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Asignatura: Semiótica de la Comunicación de Masas, Profesor: hector fouce, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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Ronald Barthes Bichín entre los negros La aventura de Bichín, está “cocinada” para resultar el perfecto ejemplo de una sociedad valiente y decidida a expandir sus propias bondades “burguesas”, instituida, por sí misma, como adalid del progreso y de la vanguardia, y lo transmite a través de un reportaje periodístico en la revista París Match sobre una familia francesa, en cuyas filas se halla el último héroe de su tiempo. Un bebé. En primer lugar, aconsejable sería repasar la línea editorial de la publicación. Se trata de una revista francesa, que tras unos antecedentes deportivos, se convirtió posteriormente en un semanario que buscaba dar a conocer acontecimientos sociales, destacando a los hombres que los protagonizan, y llenando sus páginas de fotografías (su lema es: <<Le poids des mots, le choc des photos>>; <<El peso de las palabras, el impacto de las fotos>>). Quizá entre estos dos matices, se pueda encontrar la explicación a su identidad; el mito en el que se sustenta el deporte en tanto esfuerzo físico y una marcada intención de contar las supuestas “hazañas” de ciudadanos, con profusión de imágenes, para que sus congéneres tengan una comprensión más meridiana del orgullo de su especie. A riesgo de parecer una revista del corazón. Porque, ¿qué diferencia eso, de exagerar la vida de ciertas personalidades, que inexplicablemente, a muchos se les antojan modelos de conducta, utilizando las fotografías como reflejo de una existencia inalcanzable para la gran masa de lectores? Nada. Y para entender la historia de Bichín, es necesario remitirnos precisamente a ello, al público determinado que accedía a ese tipo de reportajes. La pequeña burguesía francesa, miembros de clases económicas medias bajas, que si bien carecían de una cultura o preparación demasiado extensa, podían permitirse comprar determinada prensa, y entretenerse con el consumo de relatos que de algún modo, les instaba a imitar, alabar, incluso a envidiar. El sentido del reportaje que nos ocupa está claro, la valentía de unos padres blancos (y burgueses) que viajan con su hijo de meses, a tierras hostiles pobladas
de negros caníbales y salvajes. ¿Acaso preocupa la razón de tal empresa? No, para una población ansiosa de confirmar permanentemente su posición conforme a un mito, el de la monstruosa y brutal naturaleza del negro africano. Sí, para un Barthes, que se detiene a analizar la causa de dicha expedición. Llegando, evidentemente a una sola conclusión, lo absurdo de arriesgar a un bebé a peligros que se desprenden de un viaje de esas características: enfermedades, fieras, climatología extrema, etc. Es un heroísmo sin objeto, o cuánto menos con un objeto estúpido, dibujar el paisaje africano de primera mano. Se manifiesta según Barthes que “cuánto más inmotivado se presenta un acto, más respeto motiva”. Los estereotipos a los que se alude en la narración a fin de mitificarla, son presentar el continente africano como tierra de muerte y a sus pobladores como bárbaros incivilizados. Y en edificar la figura del niño como si de un Parsifal medieval se tratara. Dos ejemplos: el País de los Negros Rojos y el sometimiento de sus habitantes ante la deidad encarnada en la inocencia de Bichín. Reduce todo a una confrontación entre lo blanco y lo oscuro, lo puro y lo impuro, lo espiritual contra lo material. África se vuelve un escenario feo y grotesco en el que las “bestias tribales” son simples títeres para que el occidental cumpla su cometido de predicar las virtudes de su condición. Al colocar el punto de vista en los ojos de un niño blanco, que parte junto a sus padres ataviados tan solo con “paleta y pincel” (tal y como corresponde a todo héroe humilde) la identificación es absoluta, y el lector ratifica en todo momento su jerarquía respecto al extranjero exótico. París Match crea un mito en torno a una crónica, que sin ser banal, es justo discutir si es digna de bautizarse como prototipo de coraje. Su carácter legendario reside en el conflicto entre conocimiento y mitología, entre ciencia y el inconsciente colectivo, que amenaza con perpetuarse en su visión degenerada de la realidad. La vuelta a Francia como epopeya El Tour de France, o la Vuelta en español, es la carrera ciclista de mayor entidad del circuito de competición a nivel profesional. Partiendo de esa premisa, su importancia goza de relevancia por sí sola, sin embargo, Barthes no funda su artículo en las exquisiteces de ese deporte concreto, sino en dos aspectos.
Para superarlo, el corredor está destinado a afrontar el reto en función a dos “vías semirreales”: la forma, un estado más que un verdadero ánimo, en el que el equilibrio entre el físico, la inteligencia y la mentalidad están en armonía; y el jump, que posee a ciertos atletas, que tiene su origen en un influjo más sobrehumano que real, y que proporciona a los afectados una fuerza superior hasta que lo abandona. Existe una tercera vía, flagrantemente tramposa, el doping. Doparse es intentar imitar el jump, es querer alcanzar la gracia de los dioses de manera injusta. El Tour, como batalla, tiene sus buenos y sus malos. Para saberlo, no hace falta más que ver como se desenvuelve cada ciclista en sus movimientos, que se resumen en cuatro: encabezar, seguir, escaparse, abatirse. Encabezar es el más duro e inútil, pero en su sacrificio se halla el heroísmo más puro. Seguir, por el contrario, es más cobarde, no pone en liza su honor y se limita acechar los pasos de otro. Es parte del mal. Escaparse se relaciona con una soledad voluntaria, aunque se sea después encontrado, representa una resignación acorde a un espíritu incomprendido. El abatimiento es triste. Es sinónimo de abandono, y duda de la integridad del corredor. Ya sabemos cuáles son los deportistas que merece la pena animar y los que no. La Vuelta, que aparenta constantemente ser noble, y testimoniar la plenitud moral, también es discutida y debe justificarse como aventura épica. En contra del resultado arbitrario que pertenecería únicamente al brío con que los participantes se esfuerzan en pos de la victoria, parece que la competición se ve obligada a evitar su hipotética influencia en el resultado. El cometido de aunar ambos conceptos, y de conceder la unión entre la moral que nace del espíritu y el pragmatismo de la realidad, es del director técnico. La tarea del susodicho, es enseñar al público, y a los periodistas (a veces más obsesionados con la decencia del Tour) la esencia estratégica de este deporte. Es en definitiva un mito ambiguo. A la vez realista y utópico. En la declaración de sus elementos materiales e interesados en propósitos económicos, se encuentra igualmente, la utopía de un espectáculo en dónde habitan todavía elementos fabulosos, fantásticos. La Vuelta, es pues, la perfecta epopeya, la que dibuja las acciones trascendentales en consonancia con la existencia de nuestro mundo, frío e implacable. La guía azul
Para Barthes, las guías de viaje sirven de generador de identidad cultural. Para Barthes, la Guía Azul orienta su publicidad hacia lo pintoresco, es decir, promociona el paisaje de un determinado lugar por medio de monumentos y figuras estéticas específicas. Por ejemplo, entre todos los accidentes geográficos que la Guía Azul anima a visitar, no se encontrará la llanura (a menos que sea fértil) y nunca la meseta, equivalente de aislamiento e incomunicación. Sólo la montaña, el desfiladero y el torrente pueden ser dignos de inspección, pues son paradigmas del esfuerzo. Y el destinatario, para el que se suele hacer (al menos en época de Barthes) las guías de viaje, es componente de una burguesía que gustaba de “comprar” el esfuerzo. Aquí, se trata de desenmascarar esa mitología que subyace a menudo a la descripción de los destinos turísticos. El autor cita a España y ésta aparece distorsionada en la Guía Azul. Todo el país, se circunscribe a esos espacios innombrables, que no son más que una colección de edificios religiosos, que agrandan el papel que la burguesía atribuye al cristianismo como fundamento principal de la “personalidad española”, ya que “desde el punto de vista burgués resulta casi imposible imaginar una historia del arte que no sea cristiana”. En el caso de la península ese catolicismo es estúpido y ha degradado lo logros anteriores de otras culturas, como la musulmana, supeditados al poder del cristianismo. El elemento humano también está ausente, en provecho de los monumentos, simplifica a sus gentes, acotándola de acuerdo con generalidades. El vasco, el catalán, el levantino son reducidos a prototipos dedicados a “decorar” lo esencial, olvidando intencionadamente la realidad de las clases y de los oficios. En última instancia, dada la supresión de la realidad de la tierra y de sus habitantes, de trazar un panorama prácticamente “inhabitado”, la guía se vuelve obsoleta, anacrónica y no responde a las preguntas de un viajero moderno. Recuerda la máxima de una mitología burguesa, que postula el arte (sobretodo religioso) como el valor esencial de la cultura, y que es reconocido en virtud de su almacenamiento como mercancía (museos). Dicha característica, no deja de ser un destello de un franquismo latente en la Guía Azul, que se manifiesta en la forma en que jerarquiza entre republicanos y nacionales, y en una pretendida prosperidad que no es tal. El usuario y la huelga