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Alumna: Martínez Constanza CAPITULO III. LA POLITICA BAJO EL SIGNO DE LA CRISIS. SEPTIEMBRE DE 1930 : “LA HORA DE LA ESPADA”. Juan D. Perón quien había formado parte del grupo del general José Félix Uriburu, hasta que desencantado por su falta de total de organización y la escasa prudencia de los conspiradores, se acercó a los hombres del general Justo, ilustra dos características salientes del movimiento del 6 de septiembre: su debilidad en lo militar y su éxito en la opinión. La columna revolucionaria se integró con grupos civiles mal armados, convocado por los partidos opositores y algunos diarios por adolescentes del colegio militar y una escasa tropa de línea: los jefes principales, Uriburu y Justo, eran militares retirados. La columna llegó hasta la Casa Rosada y se apoderó de ella sin que nadie intentara seriamente detenerla, la única excepción fue la resistencia organizada en el Arsenal de Guerra por el ministro del Interior Elpidio González junto a los generales Nicasio Aladid, Enrique Mosconi y Severo Toranzo. El Arsenal se rindió cuando recibió la notificación de la renuncia del vicepresidente Enrique Martínez. Esto ha impulsado en pasar por alto la profunda crisis de la estructura política del yrigoyenismo, que arrastra consigo a su partido y, finalmente el propio régimen institucional ¿Cómo se llegó a esta situación, apenas dos años después de la espectacular victoria electoral del radicalismo en 1928? LA CRISIS DEL YRIGOYENISMO. El escrutinio de los comicios presidenciales realizados el 1° de abril de 1928, arrojó un resultado contundente: 839.140 votos del radicalismo yrigoyenista, contra 439.178 votos del radicalismo antiperonista, que había contado con el respaldo de las agrupaciones conservadoras. Ante esto se perfilaron dos reacciones extremas: En el personalismo, la convicción absoluta de su identidad total de “la nación”. La oposición un profundo descontento que paulatinamente provocó el acercamiento a opciones conspirativas, junto con un desencanto frente a la “cultura civil” de los argentinos y frente a la práctica del sufragio. El radicalismo concibió la reelección de Yrigoyen como un verdadero plebiscito, exhibía una vez más una vocación totalizante de la cultura política local con procedimientos, como el plebiscitario, se utilizaban en otros lugares como alternativa a la democracia liberal en crisis. La ley electoral de Sáenz Peña había permitido consolidar esta cultura política. A pesar de la representación de las minorías, la reforma de 1912 fue refractaria al pluralismo, ya que, en la visión de sus defensores, la sociedad fue concebida como un bloque único con un atributo también único y determinante, su ideal de progreso, los comicios tenían que garantizar la representación, de la unánime voluntad progresista de la nación, así la ley electoral vino a consagrar, mediante la ampliación del electorado una visión de la sociedad que planteaba homogénea en clave espiritual: la representación política estaba llamada a expresar el alma de nación, cuyo contenido concreto Sáenz Peña no dudaba en reconocer tanto en su propia voz como en la del grupo pensante, pero no fue este quien se benefició de la reforma si no la UCR. Fue asociando su propia identidad a la integración ciudadana de la monopolística comunidad política nacional. En un periodo en el que grandes sectores de la sociedad se embarcaban de una u otra manera en la aventura de la movilidad social o el progreso individual, la UCR logró asociar su identidad con esta suma de experiencias individuales en término de una inclusión emocional dentro de la comunidad nacional por la vía de la política. La práctica del sufragio fue uno de los rituales que renovaban cíclicamente esta identidad inclusiva.
Yrigoyen había sabido despertar una gran expectativa alrededor de su figura durante el 1928, pero las primeras señales de la crisis económica afectaron las finanzas del estado incluso antes de Wall Street y provocaron el aumento de la inflación, el descenso de los sueldos y la disminución del ritmo del gasto público. En este clima, entre 1928 y 1929 el gobierno inició avances sobre la oposición con el objeto de ganar el control del senado, la ofensiva incluyó intervenciones muy conflictivas en San Juan, Mendoza y Santa Fe. Las elecciones legislativas nacionales de 1930 revelaron la gravedad de la situación. Tanto la campaña como los comicios se vieron plegados de incidentes. Pero los interventores de Yrigoyen se preocuparon poco por ocultar las acciones destinadas a obtener resultados favorables a cualquier precio. Finalmente triunfo la UCR, pero la victoria fue lo suficientemente exigua como para que fuera procesada como una derrota. La doble situación de crisis económica y política se veía agravada por la crisis interna que vivía el gobierno, consecuencia del rápido desgaste de la autoridad de Yrigoyen. La lucha entre sus más cercanos colaboradores quienes, convencidos de una sucesión anticipada tan próxima como inevitable, buscaban beneficiarse con ella. ¿GOLPE O REVOLUCIÓN? El 6 de septiembre fue visto por muchos de sus contemporáneos como una más de las revoluciones o movimientos cívicos de origen netamente civil, apoyados por militares que constituían una ya larga tradición local. El objetivo proclamado era la restauración de un régimen democrático e institucional que estaría siendo violado por el presidente. El derrocamiento de Yrigoyen es justamente considerado como el inicio de una serie de golpes militares, sin embargo, esta visión no era predominante en
Muchos opositores formulaban las criticas habituales en el marco de la crisis habitual en el marco de la crisis de las democracias occidentales de entreguerras contra la UCR y se lanzaban desde lo que se consideraban las promesas frustradas de una democracia liberal naturalmente positiva. La escasa atención que se ha prestado a estas oposiciones, que era la de mayor parte de los actores del movimiento de septiembre se debe al sobredimensionamiento del poder y la influencia de Uriburu y su grupo. La fuerza de la concepción mayoritaria explica no solo la impotencia de Uriburu para imponer su visión militarista y corporativista del golpe, sino también la rápida conformación de una oposición al presidente provisional en los mismos grupos revolucionarios que se institucionalizó el 27 de septiembre en la Federación Nacional Democrática, inicialmente constituidas por los partidos socialistas independientes y conservadores de Bs. As., a la que luego se incorporaron conservadoras y antipersonalistas de las restantes provincias. La insistencia de Uriburu para imponer la reforma constitucional en un sentido corporativista solo sirvió para erosionar su escaso poder y paralelamente para consolidar la figura de Justo como abanderado posible de la continuidad legal y de una rápida apertura comicial. EL EJERCITO HACIA 1930. Desde comienzos de los años veinte, el ejército se encontraba en plena consolidación. Se había formado una poderosa burocracia que controlaba el funcionamiento, los destinos, las jerarquías y los ascensos desde el Ministerio de Guerra y el Estado Mayor. En general, los miembros de esta dirección se destacaban como funcionarios y docentes de los institutos que desde el colegio militar conformaban cada vez más los peldaños ineludibles para la carrea de ascenso de todos los oficiales. La imposición de una mística corporativa y la invención de una tradición militar amalgamaban a los cuadros y profundizaban la estructura de poder interno de esta jerarquía. La prolongación de la política en el Ejercito era una tradición demasiado solida como para desaparecer con facilidad. Un importante grupo de oficiales “radicales” se había formado al calor de los levantamientos revolucionarios ya en la presidencia, Yrigoyen buscó asegurarse el control de la institución favoreciendo a estre grupo con destinos importantes y ascensos extraordinarios. La política militar del primer mandato de Yrigoyen chocó rápidamente con las estructuras burocráticas y despertó rechazo incluso con oficiales que simpatizaban con el radicalismo, como Uriburu o Justo, quienes no aceptaban que Yrigoyen colocara a un civil. A comienzos de los años 20 los grupos descontentos comenzaron a organizarse en logias y a identificarse como “profesionalistas” para distinguirse de los radicales. Durante la administración de Alvear, la balanza