nos apoyamos a menudo en otras personas como medio de precisar la realidad, según Leon Festinger, cuando la realidad física se va haciendo cada vez más incierta, las personas se apoyan más en la “ realidad social ”, tienden a adecuarse a lo que otros están haciendo porque la conducta del grupo les suministra una información valiosa sobre lo que se espera de ellos. De este modo, la gente se mostrará de acuerdo más a menudo con la conducta de una persona de aparente estatus elevado que con la conducta de alguien que parezca menos respetable.
Ante la presencia de un modelo que evita el cruce indebido, los demás peatones tienden más a dominar el impulso de cruzar que aquellos que no tienen dicho modelo. Tendrá más efecto el modelo que tengo un aspecto limpio y que vaya bien vestido que el modelo desaliñado.
En el experimento de las “duchas” llevado a cabo por Michael O’Leary y el propio autor del libro, con el objetivo de inducir a un número mayor de personar a ahorrar agua y la energía necesaria para calentarla. Pensaban que la gente sería más proclive a cerrar la ducha mientras se enjabonaba si creía que otros estudiantes se tomaban en serio la petición. No querían que la gente se conformarse por temor a la desaprobación o al castigo; por tanto, planteamos el experimento de la siguiente forma: nuestro modelo entraba a la ducha (una habitación de duchas comunes con ocho alcachofas) cuanto estaba vacía, se iba hasta el final, se ponía de espalda a la entrada y abría la ducha. Cuando oía entrar a alguien cerraba la ducha y se enjabonaba, volvía a abrirla, rápidamente se quitaba el jabón y dejaba la habitación sin casi mirar al estudiante que había entrado. Después de salir, otro estudiante (nuestro observador) entraba y a escondidas anotaba si el “sujeto” cerraba la ducha mientras se enjabonaba. Los resultados fueron que el 49% de los estudiantes seguían la conducta. Más aún, cuando dos estudiantes daban ejemplo simultáneamente de la conducta apropiada el porcentaje de gente que hacía caso al aviso se disparaba a un 67%.
En una situación ambigua otras personas pueden inducirnos al conformismo, simplemente ofreciéndonos una información que sugiera lo que la gente hace habitualmente en una situación determinada.
Si una persona está en una situación ambigua donde debe utilizar la conducta de otras personas como pauta para la suya propia es posible que repita la conducta recién
aprendida directamente en ocasiones similares posteriores (eructar después de las comidas).
Así que más tarde o más temprano recibirá pruebas evidentes de que sus acciones fueron inapropiadas e incorrectas.
El conformismo nacido de la observación de otros con el propósito de obtener información sobre la conducta más adecuada tiende a tener ramificaciones más poderosas que el conformismo motivado por el interés de ser aceptado o evitar un castigo.
Como ya hemos apuntado, cuando la realidad es poco clara, los otros se convierten en una fuente primordial de información.
Las personas se pliegan a otros incluso a la hora de atestiguar algo tan personal como sus propias emociones. Una emoción tiene un contenido de “sentimientos” y un contenido cognitivo. Una emoción requiere una excitación fisiológica y una etiqueta, por ejemplo, interpretamos una respuesta como miedo solo al hacernos conscientes de estar en presencia de un estímulo productor de miedo (por ejemplo, un oso feroz). Si experimentásemos una excitación fisiológica faltando el estímulo apropiado (experimento de Schachter y Singer, epinefrina) ocurriría lo siguiente: cuando la realidad física es clara y explicable (en el caso de los sujetos que habían sido informados de los síntomas) , las emociones de los sujetos no resultaban grandemente influidas por la conducta de otras personas (los cómplices del experimentador que en un caso fingían euforia y en otro caso rabia). Cuando los sujetos estaban experimentando una fuerte respuesta fisiológica, cuyos orígenes eran inciertos, interpretaron sus propios sentimientos como rabia o euforia con arreglo a la conducta de otras personas a las que supuestamente se les había inoculado el mismo producto químico.
De manera que la influencia de otros, sea intencional o no, puede tener un efecto importante sobre la conducta de una persona. Estos efectos también pueden tener importantes consecuencias no deseadas para la sociedad. Un ejemplo es la investigación de Craig Haney: “procedimiento de aceptación de la pena de muerte”. El procedimiento de aceptación es el trámite por el cual, al seleccionar a un jurado para un juicio de asesinato en un estado dónde es posible imponer la pena de muerte se les excluye de ocupar un lugar en el jurado. Este proceso se da en presencia de aquellos que resultarán seleccionados para participar en el jurado y puede sutilmente sugerirles que la ley no acepta a la gente que se opone a la pena de muerte. Esta situación puede llevar a incrementar su tendencia a imponer la pena de muerte.
El experimento consistió en lo siguiente, a una muestra de adultos, se les pasaba una cinta de vídeo, totalmente convincente, del procesamiento de selección de un jurado filmado en la sala de justicia de una facultad de Derecho – situación altamente realista,
satisfactoria con la persona o personas con las que nos identificamos. La identificación se distingue de la sumisión porque el individuo llega a creer en las opiniones y valores adoptados, aunque su fe en ellos no sea muy fuerte. En consecuencia, si un individuo encuentra atractiva o interesante en algún sentido a una persona o grupo, estará inclinado a aceptar influencias de esa persona o grupo y a adoptar valores y actitudes similares, no para obtener una recompensa o evitar un castigo, sino simplemente para parecerse a esa persona o grupo.
Interiorización
Es la respuesta más permanente y de más profundas raíces a la influencia social. El móvil para internalizar una creencia específica es el deseo de estar en lo cierto. Por lo mismo, la recompensa de esa fe es intrínseca. Si la persona que proporciona la influencia parece fidedigna y de buen juicio, aceptamos la creencia por la cual aboga y la integramos en nuestro propio sistema de valores. Una vez que forma parte de nuestro sistema, se independiza de su fuente y se convierte en algo muy resistente al cambio.
Rasgos diferenciales de estas tres respuestas a la influencia social:
FLEXIBILIDAD DURARÁ SI.. COMPONENTE PPAL.
SE APOYAN EN…
SUMISIÓN Rígida Hasta que duren los castigos/recompensas.
La + efímera.
Poder El miedo/deseo a…
IDENTIFICACI ÓN
Rígida si el modelo es rígido.
a) Hasta que el modelo siga siendo importante.
b) El sujeto mantenga las mismas creencias.
c) Esas creencias no se vean amenazadas por otras opiniones + convincentes.
Se disipará si > el deseo de estar en lo cierto.
Atracción Esa persona
INTERIORIZAC IÓN
Flexible*
La + duradera.
Por el deseo de estar en lo cierto.
No depende de nadie para auto corroborar tu fe.
Credibilidad
(de uno mismo)
Nada
*Bajo ciertas condiciones –a las 6 de la mañana de un domingo, por ejemplo, con perfecta visibilidad y sin tráfico en kilómetros a la redonda- el individuo quizá supere el límite de velocidad. Sin embargo, el individuo sumiso puede temer la trampa de un radar, y el individuo movido por la identificación puede tener un referente muy rígido, con lo cual éstos dos últimos tienen menos flexibilidad de respuesta ante cambios importantes en el medio.
Esta tricotomía de sumisión, identificación e interiorización es útil, pero no perfecta.
Hay algunos casos donde las categorías se traslapan. Aunque la sumisión y la identificación suelen ser más transitorias que la interiorización, hay circunstancias
capaces de incrementar su permanencia. Por ejemplo, la permanencia es mayor cuando un individuo se ha comprometido firmemente a continuar relacionándose con la persona o grupos que indujeron el acto original de sumisión. La permanencia puede producirse también si el individuo, al someterse, descubre algo sobre sus acciones, o sobre las consecuencias de sus acciones, que aconseja continuar la conducta incluso después de haber cesado el motivo original de la sumisión (la recompensa o el castigo). Esto se denomina beneficio secundario. Por ejemplo, se da en la terapia de modificación de la conducta, en este caso, una terapia para dejar de fumar (descargas eléctricas cuando se fuma). Desgraciadamente, es bastante fácil comprender que existe una diferencia entre la situación experimental y el mundo externo: el sujeto comprende que no sufrirá las descargas eléctricas cuando fume fuera de la situación experimental. Muchas personas que dejan de fumar temporalmente como consecuencia de esta forma de modificación de la conducta acabarán volviendo a los cigarrillos cuando la descarga eléctrica ya no constituya una amenaza. ¿Y qué decir de quienes abandonan definitivamente los cigarrillos después de la modificación de la conducta? Es posible que hagan un descubrimiento, que tras dejar de fumar durante varias semanas descubran lo agradable que es tener la garganta clara.
De este modo, aunque la sumisión en y por sí misma no suela producir una conducta duradera, puede provocar una situación que conducirá a efectos más permanentes.
Los actos de sumisión son, por lo general, efímeros, lo cual no significa que sean triviales. La conducta transitoria puede ser muy importante como lo ha demostrado de modo espectacular Milgram en sus estudios sobre la obediencia, el planteamiento es el
siguiente.
El experimento requiere tres personas: El experimentador (el investigador de la universidad), el "maestro" (el voluntario que leyó el anuncio en el periódico) y el "alumno" (un cómplice del experimentador que se hace pasar por participante en el experimento). El experimentador le explica al participante que tiene que hacer de maestro, y tiene que castigar con descargas eléctricas al alumno cada vez que falle una pregunta.
A continuación, cada uno de los dos participantes escoge un papel de una caja que determinará su rol en el experimento. El cómplice toma su papel y dice haber sido designado como "alumno". El participante voluntario toma el suyo y ve que dice "maestro". En realidad en ambos papeles ponía "maestro" y así se consigue que el voluntario con quien se va a experimentar reciba forzosamente el papel de "maestro".
Separado por un módulo de vidrio del "maestro", el "alumno" se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata para "impedir un movimiento excesivo". Se le colocan unos electrodos en su cuerpo con crema "para evitar quemaduras" y se señala que las
devolverían el dinero que les habían pagado. Ningún participante se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios.
El estudio posterior de los resultados y el análisis de los múltiples test realizados a los participantes demostraron que los "maestros" con un contexto social más parecido al de su "alumno" paraban el experimento antes.
Los psiquiatras predijeron que la mayor parte de los sujetos dejaría de administrar descargas a los 150 voltios, cuando la víctima pide por primera vez ser liberada. Esos psiquiatras predijeron también que sólo un 4% aproximadamente de los sujetos seguiría torturando a la víctima después de que ésta se negase a responder (a 300 voltios), y menos del 1% administraría la descarga más alta del generador.
¿Cómo responden los sujetos cuando se encuentran efectivamente en esa situación? Milgram descubrió que, en el experimento antes descrito, la gran mayoría de los sujetos –más del 65%- continuó administrando descargas hasta el final, aunque algunos sujetos necesitaron cierto aguijoneo por parte del experimentador. Los sujetos obedientes no continuaban administrando descargas porque fuesen gente sádica o cruel.
Efectivamente, cuando Milgram y Alam Elms compararon las puntuaciones de los sujetos en una serie de pruebas de personalidad normalizadas, no descubrieron diferencias entre los individuos que eran totalmente obedientes y los que se resistían sistemáticamente a la presión a obedecer. Tampoco es que los individuos obedientes fuesen insensibles a la difícil situación aparente de las víctimas. Algunos protestaban; muchos se les veía sudar, temblar, tartamudear o mostrar otros signos de tensión, y en algunos casos tuvieron accesos de risa nerviosa. Pero obedecían.
Además, las mujeres se han mostrado al menos tan obedientes como los hombres.“Yo paraba, pero él (el investigador) me hacía seguir”.
Una proporción asombrosamente grande de personas infligirá daño a otras con tal de obedecer a la autoridad. La investigación puede tener importantes contrapartidas en el mundo exterior al laboratorio experimental (en la realidad).
Respecto al experimento de Milgram, es preciso destacar que existían algunos factores importantes en la situación en la que se encontraban los sujetos de Milgram que tendían a maximizar la obediencia. El sujeto ha aceptado participar y asume que la víctima también es un voluntario; puede sentir cierta obligación por su parte para evitar interrumpir el experimento. Se enfrenta en solitario a las demandas del experimentador. Además, en la mayor parte de los estudios de Milgram, la figura con autoridad que daba órdenes era un científico de un prestigioso laboratorio de la Universidad de Yale, y la presentación del experimento lo acreditaba como una investigación sobre una importante cuestión científica. Los sujetos podían suponer que ningún científico daría órdenes capaces de hacer daño a un ser humano como parte de su experimento.
En investigaciones posteriores de Milgram se han aportado pruebas en apoyo de esa conjetura. En un estudio distinto comparó la obediencia a un científico de la Universidad de Yale (65%) con la obediencia a un científico con menos autoridad (45%), llegando a la conclusión de que al suprimirse el prestigio de la Universidad de Yale parecía reducirse el grado de obediencia.
En otro estudio en científico de mucha autoridad era sustituido por otro sin ningún tipo de autoridad, en este caso el índice de obediencia se redujo al 20%. Otro factor que reduce la obediencia es la ausencia física de la figura autoritaria. Cuando el experimentador estaba daba las órdenes fuera del cuarto, por teléfono, el porcentaje de sujetos que obedecían se reducía a menos del 25%. Otros hacían trampas: a la vez obedecían, pero suministraban descargas de menor intensidad. En posteriores estudios Milgram halló que cuanto más alejados del alumno estaban los sujetos, en mayor medida obedecían las instrucciones de la autoridad, la observación en vivo del sufrimiento de los otros hace más difícil continuar infligiéndoles dolor (en vez de escucharlos, verlos sufrir, o colocarles ellos mismos el brazo en la plataforma de descargas…).
En un conjunto de experimentos llevados a cabo por otros científicos (Wim Meeus y Qutinten Raaijmakers) se trató esta cuestión de la obediencia y la distancia de un modo diferente, en el nuevo procedimiento, se les pedía a los sujetos que obedecieran al experimentador, para lo cual tenían que hacer una serie de observaciones cada vez más negativas acerca de los resultados obtenidos en una prueba determinaba si los solicitantes de un puesto de trabajo lo conseguirían o no. De este modo los sujetos estaban convencidos de que estaban haciendo daño a esas personas, pero de tal forma que sólo se manifestaría en el futuro, cuando los sujetos no estuvieran presentes, por lo que no podrían ser testigos de las consecuencias que con llevaba su obediencia. Como era de esperar, la obediencia en estas situaciones era más elevada que en la repetición directa del experimento de Milgram; en esta versión, en torno al 90% de los sujetos continuaba obedeciendo hasta acabar todo el experimento. Las condiciones de los experimentos llevan a los sujetos a estar convencidos de que estaban haciendo daño a esas personas, pero que ese daño se manifestaría en el futuro. En estas situaciones la obediencia era más elevada, de un 90%.
Algunos sujetos sí que se negaban a continuar. En general, todos manifestamos una tendencia a obedecer a la autoridad. Cuando a los sujetos se les cuestiona para que predigan su propia actuación en el experimento, sus valores y su propia imagen les conduce a todos predecir que dejarían de suministrar descargas a partir o por debajo de cierto nivel moderado. Pero hemos visto como la fuerza de la situación real anula aquellos valores e imagen propia.
No solo encontramos difícil resistir las presiones dirigidas a dañar a los demás, sino que con frecuencia evitamos realizar una acción que se presenta como una ocasión para ayudar a otros seres humanos.
de sorpresa o de qué. Al salir a mirar que ocurría se encontró con que la mayor parte de la gente del camping también había salido a ayudar. Resultó un grito de sorpresa.
¿En qué sentido son distintas las situaciones?
En la situación del camping había dos factores que o bien no estaban presentes o bien lo estaban pero en pequeño grado dentro de las situaciones antes analizadas (por ejemplo el asesinato de Kitty). Estos dos factores bajo los que los individuos tienden a aceptar una mayor responsabilidad son:
Sin embargo, esto último es una mera especulación. No es concluyente porque no forma parte de un experimento controlado, uno de los mayores problemas es que el observador no controla las personas involucradas, no sabe cómo son, es posible que los campistas tengan unas características determinadas (boy scouts, por ejemplo) que les lleven a ayudar más que el resto de las personas.
Un experimento realizado por I. Piliavin demostró que esta especulación aquí apuntada sobre la experiencia en el camping era cierta. Un cómplice caía al suelo del metro en presencia de varios individuos. La escena fue repetida 103 veces bajo diversas condiciones. La mayor parte de las veces las personas corrían a ayudar a la persona que se caía. En concreto, esto fue así cuando la víctima fingió estar evidentemente enferma; más del 95% de los ensayos alguien ofreció ayuda inmediatamente. Incluso cuando la “víctima” llevaba una botella del icor y olía a alcohol recibió ayuda inmediata aproximadamente en el 50% de los ensayos. Además esta conducta no se vio afectada por el número de individuos que había en el tren. Esta situación tiene dos factores en común con la situación del camping: las personas que van en el vagón tienen la sensación de compartir el mismo destino y se encontraban cara a cara con la víctima, sin escapatoria inmediata.
El primer requisito previo a la ayuda consiste en definir la situación como de emergencia. Hemos visto que las pistas suministradas por la presencia de espectadores impertérritos pueden provocar en otros testigos la duda sobre si se encuentran ante una emergencia. Pero las interpretaciones de los espectadores pueden también influir sobre las percepciones en una dirección contraria.
En un experimento dirigido por L. Bickman, unas estudiantes sentadas en unos despachos oían a través de un intercomunicador un fuerte golpe y un grito de dolor, y a continuación la reacción de un testigo del presunto accidente. Cuando los sujetos oían al testigo interpretar la situación con de emergencia ayudaban con mayor frecuencia y con más rapidez, que cuando la interpretación era incierta o cuando el sujeto era considerado como poco urgente. A menor ambigüedad en la emergencia, mayor probabilidad de prestar ayuda.
El siguiente paso, es asumir la responsabilidad personal en la intervención. Los observadores tienden a ayudar con más facilidad cuando no pueden reducir su sentido de responsabilidad pensando que otros actuarán por él. En los experimentos de Bickman, los sujetos sabían que otros eran conscientes de la situación, pero en otros casos se les incitaba a creer que los otros participantes eran incapaces de reaccionar. En particular, algunas estudiantes estaban informadas de que las otras participantes a quienes podían oír por el interfono se encontraban en habitaciones contiguas; a otras se les decía que una voz (que sería la víctima) se originaba en la habitación cercana, pero que el otro participante estaba hablando desde otro edificio.
Los sujetos respondían con una significativa mayor rapidez, ante una emergencia producida en la segunda situación, es decir, cuando percibían que el otro testigo estaba incapacitado para ayudar, De hecho, los sujetos que el otro testigo estaba incapacitado para ayudar. De hecho, los sujetos que no podían difuminar su responsabilidad intervenían tan rápido como quienes pensaban que ningún otro era consciente del accidente .Aunque el incidente sea una evidente emergencia que demanda de su auxilio, la gente ayuda menos cuando los costes de su colaboración son altos.
En una variante del experimento de Piliavin en el metro, la víctima en ocasiones mordía una cápsula de tintura roja cuando se desmayaba para aparentar que sangraba por la boca. Aunque la “sangre” hacía que la emergencia pareciese más seria, las víctimas que sangraban recibían ayuda con menor frecuencia que quienes se desmayaban sin sangrar. En apariencia los potenciales socorredores se asustaban con la sangre o bien les resultaba repulsiva; se reducía, por tanto, su tendencia a ayudar.
Para enjuiciar los costes de la ayuda la gente toma también en consideración los beneficios que producirá su acción. Hay bastante de que las personas se ayudarían entre sí si estuviesen seguras de que efectivamente lo que hacen puede resultar de ayuda. En un experimento, R. Baron demostró que cuando un individuo sufría un dolor evidente –y cuando el espectador sabía que su respuesta podría aliviar dicho sufrimiento- la respuesta del espectador era tanto más rápida cuanto más visible era ese sufrimiento.
Para entender eso, debemos recurrir al concepto de empatía y la desazón que nos produce ver el sufrimiento de la víctima. Se pueden dominar estos sentimientos, bien ayudando o bien alejándonos psicológicamente de la situación.
Si hay algo definido que podemos hacer en todo esto, actuamos prontamente podamos hacer, mayor será nuestra tendencia a distanciarnos (a fin de reducir nuestras propias sensaciones de desagrado), especialmente si la víctima se muestra terrible dolorida. Cuando resulta fácil quitarse de en medio, la tendencia a ayudarse se reduce. Tendemos a sentir más empatía y a asumir mayor responsabilidad cuando la víctima es alguien cercano a nosotros.
En un experimento de P. Suedfeld, durante las manifestaciones realizadas en Washington contra la política de Nixon en relación con el Vietnam, se propusieron contrastar la relación entre la similitud de las actitudes y la tendencia a ayudar.