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Asignatura: literatura y medios de comunicacion, Profesor: Ana María Gomez Elegido Centeno, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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2003 - Reservados todos los derechos
Permitido el uso sin fines comerciales
Personajes
La escena es en un café de Madrid, inmediato a un teatro.
El teatro representa una sala con mesas, sillas y aparador de café; en el foro, una puerta con escalera a la habitación principal, y otra puerta a un lado, que da paso a la calle.
La acción empieza a las cuatro de la tarde y acaba a las seis
sitio de una ciudad hacen una comedia. Si son el diantre. ¡Ay, amigo Pipí, cuánto más vale ser mozo de café que poeta ridículo!
PIPÍ.- Pues mire usted, la verdad, yo me alegrara de saber hacer, así, alguna cosa...
DON ANTONIO.- ¿Cómo?
PIPÍ.- Así, de versos... ¡Me gustan tanto los versos!
DON ANTONIO.- ¡Oh!, los buenos versos son muy estimables; pero hoy día son tan pocos los que saben hacerlos; tan pocos, tan pocos.
PIPÍ.- No, pues los de arriba bien se conoce que son del arte. ¡Válgame Dios, cuántos han echado por aquella boca! Hasta las mujeres.
DON ANTONIO.- ¡Oiga! ¿También las señoras decían coplillas?
PIPÍ.- ¡Vaya! Allí hay una doña Agustina, que es mujer del autor de la comedia... ¡Qué! Si usted viera... Unas décimas componía de repente... No es así la otra, que en toda la mesa no ha hecho más que retozar con aquel don Hermógenes, y tirarle miguitas de pan al peluquín.
DON ANTONIO.- ¿Don Hermógenes está arriba? ¡Gran pedantón!
PIPÍ.- Pues con ése se ha estado jugando; y cuando la decían: «Mariquita, una copla, vaya una copla», se hacía la vergonzosa; y por más que la estuvieron azuzando a ver si rompía, nada. Empezó una décima, y no la pudo acabar, porque decía que no encontraba el consonante; pero doña Agustina, su cuñada... ¡Oh!, aquélla sí. Mire usted lo que es... Ya se ve, en teniendo vena.
DON ANTONIO.- Seguramente. ¿Y quién es ése que cantaba poco ha y daba aquellos gritos tan descompasados?
PIPÍ.- ¡Oh! Ese es don Serapio.
DON ANTONIO.- Pero ¿qué es? ¿Qué ocupación tiene?
PIPÍ.- Él es... Mire usted. A él le llaman don Serapio.
DON ANTONIO.- ¡Ah, sí! Ése es aquel bullebulle que hace gestos a las cómicas, y las tira dulces a la silla cuando pasan, y va todos los días a saber quién dio cuchillada; y desde que se levanta hasta que se acuesta no cesa de hablar de la temporada de verano, la chupa del sobresaliente y las partes de por medio.
PIPÍ.- Ese mismo. ¡Oh! Ése es de los apasionados finos. Aquí se viene por las mañanas a desayunar; y arma unas disputas con los peluqueros, que es un gusto oírle. Luego se va allá abajo, al barrio de Jesús; se juntan cuatro amigos, hablan de comedias, altercan, ríen,
fuman en los portales. Don Serapio los introduce aquí y acullá hasta que da la una, se despiden, y él se va a comer con el apuntador.
DON ANTONIO.- ¿Y ese don Serapio es amigo del autor de la comedia?
PIPÍ.- ¡Toma! Son uña y carne. Y él ha compuesto el casamiento de doña Mariquita, la hermana del poeta, con don Hermógenes.
DON ANTONIO.- ¿Qué me dices? ¿Don Hermógenes se casa?
PIPÍ.- ¡Vaya si se casa! Como que parece que la boda no se ha hecho ya porque el novio no tiene un cuarto ni el poeta tampoco; pero le ha dicho que con el dinero que le den por esta comedia, y lo que ganará en la impresión, les pondrá casa y pagará las deudas de don Hermógenes, que parece que son bastantes.
DON ANTONIO.- Sí serán. ¡Cáspita si serán! Pero, y si la comedia apesta, y por consecuencia ni se la pagan ni se vende, ¿qué harán entonces?
PIPÍ.- Entonces, ¿qué sé yo? Pero ¡qué! No, señor. Si dice don Serapio que comedia mejor no se ha visto en tablas.
DON ANTONIO.- ¡Ah! Pues si don Serapio lo dice, no hay que temer. Es dinero contante, sin remedio. Figúrate tú si don Serapio y el apuntador sabrán muy bien dónde les aprieta el zapato, y cuál comedia es buena y cuál deja de serlo.
PIPÍ.- Eso digo yo; pero a veces... Mire usted, no hay paciencia. Ayer, ¡qué!, les hubiera dado con una tranca. Vinieron ahí tres o cuatro a beber ponche, y empezaron a hablar, hablar de comedias. ¡Vaya! Yo no me puedo acordar de lo que decían. Para ellos no había nada bueno: ni autores, ni cómicos, ni vestidos, ni música, ni teatro. ¿Qué sé yo cuánto dijeron aquellos malditos? Y dale con el arte; el arte, la moral y... Deje usted, las... ¿Si me acordaré? Las... ¡Válgate Dios! ¿Cómo decían? Las... las reglas... ¿Qué son las reglas?
DON ANTONIO.- Hombre, difícil es explicártelo. Reglas son unas cosas que usan allá los extranjeros, principalmente los franceses.
PIPÍ.- Pues, ya decía yo: esto no es cosa de mi tierra.
DON ANTONIO.- Sí tal, aquí también se gastan, y algunos han escrito comedias con reglas; bien que no llegarán a media docena (por mucho que se estire la cuenta) las que se han compuesto.
PIPÍ.- Pues, ya se ve; mire usted, ¡reglas! No faltaba más. ¿A que no tiene reglas la comedia de hoy?
DON ANTONIO.- ¡Oh! Eso yo te lo fío; bien puedes apostar ciento contra uno a que no las tiene.
DON PEDRO.- Café. (DON PEDRO se sienta junto a una mesa distante de DON ANTONIO; PIPÍ le sirve el café.)
PIPÍ.- Al instante.
DON ANTONIO.- No me ha visto.
PIPÍ.- ¿Con leche?
DON PEDRO.- No. Basta.
PIPÍ.- ¿Quién es éste? (A DON ANTONIO, al retirarse.)
DON ANTONIO.- Este es don Pedro de Aguilar, hombre muy rico, generoso, honrado, de mucho talento; pero de un carácter tan ingenuo, tan serio y tan duro, que le hace intratable a cuantos no son sus amigos.
PIPÍ.- Le veo venir aquí algunas veces; pero nunca habla, siempre está de mal humor.
Escena III
DON SERAPIO.- ¡Pero, hombre, dejarnos así! (Bajando la escalera, salen por la puerta del foro.)
DON ELEUTERIO.- Si se lo he dicho a usted ya. La tonadilla que han puesto a mi función no vale nada, la van a silbar, y quiero concluir esta mía para que la canten mañana.
DON SERAPIO.- ¿Mañana? ¿Conque mañana se ha de cantar, y aún no están hechas ni letra ni música?
DON ELEUTERIO.- Y aun esta tarde pudieran cantarla, si usted me apura. ¿Qué dificultad? Ocho o diez versos de introducción, diciendo que callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas coplillas del mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la niña que está opilada, el cadete que se baldó en el portal; cuatro equivoquillos, etc., y luego se concluye con seguidillas de la tempestad, el canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se sabe cuál ha de ser: la que se pone en todas; se añade o se quita un par de gorgoritos, y estamos al cabo de la calle.
DON SERAPIO-¡El diantre es usted, hombre! Todo se lo halla hecho.
DON ELEUTERIO.- Voy, voy a ver si la concluyo; falta muy poco. Súbase usted. (DON ELEUTERIO se sienta junto a una mesa inmediata al foro; saca papel y tintero, y escribe.)
DON SERAPIO.- Voy allá; pero...
DON ELEUTERIO.- Sí, sí, váyase usted; y si quieren más licor, que lo suba el mozo.
DON SERAPIO.- Sí, siempre será bueno que lleven un par de frasquillos más. Pipí.
PIPÍ.- Señor.
DON SERAPIO.- Palabra. (Habla en secreto con PIPÍ y vuelve a irse por la puerta del foro; PIPÍ toma del aparador unos frasquillos y se va por la misma parte.)
DON ANTONIO.- ¿Cómo va, amigo don Pedro? (DON ANTONIO se sienta cerca de DON PEDRO.)
DON PEDRO.- ¡Oh, señor don Antonio! No había reparado en usted. Va bien.
DON ANTONIO.- ¿Usted a estas horas por aquí? Se me hace extraño.
DON PEDRO.- En efecto, lo es; pero he comido ahí cerca. A fin de mesa se armó una disputa entre dos literatos que apenas saben leer. Dijeron mil despropósitos, me fastidié y me vine.
DON ANTONIO.- Pues con ese genio tan raro que usted tiene, se ve precisado a vivir como un ermitaño en medio de la corte.
DON PEDRO.- No, por cierto. Yo soy el primero en los espectáculos, en los paseos, en las diversiones públicas; alterno los placeres con el estudio; tengo pocos, pero buenos
DON PEDRO.- ¿Y usted me pregunta por qué? ¿Hay más que ver la lista de las comedias nuevas que se representan cada año, para inferir los motivos que tendré de no ver la de esta tarde?
DON ELEUTERIO.- ¡Hola! Parece que hablan de mi función. (Escuchando la conversación.)
DON ANTONIO.- De suerte que, o es buena, o es mala. Si es buena, se admira y se aplaude; si, por el contrario, está llena de sandeces, se ríe uno, se pasa el rato, y tal vez...
DON PEDRO.- Tal vez me han dado impulsos de tirar al teatro el sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera podido. A mí me irrita lo que a usted le divierte. (Guarda DON ELEUTERIO papel y tintero, y se va acercando poco a poco, hasta ponerse en medio de los dos.) Yo no sé; usted tiene talento y la instrucción necesaria para no equivocarse en materias de literatura; pero usted es el protector nato de todas las ridiculeces. Al paso que conoce usted y elogia las bellezas de una obra de mérito, no se detiene en dar iguales aplausos a lo más disparatado y absurdo; y con una rociada de pullas, chufletas e ironías hace usted creer al mayor idiota que es un prodigio de habilidad. Ya se ve; usted dirá que se divierte, pero, amigo...
DON ANTONIO.- Sí, señor, que me divierto. Y, por otra parte, ¿no sería cosa cruel ir repartiendo por ahí desengaños amargos a ciertos hombres cuya felicidad estriba en su propia ignorancia? ¿Ni cómo es posible disuadirles?...
DON ELEUTERIO.- No, pues... Con permiso de ustedes. La función de esta tarde es muy bonita, seguramente; bien puede usted ir a verla, que yo le doy mi palabra de que le ha de gustar.
DON ANTONIO.- ¿Es éste el autor? (DON ANTONIO se levanta, y después de la pregunta que hace a PIPÍ, vuelve a hablar con DON ELEUTERIO.)
PIPÍ.- El mismo.
DON ANTONIO.- Y ¿de quién es? ¿Se sabe?
DON ELEUTERIO.- Señor, es de un sujeto bien nacido, muy aplicado, de buen ingenio, que empieza ahora la carrera cómica; bien que el pobrecillo no tiene protección.
DON PEDRO.- Si es ésta la primera pieza que da al teatro, aún no puede quejarse; si ella es buena, agradará necesariamente, y un Gobierno ilustrado como el nuestro, que sabe cuánto interesan a una nación los progresos de la literatura, no dejará sin premio a cualquiera hombre de talento que sobresalga en un género tan difícil.
DON ELEUTERIO.- Todo eso va bien; pero lo cierto es que el sujeto tendrá que contentarse con sus quince doblones que le darán los cómicos, si la comedia gusta, y muchas gracias.
DON ANTONIO.- ¿Quince? Pues yo creí que eran veinticinco.
DON ELEUTERIO.- No, señor; ahora, en tiempo de calor, no se da más. Si fuera por el invierno, entonces...
DON ANTONIO.- ¡Calle! ¿Conque en empezando a helar valen más las comedias? Lo mismo sucede con los besugos. (DON ANTONIO se pasea. DON ELEUTERIO unas veces le dirige la palabra y otras se acerca hacia DON PEDRO, que no le contesta ni le mira.)
DON ELEUTERIO.- Pues mire usted, aun con ser tan poco lo que dan, el autor se ajustaría de buena gana para hacer por el precio todas las funciones que necesitase la compañía; pero hay muchas envidias. Unos favorecen a éste, otros a aquél, y es menester una tecla para mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que... ¡Ya, ya! Y luego, como son tantos a escribir, y cada uno procura despachar su género, entran los empeños, las gratificaciones, las rebajas. Ahora mismo acaba de llegar un estudiante gallego con unas alforjas llenas de piezas manuscritas: comedias, follas, zarzuelas, dramas, melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada trae allí? Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido, y da cada obra a trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿quién ha de poder competir con un hombre que trabaja tan barato?
DON ANTONIO.- Es verdad, amigo. Ese estudiante gallego hará malísima obra a los autores de la corte.
DON ELEUTERIO.- Malísima. Ya ve usted cómo están los comestibles.
DON ANTONIO.- Cierto.
DON ELEUTERIO.- Lo que cuesta un mal vestido que uno se haga.
DON ANTONIO.- En efecto.
DON ELEUTERIO.- El cuarto.
DON ANTONIO.- ¡Oh! sí, el cuarto. Los caseros son crueles.
DON ELEUTERIO.- Y si hay familia...
DON ANTONIO.- No hay duda; si hay familia, es cosa terrible.
DON ELEUTERIO.- Vaya usted a competir con el otro tuno, que con seis cuartos de callos y medio pan tiene el gasto hecho.
DON ANTONIO.- ¿Y qué remedio? Ahí no hay más sino arrimar el hombro al trabajo, escribir buenas piezas, darlas muy baratas, que se representen, que aturdan al público, y ver si se puede dar con el gallego en tierra. Bien que la de esta tarde es excelente, y para mí tengo que...
las Pruebas más relevantes de nuestros invictos pechos.
¡Qué estilo tiene! ¡Cáspita! ¡Qué bien pone la pluma el pícaro!
Bien conozco que la falta del necesario alimento ha sido tal, que rendidos de la hambre a los esfuerzos hemos comido ratones, sapos y sucios insectos.
DON ELEUTERIO.- ¿Qué tal? ¿No le parece a usted bien? (Hablando a DON PEDRO.)
DON PEDRO.- ¡Eh! A mí, qué...
DON ELEUTERIO.- Me alegro que le guste a usted. Pero, no; donde hay un paso muy fuerte es al principio del segundo acto. Búsquele usted... ahí..., por ahí ha de estar. Cuando la dama se cae muerta de hambre.
DON ANTONIO.- ¿Muerta?
DON ELEUTERIO.- Sí, señor, muerta.
DON ANTONIO.- ¡Qué situación tan cómica! Y estas exclamaciones que hace aquí, ¿contra quién son?
DON ELEUTERIO.- Contra el visir, que la tuvo seis días sin comer porque ella no quería ser su concubina.
DON ANTONIO.- ¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El visir sería un bruto.
DON ELEUTERIO.- Sí, señor.
DON ANTONIO.- Hombre arrebatado, ¿eh?
DON ELEUTERIO.- Sí, señor.
DON ANTONIO.- Lascivo como un mico, feote de cara, ¿es verdad?
DON ELEUTERIO.- Cierto.
DON ANTONIO.- Alto, moreno, un poco bizco, grandes bigotes.
DON ELEUTERIO.- Sí, señor, sí. Lo mismo me le he figurado yo.
DON ANTONIO.- ¡Enorme animal! Pues no, la dama no se muerde la lengua. ¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted, don Pedro.
DON PEDRO.- No, por Dios; no lo lea usted.
DON ELEUTERIO.- Es que es uno de los pedazos más terribles de la comedia.
DON PEDRO.- Con todo eso.
DON ELEUTERIO.- Lleno de fuego.
DON PEDRO.- Ya.
DON ELEUTERIO.- Buena versificación.
DON PEDRO.- No importa.
DON ELEUTERIO.- Que alborotará en el teatro, si la dama lo esfuerza.
DON PEDRO.- Hombre, si he dicho ya que...
DON ANTONIO.- Pero, a lo menos, el final del acto segundo es menester oírle. (Lee DON ANTONIO, y al acabar da la comedia a DON ELEUTERIO.)
EMPERADOR Y en tanto que mis recelos... VISIR Y mientras mis esperanzas... SENESCAL Y hasta que mis enemigos... EMPERADOR Averiguo,... VISIR Logre,... SENESCAL Caigan,... EMPERADOR Rencores, dadme favor,... VISIR No me dejes, tolerancia,... SENESCAL Denuedo, asiste a mi brazo,... TODOS Para que admire la patria el más generoso ardid y la más tremenda hazaña.
DON PEDRO.- Vamos; no hay quien pueda sufrir tanto disparate. (Se levanta impaciente, en ademán de irse.)
DON ELEUTERIO.- ¿Disparates los llama usted?
DON PEDRO.- ¿Pues no? (DON ANTONIO observa a los dos y se ríe.)
DON ELEUTERIO.- ¡Vaya, que es también demasiado! ¡Disparates! ¡Pues no, no los llaman disparates los hombres inteligentes que han leído la comedia! Cierto que me ha
DON HERMÓGENES.- Buenas tardes, señores.
DON PEDRO.- A la orden de usted. (DON PEDRO se acerca a la mesa en que está el diario; lee para sí y a veces presta atención a lo que hablan los demás.)
DON ANTONIO.- Felicísimas, amigo don Hermógenes.
DON ELEUTERIO.- Digo, me parece que el señor don Hermógenes será juez muy abonado para decidir la cuestión que se trata; todo el mundo sabe su instrucción y lo que ha trabajado en los papeles periódicos, las traducciones que ha hecho del francés, sus actos literarios y sobre todo la escrupulosidad y el rigor con que censura las obras ajenas. Pues yo quiero que nos diga...
DON HERMÓGENES.- Usted me confunde con elogios que no merezco, señor don Eleuterio. Usted sólo es acreedor a toda alabanza por haber llegado a su edad juvenil al pináculo del saber. Su ingenio de usted, el más ameno de nuestros días, su profunda erudición, su delicado gusto en el arte rítmica, su...
DON ELEUTERIO.- Vaya, dejemos eso.
DON HERMÓGENES.- Su docilidad, su moderación...
DON ELEUTERIO.- Bien; pero aquí se trata solamente de saber si...
DON HERMÓGENES.- Estas prendas sí que merecen admiración y encomio.
DON ELEUTERIO.- Ya, eso sí; pero díganos usted lisa y llanamente si la comedia que hoy se representa es disparatada o no.
DON HERMÓGENES.- ¿Disparatada? ¿Y quién ha prorrumpido en un aserto tan...?
DON ELEUTERIO.- Eso no hace al caso. Díganos usted lo que le parece y nada más.
DON HERMÓGENES.- Sí diré; pero antes de todo conviene saber que el poema dramático admite dos géneros de fábula. Sunt autem fabulae, aliae simplices, afiae implexae. Es doctrina de Aristóteles. Pero le diré en griego para mayor claridad. Eisi de ton mython oi men aploi oi de peplegmenoi. Cai gar ai praxeis...
DON ELEUTERIO.- Hombre, pero si...
DON ANTONIO.- Yo reviento. (Siéntase, haciendo esfuerzos para contener la risa.)
DON HERMÓGENES.- Cai gar ai praxeis on mimeseis oi...
DON ELEUTERIO.- Pero...
DON HERMÓGENES.- ...mythoi eisin ipar ousin.
DON ELEUTERIO.- Pero si no es eso lo que a usted se le pregunta.
DON HERMÓGENES.- Ya estoy en la cuestión. Bien que, para la mejor inteligencia, convendría explicar lo que los críticos entienden por prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe, peripecia, agnición o anagnórisis, partes necesarias a toda buena comedia, y que, según Escalígero, Vossio, Dacier, Marmontel, Castelvetro y Daniel Heinsio....
DON ELEUTERIO.- Bien, todo eso es admirable, pero...
DON PEDRO.- Este hombre es loco.
DON HERMÓGENES.- Si consideramos el origen del teatro, hallaremos que los megareos, los sículos y los atenienses...
DON ELEUTERIO.- Don Hermógenes, por amor de Dios, si no...
DON HERMÓGENES.- Véanse los dramas griegos y hallaremos que Anaxipo, Anaxándrides, Eupolis, Antifanes, Filípides, Cratino, Crates, Epicrates, Menecrates y Ferecrates...
DON ELEUTERIO.- Si le he dicho a usted que...
DON HERMÓGENES.- Y los más celebérrimos dramaturgos de la edad pretérita, todos, todos convinieron nemine discrepante en que la prótasis debe preceder a la catástrofe necesariamente. Es así que la comedia del Cerco de Viena...
DON PEDRO.- Adiós, señores. (Se encamina hacia la puerta. DON ANTONIO se levanta y procura detenerle.)
DON ANTONIO.- ¿Se va usted, don Pedro?
DON PEDRO.- Pues ¿quién, si no usted, tendrá frescura para oír eso?
DON ANTONIO.- Pero si el amigo don Hermógenes nos va a probar con la autoridad de Hipócrates y Martín Lutero que la pieza consabida, lejos de ser un desatino...
DON HERMÓGENES.- Ese es mi intento: probar que es un acéfalo insipiente cualquiera que haya dicho que tal comedia contiene irregularidades absurdas, y yo aseguro que delante de mí ninguno se hubiera atrevido a propalar tal aserción.
DON HERMÓGENES.- ¿Yo pedantón? (Encarándose hacia la puerta por donde se fue DON PEDRO. DON ELEUTERIO se pasea inquieto.) ¡Yo, que he compuesto siete prolusiones grecolatinas sobre los puntos más delicados del derecho!
DON ELEUTERIO.- ¡Lo que él entenderá de comedias cuando dice que la conclusión del segundo acto es mala!
DON HERMÓGENES.- Él será el pedantón.
DON ELEUTERIO.- ¿Hablar así de una pieza que ha de durar lo menos quince días? Y si empieza a llover...
DON HERMÓGENES.- Yo estoy graduado en leyes, y soy opositor a cátedras, y soy académico, y no he querido ser dómine de Pioz.
DON ANTONIO.- Nadie pone en duda el mérito de usted, señor don Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó, y no es cosa de acalorarse.
DON ELEUTERIO.- Pues la comedia ha de gustar, mal que le pese.
DON ANTONIO.- Sí, señor, gustará. Voy a ver si le alcanzo, y velis nolis, he de hacer que la vea para castigarle.
DON ELEUTERIO.- Buen pensamiento; sí, vaya usted.
DON ANTONIO.- En mi vida he visto locos más locos.
Escena VI
DON ELEUTERIO.- ¡Llamar detestable a la comedia! ¡Vaya, que estos hombres gastan un lenguaje que da gozo oírle!
DON HERMÓGENES.- Aquila non capit muscas, don Eleuterio. Quiero decir que no haga usted caso. A la sombra del mérito crece la envidia. A mí me sucede lo mismo. Ya ve usted si yo sé algo...
DON ELEUTERIO.-¡Oh!
DON HERMÓGENES.- Digo, me parece que (sin vanidad) pocos habrá que...
DON ELEUTERIO.- Ninguno. Vamos; tan completo como usted, ninguno.
DON HERMÓGENES.- Que reúnan el ingenio a la erudición, la aplicación al gusto, del modo que yo (sin alabarme) he llegado a reunirlos. ¿Eh?
DON ELEUTERIO.- Vaya, de eso no hay que hablar: es más claro que el sol que nos alumbra.
DON HERMÓGENES.- Pues bien; a pesar de eso, hay quien me llama pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo. Ayer, sin ir más lejos, me lo dijeron en la Puerta del Sol, delante de cuarenta o cincuenta personas.
DON ELEUTERIO.- ¡Picardía! Y usted ¿qué hizo?
DON HERMÓGENES.- Lo que debe hacer un gran filósofo; callé, tomé un polvo y me fui a oír una misa a la Soledad.
DON ELEUTERIO.- Envidia todo, envidia. ¿Vamos arriba?
DON HERMÓGENES.- Esto lo digo para que usted se anime, y le aseguro que los aplausos que... Pero dígame usted: ¿ni siquiera una onza de oro le han querido adelantar a usted a cuenta de los quince doblones de la comedia?
DON ELEUTERIO.- Nada, ni un ochavo. Ya sabe usted las dificultades que ha habido para que esa gente la reciba. Por último, hemos quedado en que no han de darme nada hasta ver si la pieza gusta o no.
DON HERMÓGENES.- ¡Oh!, ¡corvas almas! Y precisamente en la ocasión más crítica para mí. Bien dice Tito Livio que cuando...
DON ELEUTERIO.- Pues ¿qué hay de nuevo?
DON HERMÓGENES.- Ese bruto de mi casero... El hombre más ignorante que conozco. Por año y medio que le debo de alquileres me pierde el respeto, me amenaza...
DON ELEUTERIO.- No hay que afligirse. Mañana o esotro es regular que me den el dinero; pagaremos a ese bribón, y si tiene usted algún pico en la hostería, también se...
DON HERMÓGENES.- Sí, aún hay un piquillo; cosa corta.