






















































Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Asignatura: Psicologia Evolutiva II, Profesor: , Carrera: Psicologia, Universidad: UAB
Tipo: Apuntes
1 / 62
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!























































mismo se sitúa relativamente temprano en el curso de la maduración. Así, la regla aparece casi siempre después del pico, cuando la velocidad de crecimiento en estatura se está atenuando sensiblemente de suerte que, en general, las muchachas no continuaran creciendo mucho mas. En los muchachos, al contrario, el inicio de la aceleración se produce frecuentemente cuando el desarrollo de los órganos genitales externos y de la pilosidad pubiana ya han comenzado y el pico, cuando están llegando a su término.
Otra diferencia de sexos concierne al intervalo de duración del “estirón” (meses que transcurren entre el comienzo y el final). Es mayor, por término medio igualmente, en los varones y también es mayor la velocidad de crecimiento durante el mismo. En definitiva, los chicos crecen más y más rápidamente que las chicas durante la adolescencia lo cual influye en la diferencia de talla global entre hombres y mujeres.
El segundo fenómeno crucial de la adolescencia a considerar es la menarquia. Este termino designa la aparición de las primeras reglas que son un indicador de la maduración del aparato reproductor femenino.
La menarquia es el acontecimiento que anuncia a la muchacha su paso al estatus biológico (no forzosamente social) de mujer. Su significación va mas allá de las reacciones de la chica y de las personas de su entorno dado que el fenómeno de la menstruaciones integra en un marco de representaciones sociales y creencias que perduran a lo largo del tiempo. Este impacto de las representaciones sociales ha sido estudiado en Barcelona por Julia Behar (1988). Una encuesta en el centro- sur de Italia efectuada por M. Amman-Gainotti (1986) ha hecho patente la persistencia de creencias sumamente antiguas -ya consignadas por Pitagoras, Aristóteles y Galeno en sus escritos- sobre lo nocivo e impuro de la sangre menstrual. Estas mismas ideas y representaciones apenas han variado en las zonas rurales de Europa.
La menarquia es el signo de la activación cíclica de los ovarios. Durante los primeros meses los ciclos son irregulares y a menudo no hay ovulación; por tanto no habrá fecundación. Por termino medio, las reglas aparecen hacia los 13 años si bien las diferencias entre sujetos normales pueden ser de hasta 6 años. Estas variaciones se atribuyen, en parte, a fenómenos hereditarios (hay una correlación significativa entre la edad de la menarquia de la madre y la de la hija). También inciden factores ambientales: condiciones de vida, higiene, alimentación, salud en general.
Los mismos factores han sido invocados para explicar el fenómeno de “aceleración secular” que se registra en los piases occidentales: las primera reglas (y con ellas el desarrollo pubertario) se dan hoy mas precozmente que hace un siglo. Se calcula que, por término medio, la edad de la menarquia ha venido recortándose en 3-4 meses cada década. Sin embargo esta tendencia se ha aminorado sensiblemente en años recientes. Igualmente se advierte un aumento de estatura en las generaciones más jóvenes.
La fecha de la primera aparición de las reglas se registra con mucha fidelidad y, por tanto, las estadísticas son fiables. Se trata, en efecto, de un acontecimiento que no puede pasar desapercibido para la chica y que es de inmediato conocido por su entorno familiar. las reacciones de los sujetos son muy variadas. Con frecuencia negativas si la menarquia es precoz pero el contexto siempre tiene algo que ver en ello. Se ha comprobado que si la niña ha sido bien informada (naturaleza del fenómeno, reglas de higiene) de preferencia por la madre u otra mujer, los dolores son menos intensos y se prolongan menos tiempo.
Una serie entrevistas a chicas francesas da una idea bastante completa del abanico de reacciones posibles. Se les pidió que hablasen sobre los cambios corporales de su adolescencia. La menarquia fue el evento que evocaron espontáneamente con más frecuencia y el que consideraban el más importante. Interrogadas en concreto sobre la experiencia de sus primeras reglas las chicas, he aquí algunas de las reacciones que recordaron. Desagradables: “Una tiene dolores; no es nada agradable”, “Materialmente es más bien fastidioso”, “Para el deporte es un inconveniente”, “Una esta más nerviosa, más agresiva”. Ambivalentes: “Las tuve el ida de mi cumpleaños; en el primer momento me sorprendió, luego me sentía muy contenta”, “Por un lado me molestaba, por el otro estaba muy orgullosa; pienso que debe ser así para todo el mundo”. Significación personal y social: “Una se dice: empiezo a ser una señorita; es como si comenzase a convertirme en mujer”, “Una se siente mas preparada para ciertas cosas”, “A partir de ahí, una puede tener hijos”, “Con los chicos es diferente: una tiene más ganas de gustarles”, “Las esperaba con impaciencia porque justamente quería que se me escuchase, que se me considerase como una señorita”. Reflexión sobre sí misma: “El cuerpo cambio ya pero, en mi cabeza, a veces aún me siento pequeña”, “No me atrevía a decírselo a mi madre; no sé por qué. Quizás quería guardarlo para mi”. Un recuerdo feliz: “Me acuerdo que mi padre destapo ese ida una botella de
socialización para la sexualidad intensa, hay una actividad sexual a nivel de la niñez. Lo que la maduración del aparato reproductor y los cambios que lo acompañan traen consigo es un rebrote de la sexualidad o, más bien, una nueva posibilidad de expresión: la que Freud llamo genital.
Antes de entrar, sin embargo, en el tema de la sexualidad adolescente hay que precisar por poco que sea que extensión damos al concepto de sexualidad cuando se aplica al adolescente (y, en general, a los humanos). Esta será la primera cuestión a comentar. Un corolario que extraeremos es que hay muchas sexualidades adolescentes o bien que hay muchos adolescentes cada uno con una peculiar expresión de su sexualidad. La segunda idea a desarrollar ya la hemos anticipado hace un momento: la sexualidad adolescente se sitúa en la perspectiva de su historia sexual personal la cual comprende no solo conductas materiales sino también el “orden simbólico” (regulaciones sociales) en que se han venido inscribiendo. La tercera idea que elaboraremos es que la sexualidad adolescente se sitúa en la conjunción de dos mundos: el interno de sus motivaciones biológicas y el mundo relacional interpersonal. En otras palabras, que la sexualidad es una actuación que, además de “expresión interna”, personal, se realiza en un “escenario” y se ajusta a ciertos guiones.
La noción de actividad sexual o conducta sexual es muy extensa y, por lo mismo, vaga. Hay una enorme gama de conductas que pueden entrar dentro de esta rúbrica. La que podríamos calificar de central es el coito pero, aunque éste se da entre adolescentes, por lo general, tratándose de ellos, tenemos in mente otras manifestaciones como tocamientos, miradas, besos, etc. Y aún dentro de estas conductas hay muchas diferencias: el beso en la mejilla no es lo mismo que en la boca, coger de la mano no es lo mismo que acariciar las partes mas íntimas, etc. ¿Qué es lo que determina que esas acciones, típicas de la adolescencia, entren dentro de la rubrica de sexualidad? Es el grado de “excitación” fisiológica que producen en sus actores o es la mirada censurante -tremendamente sexualizada- de nuestra cultura? Hay otras manifestaciones de la sexualidad que son individuales: la masturbación es una de ellas. Otros incluirían aquí las fantasías sexuales. Pero también están las diversas formas de “voyeurismo” (revistas pornográficas, por ejemplo). Hace años los moralistas consideraban el baile como una conducta descaradamente sexual. Etcétera. Todas ellas y otras más se dan en los adolescentes. ¿Se puede establecer una lista exhaustiva de conductas sexuales y una gradación entre la mismas? Evidentemente no (aunque grosso modo algunas conductas se consideran “mas sexuales” que otras). Lo que con todo esto queremos subrayar es que el adulto cuando atribuye la cualidad de sexual a conductas de los adolescentes está haciendo una evaluación típicamente cultural y, además, toma como referencia (vaga) al adulto de su mismo sexo.
Muchas veces esta proyectando su propia experiencia cuando no sus fantasmas.
Una de las consecuencias de este razonamiento es que tratar de la sexualidad adolescente, en términos generales, no permite ir mas allá de un marco de comprensión de una serie de conductas, muy diversas, que son signos de sexualidad pero cuyo significado profundo puede variar de una persona a otra, comenzando por el propio protagonista o protagonistas de la acción. Como dicen, Miller y Simon (1980): “Gran parte de la teoría e investigación sobre la sexualidad tiene la presunción de que actos comparables tienen un significado comparable. Pero es más probable que el mismo acto no solo signifique cosas diferentes a diferentes individuos sino también cosas diferentes a un mismo individuo”. No es posible, por lo tanto, tratar de la sexualidad adolescente como una categoría universal, es decir, algo que afecta a todos los adolescentes de la misma manera. Por de pronto, no parece ser igual en los chicos que en las chicas... Menos que en el desarrollo intelectual, existe aquí un “sujeto epistémico”, o sea, un prototipo de adolescente que representa el desarrollo sexual en esta fase de la vida 1.
La aparición de la pubertad, o sea, de la capacidad coital- reproductora plena es lo que parece ser justifica que se asocien pubertad y sexualidad tan íntimamente. De hecho en muchos tratados de psicología del desarrollo (salvo los de clara afiliación psicoanalítica) apenas se abordaba el tema de la sexualidad en fases de infancia o niñez. Sin embargo, la sexualidad tiene sus expresiones, no generalizadas aunque si con tonalidades de placer, antes de la adolescencia. Nuestra perspectiva sistémica del desarrollo nos certifica dos cosas: una predisposición orgánica hacia la sexualidad (dadas sus funciones) y una ontogénesis de la sexualidad individual. En esta perspectiva evolutiva hay que situar la sexualidad adolescente. No debe considerarse en discontinuidad con las fases anteriores y la genitalidad es su culminación enriquecedora. Para Erikson la sexualidad adolescente es una etapa más en el desarrollo de capacidades de relación interpersonal tales como la de intimidad y la de mutua confianza. La sexualidad ha de integrarse armónicamente en el dominio de relaciones sociales, en el de la afirmación de la identidad, en el del conocimiento de si. Quizás esa labor integradora sea la esencial en la adolescencia; quizás el papel de la sexualidad es aquí nuclear. Pero, independientemente de ello, la
(^1) Los dos párrafos anteriores son una invitación a la reflexión, por parte de los educadores de adolescentes, sobre su propias reacciones antes las manifestaciones de sexualidad de estos. El educador es, entre otras cosas, un observador: se halla (por edad y función) fuera del grupo de adolescentes. Pero debe comenzar por ser observador de si mismo: cuales son sus criterios, como los aplica, como interviene
en dos niveles: uno el personal, intimo, de donde brota el impulso natural; el segundo es el social-interpersonal con todos sus requerimientos culturalmente impuestos. Es una polaridad que remite a la ya conocida alternativa de naturaleza versus cultura. Sin embargo, el desarrollo propone aquí una visión integradora. Miller y Simon afirman que esta es precisamente la gran empresa adolescente -integrar ambos planos- y que ello es la condición de minimizar la tensión psíquica. Nos detendremos en analizar el segundo -teniendo como referencia constante al primero- porque entre otras cosas, así nos percataremos del peso considerable que tiene lo social en algo tan aparentemente intimo y personal como es la sexualidad.
La actividad sexual adolescente ha de ser analizada, ante todo, dentro del marco socio-cultural y dentro de las circunstancias históricas concretas. Es de sobra conocido que la relaciones intimas entre adolescentes (incluso coitales) son hoy mucho mas frecuentes que hace anos, Esto es sobre todo cierto para las chicas. Todas las investigaciones coinciden en este dato, La sociedad occidental de hoy es mas permisiva, existen medios de contracepción al alcance de todos y la posibilidad de encontrar lugares donde hacer el amor discretamente es grande. Nuestro marco socio-cultural, a través de los medios de comunicación, ha contribuido a instruir a los niños y adolescentes en lo que respecta al sexo. Mas aun, puede decirse que los niños y adolescentes abren los ojos a un mundo obsesionado por el sexo y por la exaltación de lo juvenil (potencia sexual).
El entorno socio-cultural es el que provee de lo que podríamos llamar rituales de cortejo: multiplicidad de guiones para el contacto entre sexos: que se hace para “ligar”, que se hace cuando se sale con una chica/un chico, como se procede en una discoteca para encontrar compania, que pasos se dan (un chico/una chica, respectivamente) antes de llegar al acto sexual pleno, quien toma la iniciativa y que estrategia debe seguir el otro “partenaire” ante los avances de que es objeto, etc. etc. Dentro de los guiones, se intercalan gestos, palabras, movimientos: una colección de senales de “interés amoroso” que hay que saber manejar. Es obvio, una vez mas, que estos guiones y sus ingredientes, bien aprendidos por los jóvenes, son los de nuestra cultura de final de siglo en Cataluña; probablemente también son los mismos en Europa occidental pero seguramente no en Argelia amenazada por el integrismo o en los Balcanes destrozados por la guerra. Entran también dentro de la esfera sociocultural todos los elementos de atracción erótica (tanto en varones como en mujeres) que inducen al contacto entre sexos y que constituyen parte esencial del “juego de la seducción”. Son estos guiones de actuación los que organizan la expresión de la sexualidad adolescente.
Un segundo aspecto ligado al contexto socio-cultural es la evolución de la sexualidad en las chicas adolescentes. No se trata únicamente de que su actividad sexual (incluso coital) es mas frecuente que hace unos pocos anos sino que el papel entre pasivo y receptivo que se les atribuye esta cambiando si bien no con la celeridad que algunos apuntan. Las investigaciones subrayan que va aminorándose la diferencia en los roles y actitudes de los chicos y chicas en lo que respecta a su sexualidad. La seguridad de los métodos contraceptivos y las reivindicaciones feministas -dos fenómenos sociales trascendentales de esta segunda mitad de siglo- tienen mucho que ver con ello.
Un tercer aspecto que interviene en la expresión de la sexualidad de los adolescentes son las expectativas asociadas a sus roles respectivos, masculino o femenino. No debe olvidarse que una parte esencial de la conducta propia de cada genero es la sexual. Las normas que rigen como debe comportarse un hombre ante una mujer objeto de cortejo, o viceversa, son un cauce, a la vez fluido y rígido, de la expresión sexual. Incluso de la mas intima. Por otra parte, las normas sociales son ambiguas cuando no contradictorias: sigue existiendo tolerancia y permisividad para los varones (cuando no se celebra “lo deprisa que van”...) y sigue existiendo el estigma de la “chica fácil”. Para Miller y Simon (art. cit.) los roles de varón/mujer con sus expectativas de comportarse son el factor mas influyente a la hora de configurar la conducta social adolescente. No solamente, dicen, son modelos de como hacer sino que son una especie de “mandamientos”.
Esta idea nos hace de umbral para un cuarto aspecto que interviene en la configuración de la sexualidad adolescente: el orden moral. No es necesario recordar “tiempos pasados” para poderar el papel de la moral cristiana y sus sanciones en la expresión sexual de los que hoy son adultos en nuestro país. La reticencia de muchos padres a conversar sobre temas de sexualidad con sus hijos/hijas tiene aquí una de sus raíces; comentarios y chistes abiertamente procaces son, en cambio, socialmente bien aceptados. La mirada culpabilizante de muchas madres ha creado situaciones psíquicamente angustiosas en hijos e hijas. La iniciación sexual de los adolescentes -los de antaño y también quizás lo de ahora- se lleva a cabo muchas veces con una gran disonancia entre lo que entienden que es normal y lo que han interiorizado como “repugnante” o “indigno” porque las posiciones morales resultan de una intensa socializacion en los valores: constituyen un sedimento que la pensamiento lógico no puede barrer de un plumazo. Lo formación ideal de la sexualidad adolescente busca una gran congruencia entre la naturalidad de la expresión sexual y los principios éticos que orientan las relaciones interpersonales.
tenido esa experiencia, encontrar una nueva faceta de la identidad personal, exploración del propio cuerpo y sus sensibilidades, expresión de rechazo de una educación moral rígida. Etcétera. En otras palabras, lo que las investigaciones apenas empiezan a explorar (y hay que aducir en descargo de los que las llevan a cabo que se mueven en un terreno muy difícil y delicado) es la significación que los protagonistas adolescentes dan a las diversas expresiones de su sexualidad. De todas maneras, en algunas se pregunta a los sujetos si “se implicaron afectivamente” en sus primeras relaciones sexuales, si fueron gratificantes, si hablaron acerca de ellas a alguien y a quien, etc. A los que no las tuvieron aun, se les piden razones.
Las investigaciones que examinan el impacto de la educación sobre la sexualidad en ejercicio por parte de los adolescentes se interesan también por las fuentes de instrucción, por la dudas que tiene sobre la sexualidad, por sus ideas y métodos contraceptivos, por la manera como influye en su tiempo de ocio o su dedicación al trabajo escolar.
Un ejemplo de las mismas es la recién mencionada de Dorado y Ros, publicada en Psicología. Text I Context (Revista del Col.legi de Psicolegs de Catalunya, nun. 12, maig 1995). que invitamos a consultar. Sus conclusiones son que los adolescentes (entre 14 y 22 anos, edad media 17,5) de L’Hospitalet de Llobregat a los que corresponde la muestra tiene dudas sobre la sexualidad. Gran parte de ellos no utiliza métodos anticonceptivos. No son los centros de planificación los que allí responden a sus necesidades, en razón de la imagen que de los mismos tienen los chicos y chicas encuestados. Estos adolescentes no son tan promiscuos como a veces se dice (y las autoras avanzan la idea de que imputar promiscuidad a los adolescentes puede impulsarles a “cumplir la profecía”...).
En general, las investigaciones sobre la sexualidad de los adolescentes nos confirman una vez mas que esta es una fase de la vida en la que están buscando la significación de sus acciones -y a través de ellas, el significado global de su vida- y que la sexualidad, con sus tumbos y su confusión, es sin duda alguna un terreno de batalla trascendental.
Bibliografía
Amann-Gainotti, M. Sexual socialization during early adolescence. Adolescence , 1986, XXI (83), 703-710.
Behar, J. Social representation of puberty in the menarche period. Comm. Symp on Current Research on Adolescent Psychology in Europe. Paris, Lab. Psychologie Differentielle et Universite Rene Descartes. 1988.
Dorado, P. y Ros, A. Adolescencia I comportament sexual. Psicologia. Text I Context. 1995, num. 12, 25-28.
Miller,,P.Y y Simon, W. The development of sexuality in adolescence. In J. Adelson (Ed.) Handbook of Adolescence. (NewYork: Wiley. 1980)
Rodriguez-Tome, H. Maturation biologique et psychologique de l’adolescence: representation du corps et relations parents- adolescents. L’Orientation scolaire et professionnelle. 1989, 18 , 281-297.
durante más de medio siglo desde Stanley Hall (1901) hasta Anna Freud (1958) para referirse al psiquismo adolescente.
Y en el centro de todo el sexo. Una parte muy importante de las familias europeas de principios de siglo seguía un modelo patriarcal, por el que los padres poseían el monopolio del sexo y el púber debía elegir entre el ensimismamiento onanista y la búsqueda de experiencias fuera de la familia. Así, para el psicoanálisis, la fase genital posterior al plácido período de latencia supone al mismo tiempo el despertar de la sexualidad y algún tipo de enfrentamiento y ruptura (pero al mismo tiempo de identificación) con el padre que no puede ser derrotado en su feudo. Una interpretación de la postura del hijo podría ser del estilo: “para obtener lo que posee mi padre debo ser como él, pero ello sólo es posible si dejo de ser hijo, si me rebelo contra su autoridad, por lo que sólo podré triunfar en el destierro”. El padre puede cometer errores graves, como “dejarse ganar” (con lo que dejará a su hijo sin modelo) o “castrarlo” psicológicamente (con lo que anula las posibilidades de que su hijo se convierta en adulto). El buen padre habría de mantener su autoridad e indicar de alguna manera el camino correcto como, por ejemplo, exaltar las conductas de su hijo que demuestren virilidad dentro de cierto orden o, (ahora nos puede parecer grotesco, pero no era tan extraño hace varias décadas) llevar a su hijo “de putas”.
Pero la capacidad explicativa de este modelo de relación familiar presenta dos importantes problemas. El primero consiste en que, aunque parece encajar bastante bien con la familia patriarcal, es dudosa su aplicación directa a otros tipos de familia o a la deriva que aquélla ha tenido en las últimas décadas. El segundo problema estriba en que obliga a postular un proceso completamente diferente para las chicas, o bien a construir aparatosas elucubraciones para que encajen en el modelo general.
Llegadas las décadas de los sesenta y los setenta, cobró nueva importancia en el mundo occidental dar una explicación de la conducta de adolescentes y jóvenes. Por un lado, la extensión de la enseñanza secundaria contribuyó a fijar esta edad como objeto de estudio. Por otro, la eclosión de movimientos culturales juveniles que incluían nuevas formas de expresión (como determinada música), nuevas formas de crítica social (como los movimientos estudiantiles y pacifistas), y nuevas formas de convivencia (como la nueva redefinición del papel del sexo en las relaciones interpersonales) provocaron que se centrase la atención en la noción de “ruptura generacional”. Los más célebres intentos de explicar estos fenómenos (es decir, la asunción, por parte de algunos o de muchos jóvenes, de valores y formas de conducta en abierto contraste con las de los adultos), correspondieron a algunas derivaciones del psicoanálisis, como el culturalismo de Erickson, que relegó el sexo a un lugar secundario, y situó el concepto de crisis más nítidamente como
proceso de transición en el que las relaciones familiares debían redefinirse para permitir la expresión de identidad del adolescente. O como las recuperadas teorías de Reich, que se pusieron muy de moda en los movimientos juveniles de izquierda, que relacionaban de manera radical la eclosión del sexo y la rebelión contra el mundo adulto, entendiendo éste como la familia patriarcal y la sociedad con la que ésta se identificaba. En todos los casos, nuevamente predominó la búsqueda de un modelo general de la adolescencia y de su impacto en las relaciones generacionales y familiares.
A finales de los setenta y principios de los ochenta varias investigaciones (Coleman, 1980; Ellis, 1986) vinieron a mostrar que el modelo basado en la tensión y conflicto de valores entre generaciones no parecía explicar lo que ocurría en la mayoría de las familias norteamericanas y europeas, que mostraban altas dosis de satisfacción en la relación entre los padres y sus hijos e hijas adolescentes. El dramatismo que en otros tiempos se atribuyó al proceso de emancipación sólo se daba ahora de manera intensa y con fuertes dosis de ansiedad en un sector minoritario de la población. Se señalaba que, curiosamente, era más alto el porcentaje de adultos que tienden a percibir las diferencias entre los jóvenes y ellos, a emitir juicios negativos y a rechazar a los jóvenes, que el de jóvenes que opinaban en sentido inverso. Es más, las opiniones negativas de unos y otros eran más frecuentes sobre "los jóvenes" en general o sobre "los adultos" en general que sobre "mis hijos adolescentes" o "mis padres", acerca de quienes se daban actitudes mayoritariamente positivas. Para Coleman, la noción de ruptura afectiva entre dos generaciones no poseía un fundamento sólido. Es más, superada la adolescencia, los valores de la mayoría de los sujetos estudiados no diferían substancialmente de los de sus padres. Ellis postulaba incluso que el conflicto suponía algún tipo de disfunción latente. Ciertamente, estas “nuevas ideas” fueron muy bien acogidas en los años en que se barruntaban nociones como la del “fin de la historia”, cuando hablar de conflicto era políticamente poco correcto o sencillamente se asimilaba a patología.
Durante los noventa se ha vuelto a recuperar la noción de conflicto (evitando hablar de ruptura ), y a darle una dimensión evolutiva. Tras reducir a un 10% las familias del mundo occidental que experimentan serios problemas de relaicón entre los hijos adolescentes y sus progenitores, autores como Collins (1990) o Holmbeck (.....) consideran que en la mayoría de las familias, la llegada a la adolescencia de uno de sus miembros supone un incremento del los conflictos, y que éstos tienen un papel adaptativo, tanto para el desarrollo del adolescente, como para el funcionamiento de toda la familia. Y se señala que la tolerancia de la discrepancia en el seno de una familia (la posibilidad de expresar abiertamente los desacuerdos) es predictora de una buena adaptación psicosocial. Dos serían los mecanismos evolutivos del conflicto. Uno intrapsíquico, por el que el
deberíamos ser capaces de explicar por qué la llegada de los hijos a la adolescencia provoca situaciones de fuerte conflicto e incluso de ruptura en algunas familias, mientras que en otras parece darse una suave transición en las formas de relación. O por qué hay muy diferentes maneras de afrontar los conflictos, con diversidad de resultados para el desarrollo del adolescente y para el equilibrio familiar. Para ello, nos será útil entender la adolescencia como una perturbación del sistema familiar. De este modo, una vez introducido el estudio del contexto histórico cultural, abordaremos, desde un enfoque sistémico, la multiplicidad de procesos de cambio que se dan en el interior las familias.
El desarrollo no es canalizado tan sólo por cambios de raíz biológica tales como la maduración del sistema nervioso, el crecimiento o el envejecimiento (Baltes y Nelsroade, 1994). Existe otro nivel de determinación en el que han de situarse los avatares históricos que suponen para toda una generación la serie de vivencias, creencias, modos de vida, valores y expectativas. El medio cultural y social no es una variable secundaria que viene simplemente a modificar (facilitar, dificultar, acelerar, ralentizar...) el desarrollo. Desde la perspectiva de lo que ha venido en llamarse Psicología Cultural (Bruner, 1991; Cole, 1997; Schweder, 1986; Rogoff, 1991) el desarrollo no es una función independiente del contexto. El desarrollo humano, canalizado por procesos de mediación interpersonal, es fundamentalmente un proceso mediante el que nos hacemos miembros de nuestra cultura. Y en tanto que principal instancia de socialización, la familia aparece como un importante mediador sociocultural, cuyas prácticas contribuyen decisivamente en la definición de la trayectoria evolutiva de sus miembros.
Familia y medio sociocultural están íntimamente relacionados. Si en un sentido los modos de producción y los hábitat han “diseñado” las formas de agrupación familiar y sus formas de relación (ver cap. 1), en el otro sentido, el tipo de relaciones que se construyen en la familia contribuyen a su vez al sostenimiento de la estructura social. Y en la medida que los cambios sociales “calan” en la familia, transformándola, ésta contribuye a la consolidación de tales cambios. Resulta un significativo ejemplo cómo las profundas transformaciones sufridas por el rol de las mujeres durante la última mitad de siglo en nuestra sociedad han repercutido en las formas de relación familiar. Pero, al mismo tiempo, en tanto que éstas relaciones se han transformado, aquél nuevo rol social ha llegado a extenderse y consolidarse. De este modo, la familia no sólo transmite a sus miembros la cultura, sino que también opera en el cambio cultural cuando implica a los hijos en formas de relación e interpretaciones del
mundo que son fruto de los cambios que han asumido los padres a lo largo de su propio ciclo vital.
Todas las culturas tienen en común la expectativa de que las familias muestren cierta eficacia en crear ciudadanos competentes, es decir, que integren con éxito a sus hijos en su contexto sociocultural de relaciones. La familia juega un papel esencial en el nicho evolutivo (Super y Harness, 1986, Gauvain, 1995) donde se configura el desarrollo de los hijos. El nicho evolutivo se define por el entorno físico y social del desarrollo, las prácticas educativas y de crianza determinadas por la cultura y por las creencias (determinadas también culturalmente) que los padres tienen acerca del desarrollo y de la educación. Se trata a los hijos de acuerdo a reglas culturales que definen qué es un hombre o una mujer, y cuáles son los caminos adecuados para llegar a ello. Lo que aquí pretendemos resaltar es que las características del nicho evolutivo (definido sociohistóricamente) no sólo contribuyen a definir el estatus de un niño o de un adolescente sino que incluso la misma existencia de una etapa como la que entendemos por adolescencia, depende de que en un determinado nicho evolutivo existan metas que precisen de esa etapa, prácticas educativas diferenciadas para esa etapa y la creencia de los padres en una edad cualitativamente diferente a la infancia y la edad adulta.
2.1 La transformación de la familia patriarcal
Sería un error pretender una relación causal directa y nítida entre cambio social y cambio en las relaciones familiares y pautas de crianza, ya que las transformaciones socioculturales no se reflejan automáticamente en la estructura y funcionamiento de las familias. Ello hace las relaciones entre éstas y su medio especialmente complejas. ¿Qué cultura transmite una determinada familia, la correspondiente a la estructura social actual, o la que refleja el momento de su formación? En un medio cultural cambiante, las contradicciones entre estructura social y familia pueden ser abundantes y situar a los agentes de socialización en una posición desfasada respecto al medio.
Aunque no hay una “línea evolutiva” que lleve necesaria e ineludiblemente de la familia extensa la nuclear, es cierto que a lo largo del siglo XX se ha ido reduciendo la presencia de aquélla en nuestro entorno y generalizando esta última a consecuencia de los procesos de urbanización e industrialización. Las familias troncales y extensas fueron el marco típico de la ideología patriarcal, sustentada en la autoridad del padre y en valores que tienden a realzar la lealtad familiar frente a la libertad individual, con agrupaciones dotadas de una rígida organización en función del género, la edad y el linaje, con