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psicolingüística tema 2, Apuntes de Psicolingüística

tema 2 turno mañana asignatura psicología del lenguaje

Tipo: Apuntes

2018/2019

Subido el 04/09/2019

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1. Introducción
Mientras escribo esto tengo delante de una estantería en la que hay
depositados unos 120 libros. Como ya se ha quedado estrecha, algunos de
ellos reposan horizontalmente sobre los dispuestos en vertical en la posición
en la que se supone que deberían estar todos los libros de una estantería
mejor ordenada que las mías. Dado que la orientación del título y el nombre
del autor que aparece en el lomo suele variar de unos libros a otros, puedo
ver en este momento palabras —formando principalmente sintagmas
nominales— escritas en cuatro orientaciones espaciales diferentes: en
horizontal al derecho, en horizontal al revés, en vertical hacia la derecha y en
vertical hacia la izquierda, y todo ello en una notable variedad de tamaños,
tipos e incluso colores de las letras. Lo curioso del caso es que, a pesar de
todas esas dificultades, no tengo que hacer grandes esfuerzos para leer los
títulos de los libros y los autores en ninguna de las cuatro posiciones y en
ninguno de los tipos de letra. Es más, no puedo evitar hacerlo en cuanto
miro los lomos de los libros. Se me podrá contestar, con razón, que esta
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1. Introducción

Mientras escribo esto tengo delante de mí una estantería en la que hay depositados unos 120 libros. Como ya se ha quedado estrecha, algunos de ellos reposan horizontalmente sobre los dispuestos en vertical en la posición en la que se supone que deberían estar todos los libros de una estantería mejor ordenada que las mías. Dado que la orientación del título y el nombre del autor que aparece en el lomo suele variar de unos libros a otros, puedo ver en este momento palabras —formando principalmente sintagmas nominales— escritas en cuatro orientaciones espaciales diferentes: en horizontal al derecho, en horizontal al revés, en vertical hacia la derecha y en vertical hacia la izquierda, y todo ello en una notable variedad de tamaños, tipos e incluso colores de las letras. Lo curioso del caso es que, a pesar de todas esas dificultades, no tengo que hacer grandes esfuerzos para leer los títulos de los libros y los autores en ninguna de las cuatro posiciones y en ninguno de los tipos de letra. Es más, no puedo evitar hacerlo en cuanto miro los lomos de los libros. Se me podrá contestar, con razón, que esta habilidad de la que hago gala no tiene nada de particular, que lo sorprendente —y lo preocupante— sería no poder hacerlo. Pero es precisamente esa

facilidad (esa necesidad ), generalizada a todos los seres humanos alfabetizados, uno de los fenómenos que más llaman la atención de los que nos dedicamos al estudio del lenguaje desde la perspectiva de la psicología cognitiva. Al fin y al cabo, una de las labores principales del científico (tal vez la primera) es la de sorprenderse ante lo que se suele dar por supuesto. Basta con que nos fijemos un poco en lo que supone leer, no ya textos dispuestos en cualquier dirección y con letras de diferentes tipos y tamaños sino simplemente un texto impreso “canónico”, para darnos cuenta de las tremendas dificultades que nuestro sistema cognitivo es capaz de superar con una eficacia sorprendente a la hora de descifrar estos pequeños y misteriosos dibujos a los que llamamos letras y palabras^1 y de integrarlos en un discurso coherente. Si bien no todos los autores estarán de acuerdo en cuáles son los pasos exactos que se dan durante la lectura, ni en el orden en el que éstos suceden, podemos decir a grandes rasgos que al leer cualquier texto realizamos las siguientes funciones: identificar los rasgos físicos de los que están compuestas las letras, identificar las letras, acceder a su codificación fonológica, integrar las diferentes letras como partes de una única entrada del léxico mental, acceder a las características sintácticas de las palabras —probablemente a través de determinadas unidades subléxicas como las sílabas o los morfemas—, construir la estructura sintáctica de la oración que se está leyendo^2 , recuperar los rasgos semánticos y pragmáticos de las palabras almacenados en la memoria a largo plazo, integrar las palabras semántica y pragmáticamente con las que les han precedido en el (^1) Lógicamente, estamos hablando de lo que sucede en las lenguas que utilizan una escritura de tipo alfabético. El caso sería muy parecido para las lenguas que utilizan caracteres de tipo silábico, morfémico o logográfico. (^2) Como veremos más adelante, el momento exacto en el que esto sucede es uno de los puntos más debatidos por la psicolingüística en los últimos años.

para la comprensión de las palabras a través del canal auditivo son análogos a los implicados en la lectura. De hecho, la mayoría de los modelos teóricos que intentan explicar el reconocimiento de palabras —y el procesamiento del lenguaje en general— asumen esa analogía proponiendo mecanismos paralelos para los dos canales. Pero la pregunta que inevitablemente surge cuando nos enfrentamos tanto al problema de la descodificación del texto escrito como del texto hablado es cómo podemos hacerlo, qué estrategias utilizamos, o utiliza nuestro sistema cognitivo, para llevar a cabo una tarea tan compleja de forma tan eficiente. A la vez, también se plantea la cuestión en sentido opuesto: qué mecanismos utilizamos en la producción del lenguaje. Y es precisamente de las diferentes respuestas que se ha dado a esas preguntas de lo que trata la disciplina de la psicolingüística y de lo que va a tratar este trabajo. Anteriormente hemos hecho referencia a los pasos que se dan durante el proceso de comprensión de un texto escrito. Lógicamente la comprensión del lenguaje va a ser uno de los temas centrales de este libro; y, dentro de la comprensión, vamos a concentrarnos en dos de los procesos “de bajo nivel” más importantes y que mayor cantidad de investigación han generado: el acceso léxico, o reconocimiento de palabras, y el procesamiento sintáctico. Es decir, vamos a ver, por una parte, lo que sucede desde que se analizan las propiedades físicas, auditivas o visuales, del estímulo lingüístico hasta que ese estímulo se identifica como una palabra; y, por otra parte, qué mecanismos o estrategias utiliza el sistema humano de procesamiento del lenguaje para integrar esos estímulos lingüísticos individuales en una estructura sintáctica, imprescindible para acceder al significado final de la oración y del discurso. Pero antes de entrar en la cuestión del acceso léxico propiamente dicho, abordaremos el tema de la percepción del lenguaje en sus

expresiones más importantes en la comprensión: la lectura y el habla. Qué factores perceptivos influyen en la lectura y cómo se procesa la señal acústica de forma que se pueda reconocer en esa señal una serie de estímulos lingüísticos. Téngase en cuenta que aquí no estamos hablando de identificación de palabras, sino del paso previo al acceso léxico. Veremos, por una parte, que los ojos tienen que realizar una tarea bastante especializada con el fin de descodificar la expresión gráfica del lenguaje. Y, por otra parte, veremos asimismo que la señal acústica del habla no es precisamente simple. El sistema cognitivo ha de tener la capacidad de extraer (y abstraer) de un flujo de sonido sumamente complejo, con una gran variabilidad intra y entre hablantes, y a menudo en condiciones degradadas, los componentes de los estímulos lingüísticos, mediante los cuales acceder a sus características generales.

1.1. Conceptos básicos

Es posible que a estas alturas de la presente introducción se eche de menos una definición de los dos términos fundamentales que, hasta aquí, hemos venido usando profusamente, confiando en que el uso extendido de ambos haya sido suficiente para seguir el hilo de la exposición. Estos son, por una parte, el nombre de la disciplina que estamos tratando: psicolingüística , y, por otra, el objeto de estudio de esta disciplina: el lenguaje. Detengámonos pues ahora en fijar, si no sus definiciones exactas, sí por lo menos las características definitorias de ambos conceptos.

consultarle a la naturaleza si esos modelos son los adecuados. Tenemos que hacer experimentos sobre el medio en el que el lenguaje se desarrolla, controlando y manipulando las variables que se dan en la naturaleza. Y el medio en el que se da el lenguaje, tal como a nosotros nos interesa, no es otro que su propio usuario. Es decir, para el psicolingüista el objeto de estudio no es el lenguaje como expresión de una sociedad, no es una determinada comunidad de hablantes de uno u otro idioma, sino el lenguaje en tanto en cuanto es usado por el sujeto humano abstracto (generalmente, aunque no necesariamente, alfabetizado). Mientras que el interés de la lingüística va a estar en lo que Saussure (1916) denominó lengua ( lange ): la capacidad común a todos los humanos como hablantes de un idioma, el interés de la psicolingüística estará en la actualización de esa capacidad en expresiones concretas que denominó habla ( parole ). Esta distinción saussuriana es análoga a la que años después realizaría Chomsky (1959) entre competencia ( competence ), ese saber implícito de todos los hablantes, y actuación ( performance ), la expresión de la primera en potencialmente infinitos actos concretos. Lo que tenemos a nuestra disposición es la actuación —es lo único observable de la actividad lingüística—. Y es sobre esta expresión del lenguaje sobre la que la psicolingüística elabora sus modelos teóricos. Será necesario realizar experimentos que impliquen a gran número de participantes con el fin de poder abstraer las regularidades que necesariamente tienen que existir en el procesamiento del lenguaje y que nos permitirán validar o falsar^4 los modelos teóricos propuestos. (^4) Tal vez, siguiendo a Popper (1959), deberíamos decir únicamente “falsar” los modelos teóricos, ya que, como este autor demostró, la completa validación nunca va a ser posible.

Pero hay excepciones tanto en el sujeto de estudio como en el método utilizado. El sujeto que se somete a examen en los experimentos de psicolingüística no siempre es el hablante monolingüe abstracto. En ocasiones también se tienen en cuenta características especiales de los sujetos estudiados. En determinados estudios se tienen en cuenta las diferencias transculturales entre los diferentes usuarios del lenguaje. El comprobar si hay variables que afectan de forma diferente a los hablantes de diferentes idiomas puede ayudar a establecer la universalidad de las bases sobre las que se asienta el lenguaje. También son de utilidad los estudios con sujetos bilingües. Se pueden descubrir aspectos interesantes del lenguaje investigando cómo los sujetos con diferentes grados de bilingüismo procesan los diferentes idiomas que tienen a su disposición y qué tipo de relación se establece entre ellos. Otra forma de “aprovechar” las diferencias entre los usuarios del lenguaje es hacer estudios teniendo en cuenta cómo difieren éstos en cuanto a variables que pueden tener alguna relación con el lenguaje. Una de las líneas más típicas de investigación en este sentido es el estudio de la relación entre la capacidad de memoria operativa de los sujetos y determinadas variables relacionadas con el procesamiento sintáctico (Just y Carpenter, 1992; Just, Carpenter y Keller, 1996). Otra línea de investigación consiste en comprobar cómo influyen variables individuales como la capacidad de lectura sobre determinados aspectos del procesamiento sintáctico o del discurso (Gernsbacher y Faust, 1990, 1991). Tenemos que puntualizar que, aunque en ocasiones se utilicen sujetos “especiales” en la experimentación psicolingüística o se estudien las diferencias entre sujetos que poseen características diferenciales, el objeto y el interés último de esta disciplina es la misma que cuando se estudia

se supone que el uso del lenguaje está mediado por la frecuencia con la que se emplean determinadas construcciones, los resultados de los experimentos deberán coincidir con las preferencias halladas en el análisis de los corpus lingüísticos. Un ejemplo ya clásico de aplicación del análisis de corpus en la validación de un modelo de procesamiento sintáctico basado en la frecuencia de uso es la que realizaron Mitchell, Cuetos, Corley y Brysbaert (1995) para explicar el que los hablantes de español prefieran adjuntar una cláusula de relativo al primero de dos posibles antecedentes (efecto encontrado, entre otros, por Cuetos y Mitchell, 1988 y por Carreiras y Clifton, 1998). Una vez analizado el correspondiente corpus de oraciones con cláusulas de relativo con doble antecedente se llegó a la conclusión de que esto sucedía simplemente porque es lo que con más frecuencia sucede en el uso cotidiano del idioma español. Por otra parte, este tipo de estudio ha servido también para minar esta misma hipótesis al demostrar Brysbaert y Mitchell (1996) que los resultados de un análisis de corpus sobre este tipo de frases en holandés iban en contra de los resultados experimentales. Otros estudios de corpus más sofisticados se están llevando a cabo en los últimos años con el fin de comprobar y obtener predicciones claras para determinados modelos lexicalistas basados en la frecuencia de uso a múltiples niveles. Volveremos sobre esta cuestión en el capítulo dedicado al procesamiento sintáctico. El segundo de los métodos no experimentales utilizados en psicolingüística es el estudio de caso único, el cual también implica el uso sujetos “especiales”. Este es el método fundamental de estudio de una disciplina como la Neuropsicología Cognitiva del Lenguaje (p.e. Marshall y Newcombe, 1973; Shallice, 1981; Plaut y Shallice, 1993; Valle y Cuetos, 1989, 1995; Cuetos, 1998): el análisis de casos particulares de pacientes que sufren algún tipo de daño cerebral y los diferentes tipos de afasias y dislexias

que pueden desarrollar. Si se propone, pongamos por caso, la existencia de un módulo del lenguaje^5 especializado en la integración sintáctica de las palabras durante la comprensión del discurso. y se encuentra un paciente con daño cerebral que manifiesta problemas a ese nivel, esto serviría de apoyo —sin necesidad de someterlo a experimentación— a la hipótesis de que el procesamiento del lenguaje necesita de ese módulo de integración sintáctica. Pero el fallo en la realización de una serie de tareas por parte de este sujeto todavía dejaría la duda de que puede ser debido a un problema más general no detectado; o, simplemente, que se hace una tarea peor que otra porque es más complicada. Sin embargo, si se encuentra otro sujeto que puede realizar correctamente las tareas en las que el primero falla y falla en las que el primero hace bien, esto despejaría aquellas dudas y demostraría la existencia de ese módulo especializado, que probablemente es independiente de los otros estadios de la compresión. Esto es lo que se suelen denominar dobles disociaciones. Si bien los estudios de caso único se han considerado tradicionalmente como no experimentales, Cuetos (1999) hace hincapié en que últimamente se están refinando mucho los estudios que se realizan en neuropsicología cognitiva, acercándose cada vez más al trabajo experimental. El tercer método no experimental utilizado en psicolingüística es la simulación por ordenador. Este método se suele utilizar, lo mismo que los estudios de corpus, en combinación con el experimental. Y ha sido una técnica determinante en el desarrollo y comprobación de los llamados modelos conexionistas o de procesos distribuidos en paralelo (PDP) del (^5) Veremos en el siguiente capítulo la definición de lo que son los módulos del sistema cognitivo o del sistema de procesamiento del lenguaje. Tómese ahora como un supuesto mecanismo especializado en la realización de una tarea determinada dentro del proceso más general del procesamiento del lenguaje.

lenguaje cinematográfico o del lenguaje musical. Y es la gran cantidad de sistemas de comunicación existentes lo que complica enormemente el poder acotar aquello que a nosotros nos interesa. El mayor problema para la definición del lenguaje lo representa el diferenciarlo del lenguaje animal. Es la pregunta tantas veces formulada: ¿es el ser humano el único capacitado para el uso del lenguaje? O bien: ¿en qué se diferencian los “lenguajes” animales del lenguaje humano? ¿Es esta diferencia cualitativa o meramente cuantitativa? Una forma de intentar simplificar la discusión, de evitar estas preguntas, puede ser asumir que lo que nosotros estudiamos es, única y exclusivamente, el lenguaje humano; dejando simplemente de lado los sistemas animales de comunicación. Muchas definiciones del lenguaje siguen este camino. Entre ellas podemos tomar, por ejemplo, la primera acepción que da el Diccionario de la Real Academia Española [D.R.A.E.] (1992) de este término: “conjunto de sonidos articulados con que el hombre manifiesta lo que piensa o siente”. O, de forma más explícita, una de las que da el diccionario Collins Cobuild de la lengua inglesa (1987): “capacidad de usar palabras para comunicar, de la que disponen los humanos y no los animales.” De esta forma, desde el momento en el que se incluye el término humano , o algún sinónimo, en la definición desechamos todos los sistemas de comunicación no utilizados entre los humanos. Sin embargo, utilizar el adjetivo “humano” para zanjar la cuestión de la especificidad del lenguaje plantea más problemas. Admitiendo que el uso de palabras (o de sonidos articulados) para comunicar es privativo de los seres humanos, asumir que el lenguaje es simplemente la capacidad humana para comunicar utilizando palabras, o sonidos articulados no agota el trabajo de la definición. Como demuestra Pinker (1994), una expresión como: “manifestación ayer mi hermana ir” utiliza palabras y, por lo tanto, se podría expresar mediante

sonidos articulados, además de que transmite un mensaje bastante inteligible. Sin embargo no puede considerarse como un ejemplo de uso correcto del lenguaje. Evidentemente el uso de palabras, y el que éstas se utilicen para comunicar, supone un requisito sí necesario pero no suficiente para una definición del lenguaje humano. Pero tal vez el problema más importante que conlleva el definir el lenguaje como aquello que usan los humanos para comunicarse es que nos va a llevar a un callejón sin salida al intentar entender lo que es tanto el lenguaje como el ser humano. Todo el mundo sabe lo que es un ser humano: un miembro de nuestra especie, un homo sapiens sapiens. Pero si pretendemos dar con alguna peculiaridad que lo defina plenamente la cosa se pondrá difícil. Podríamos intentar hacer un listado de las características que le son propias. Pero veríamos que casi cada una de ellas por separado, o a veces agrupadas, se pueden encontrar, en mayor o menor medida, en determinadas especies animales. Esto pasaría incluso con lo que se ha considerado la definición clásica de ser humano: “animal racional”. En el momento en el que se operativiza la racionalidad para su estudio como la capacidad para la resolución de problemas ésta aparece en cierta medida en algunos primates inferiores. Véanse, por ejemplo, los chimpancés de Köhler. Probablemente daremos con este mismo problema hasta que lleguemos a la capacidad de usar el lenguaje. En infinidad de ocasiones se ha dicho que es precisamente esta capacidad lo que nos hace humanos. Por poner sólo dos ejemplos de prestigio podemos citar a Descartes y a Leibniz. Es decir, habríamos llegado a la conclusión de que el ser humano sería aquel animal capacitado para el uso del lenguaje y, según decíamos antes, el lenguaje sería aquello que usan los humanos para comunicarse. Por lo tanto, si no queremos caer en la circularidad de las definiciones tanto de ser humano

y a la sintaxis. Por último, la transmisión cultural, el uso espontáneo y la utilización de turnos al hablar son características que tienen más que ver con el carácter social del lenguaje, por lo que las trataremos por separado en un último epígrafe. Palabras En primer lugar, como ya hemos dicho, uno de esos rasgos esenciales, asumido en las definiciones dadas más arriba, es el hecho de que el lenguaje comprende un sistema de signos discretos a los que llamamos palabras^6. El lenguaje tiene que disponer, independientemente de la modalidad sensorial en la que se exprese, de una amplia gama de señales —de signos lingüísticos— que serán relevantes para sus usuarios. Pero esta relevancia no estará relacionada con las características físicas de las señales, sino con su capacidad de significar, de representar objetos o ideas, con su semanticidad en definitiva (Belinchón et al. 1992). Según ya señalaba Saussure (1916), ese signo lingüístico es una entidad psíquica y social que establece una relación arbitraria entre un significante —el estímulo físico— y un significado —el concepto—. El que digamos que el lenguaje comprende un sistema de signos implica que necesitan de una cierta (^6) La definición de “palabra” es casi tan problemática como la de “lenguaje”. Si nos atenemos a la definición del D.R.A.E. (1992): “sonido o conjunto de sonidos que expresan una idea”, una expresión como “silla de montar” debería ser considerada como una única palabra, ya que representa una idea claramente diferenciada del concepto tradicional “silla”. Por otra parte, si nos atenemos estrictamente a la definición de María Moliner (1983): “conjunto de letras o sonidos que forman la unidad mínima de lenguaje con significado”, la expresión “dáselo” no sería una palabra sino tres, lo que resulta contraintuitivo en español, aunque tal vez no en idiomas aglutinantes como el alemán o el turco. Además, según esta definición tendríamos que admitir dentro de la categoría “palabra” a la totalidad de los morfemas, tanto los raíz, como los derivativos y los flexivos, ya que todos ellos poseen un significado. Quizás fuera esta complejidad la razón por la que Saussure evitó un término tan resbaladizo como éste y lo sustituyó por el de “signo lingüístico”.

organización interna según la cual sus significados se combinan e influyen los unos sobre los otros. Esto lo trataremos en el siguiente punto. Aparte de la semanticidad y de la arbitrariedad, que acabamos de ver, hay dos atributos fundamentales que definen los signos lingüísticos usados en el lenguaje humano —las palabras—: la posibilidad de ser expresados mediante sonidos articulados y la doble articulación. Por una parte, las palabras tienen que poder ser pronunciadas según las reglas fonotácticas del idioma concreto de cada uno de los usuarios del lenguaje —han de tener una fonología—. Por otra parte, la doble articulación hace referencia a que las palabras se organizan en dos estratos: están formadas por unidades mínimas sin significado, las letras o los fonemas, que uniéndose forman unidades con significado. Esto mismo se puede decir de la organización en morfemas. En mayor o menor medida, en todos los idiomas existe la posibilidad de modificar el significado de una palabra añadiéndole prefijos o sufijos, o de unir dos o más palabras para formar un concepto nuevo. Digamos que ésta es una forma bastante económica que emplean todos los idiomas para crear palabras nuevas y, en muchas ocasiones, para dar nombre a conceptos nuevos. Veamos por fin una característica que es propia tanto de las palabras como del lenguaje en general: el desplazamiento, que es probablemente uno de los rasgos más importantes del lenguaje humano. El desplazamiento consiste en la capacidad que tenemos a través del lenguaje de expresar conceptos o hechos lejanos en el tiempo o en el espacio, que pueden suceder o no, o incluso inexistentes. Basta que empleemos palabras como “ayer”, “mañana”, “comió”, “vendrá”, “posiblemente”, “unicornio”, “Platón”, “Bush” o “mesa”, sin haber ninguna mesa presente, para darnos cuenta de que el lenguaje humano hace un uso extensivo de esta propiedad. Decimos

diferencia entre su forma de comunicarse y la nuestra es cualitativa o simplemente cuantitativa. Parece que, de entre los rasgos característicos de las palabras, parece ser que los únicos que estos sonidos cumplirían sería el de arbitrariedad y, de alguna manera, el de semanticidad. Pero podemos tener serias dudas de si poseen el rasgo de desplazamiento; mientras que, evidentemente, las señales de alarma que emiten los vervets carecen tanto de sonidos articulados como de doble articulación y de morfología (Seyfard, Cheney y Marler, 1980). Estas señales son claramente arbitrarias porque no tienen nada que ver ni con los depredadores en sí ni con los sonidos que éstos a su vez emiten. El que los miembros de la comunidad de ververts actúen de formas diferentes cuando oyen una señal u otra podría hacernos pensar que “entienden” el mensaje que ha emitido uno de ellos. Esto implicaría que los sonidos tienen, por lo menos en embrión, el rasgo de semanticidad (Seyfard y Cheney, 1982)

. También se ha descubierto que estas señales pueden ser utilizadas para “engañar” (Whiten y Byrne, 1988). En determinadas ocasiones un vervet puede emitir una señal de peligro con la intención de distraer a un congénere que está amenazándole o para hacer que otros miembros de su comunidad abandonen la comida y quedársela él. Aparentemente, el que un vervet pueda “engañar” a sus semejantes implica que el emisor del mensaje puede manipular la capacidad de desplazamiento de éste, ya que puede “pensar” en las consecuencias que tendría sobre sus compañeros la aparición de un leopardo o una serpiente que, de hecho, él sabe que no se encuentran presentes. Pero tal vez sea esto mucho suponer para las habilidades cognitivas de unos primates inferiores. Una explicación más plausible y parsimoniosa es que los efectos de las señales de peligro y los usos que de ellas hacen los vervets sean elaboradas combinaciones de condicionamiento

operante, por parte del emisor del mensaje, y de condicionamiento clásico por parte del resto del grupo; ello estaría en consonancia con la característica de arbitrariedad de los sonidos emitidos, lo mismo que puede ser arbitrario cualquier estímulo condicionado.^7 Como demuestra Bickerton (1990) la única respuesta posible de un vervet ante una determinada señal de alarma, independientemente de su contexto o de la forma en que se emita, es la huída, y para eso es evidente que no hace falta haber asimilado el concepto “leopardo” o “águila” o “serpiente” a un determinado grito. Así pues, difícilmente podemos darle al “lenguaje” de los ververts la característica de desplazamiento. En cuanto a las características de posesión de una fonología, de la doble articulación y de la morfología, si bien es verdad que el “lenguaje” de los vervets carece de ellas, pensamos que su ausencia no tendría que privarle, en principio, de este estatus. Existe por lo menos una expresión del lenguaje humano que no tiene una fonología propia: los lenguajes de signos de los sordos, que, aunque pueden ser traducidos al lenguaje oral, ellos mismos carecen, lógicamente, de una fonología propiamente dicha^8. Por otra parte el que el lenguaje humano disponga de vocales y consonantes no responde más que a la necesidad de tener a su disposición un amplio repertorio de elementos con los que formar un número muy elevado de signos lingüísticos fácilmente diferenciables. Probablemente la influencia de ambos aspectos en (^7) Si bien hay que recordar que esto no estaría muy alejado de la visión conductista del lenguaje de B. F. Skinner (1957). (^8) Se habla muchas veces de la “fonología” de los lenguajes de signos en el sentido de que éstos se pueden definir por una serie de características como el lugar de articulación, la posición de la mano y el movimiento de ésta. Sin embargo, si consideramos el término “fonología” en su estricto sentido etimológico ( fonos : sonido), evidentemente no se puede decir que los signos lingüísticos utilizados en este tipo de lenguajes posean esta característica.