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ejercicios de el primer corte academico
Tipo: Ejercicios
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La Antropología Social como ciencia
POR LUIS ÁLVAREZ MUNÁRRIZ
El objetivo de esta contribución es reflexionar sobre el estatuto científico de la Antropología Social. Fue un ideal de los antropólogos clásicos hacer de este saber una cien cia. Es actualmente una necesidad. Se hace una propuesta que podría permitirnos recuperar el carácter científico de esta disciplina. El núcleo de esta propuesta se halla en la construc ción y / o perfeccionamiento de modelos culturales en cuya elaboración se siguen tres fases: descriptiva, reflexiva y prospectiva. This paper deals with the scientific status of social anthropology. Reflecting on this issue, a project already started by classical anthropologists, must be a priority. In this work, a proposal that would allow us to recover the scientific statis of the discipline is put forward. The core of the proposal consists in the construction and / or improvement of cultural mod els according to three (descriptive, reflexive and prospective) stages.
Una de las grandes aspiraciones de los antropólogos clásicos fue hacer de la Antropología social una “ciencia” que pudiera ser incluida en el catálogo de las cien cias por derecho propio, es decir, por poseer un objeto específico de estudio —los modos de ser, pensar y actuar del hombre culturalmente regulados—, técnicas de investigación propias —el trabajo de campo y la comparación— y la consiguiente aplicación de este saber al ámbito de la sociedad. En este contexto hay que situar las aspiraciones de Tylor de construir una ciencia natural de la vida humana, los inten tos de Spencer y Murdock de hacer de nuestra disciplina una “sociología compara da” de alcance mundial, la propuesta de RadcliffeB rown de caminar hacia la cons trucción de una ciencia teórica y natural de la sociedad humana, y el ideal de Malinowski de elaborar una teoría científica de la cultura. Para alcanzar este objeti vo LéviS trauss proponía que fuese una meditación atrevida en la que se tuvieran en cuenta las tendencias que estaban apareciendo en el saber y en cuya tarea la imagi nación debería jugar un papel esencial.
Tales ideales no solamente fueron indefinidamente postergados, sino que además han sido explícitamente rechazados por la antropología posmoderna de corte herme néutico y reflexivo. Este proyecto fue considerado como una tarea ficticia, imposible y además de corte racionalista (Geertz: 2000, 13). Pero el panorama de la ciencia está cambiando. Empezamos a superar la fiebre posmoderna, a reconocer su carácter fun damentalista, a rechazar los embates de esta corriente anticiencia. Ello nos da el cora je suficiente para volver a plantear cuestiones de gran calado y alcance teórico sin que nos asuste el que sean tachadas de “metanarrativas”. Realizar esta tarea hasta
ahora despreciada es un reto importante, pero sobre todo una necesidad en el campo de la Antropología Social, a la que se acusa no solamente de letargo teórico, sino de estar al margen de las actuales avances y aportaciones sobre el ser humano, de los cuales no debería prescindir nuestra disciplina (Llobera: 1999, 42). Estas acusacio nes nos están obligando a retomar y reflexionar sobre el estatuto científico de la Antropología Social, nos están invitando a hacernos las siguientes preguntas: ¿Por dónde se están adentrando las ciencias de hoy? ¿Cuáles son las tendencias que poco a poco se están consolidando en la ciencia? ¿Qué impacto y qué interés tienen para la Antropología Social las nuevas tendencias? ¿Pueden ayudar a la elaboración de una teoría científica de la sociedad y la cultura como propugnaron los clásicos de la Antropología? Y, supuesto que no se ha hecho realidad esta aspiración, cabe pregun tarse: ¿merece la pena mantener este ideal? Son preguntas que es necesario hacerse si queremos revitalizar la Antropología. Para poder responderlas es necesario situar se en el contexto del saber de nuestros días.
Debemos iniciar nuestras reflexiones situándonos en el contexto actual del saber, del cual en manera alguna puede prescindir nuestra disciplina. En efecto, ni los méto dos ni las técnicas usados en este saber han surgido de la nada y tampoco se realizan fuera de un contexto científico en el que se desenvuelve el saber antropológico. Un contexto que se caracterizó y que no ha renunciado todavía a la unidad del saber, a la construcción de una ciencia en la que se pudieran disolver las diferentes discipli nas que la componen. Aspiración que todavía mantienen aquellos neurobiólogos que propugnan una “teoría unificada” del ser humano basada en los avances de la Neurofisiología. Tesis a la que se acogen actualmente antropólogos que definen la mente humana simplemente como una facultad cerebral que manipula la información (Sperber: 2000, 14; Sperber: 1999, 11; Needham: 1992, 93). Ahora bien, frente a los cognitivistas y sus recientes aliados los neurocientíficos se debe proclamar la auto nomía de lo cultural en la medida que constituye un factor determinante en la confi guración de la conciencia. Es necesario recordar que para comprender la mente huma na la cultura constituye un dominio propio tan relevante e importante como lo puede ser la dimensión neurocognitiva. Además conviene subrayar que ni se ha conseguido ni existen indicios racionales para pensar que estemos caminando hacia el ideal de una “ciencia unificada” como pretendió el positivismo, y mucho menos que a través de una ciencia de corte empírico e inductivo se puedan conseguir verdades absolutas ordenadas lógicamente en un sistema definitivo y completo. “Ya no es probable que se haga ningún intento de ajustar la complejidad del mundo a unas divisiones netas y
quier disciplina, cada una de las cuales los concreta a través de una serie de técnicas y estrategias que están condicionadas por los temas que abordan. Estos métodos de razonamiento se deben diferenciar nítidamente de las técnicas. “Por técnicas enten demos los procedimientos específicos que utiliza una determinada área científica para la obtención de los datos de investigación. Son procedimientos de actuación concretos y particulares, relacionados con la táctica de investigación que estemos uti lizando en nuestra investigación. Mientras las técnicas tienen un carácter práctico y operativo, los métodos se diferencian por su carácter más global y de coordinación
ta esta diferencia, ya que ello nos permite comprender que las diferencias entre las diversas ramas del saber dimanan de las distintas técnicas que usan: diferentes tipos de fenómenos requieren estrategias y técnicas diferentes, como ya señalara Evans Pritchard: “¿Cuándo conseguirá la gente meter en sus cabezas que el historiador con cienzudo, lo mismo que el antropólogo concienzudo, no es menos sistemático, exac to y crítico en su investigación que un químico o un biólogo, que no es en el método en el que la ciencia social difiere de la física sino en la naturaleza de los fenómenos que estudia?” (EvansP ritchard: 1962, 188; 1971, 3031). Si esta tesis es correcta no tiene ningún sentido seguir distinguiendo entre las ciencias naturales, que usan méto dos cuantitativos, y las humanas, que usan métodos cualitativos. Todos los pensado res han intentado superar esta dicotomía y todos han conjugado el uso de métodos cualitativos y cuantitativos. “Creo que hay que utilizar ambos métodos: primero el cualitativo; luego el cuantitativo; a continuación, otra vez, el cualitativo, hasta que las cosas estén formuladas claramente” (Bott: 1990, 354 y 44). Solamente cuando falta potencia creativa se recurre a disputas y cuestiones metodológicas, como ocu rre con el pensamiento posmoderno. Sin embargo, la tendencia en el saber de nues tros días apunta hacia una progresiva complementariedad e integración, incluso en el campo de las denominadas ciencias humanas. “A medida que comenzamos a apre hender el manejo de la complejidad, las ricas estructuras de símbolos y, tal vez, la conciencia, queda en evidencia que las barreras tradicionales —erigidas entre ambos lados— entre las ciencias naturales y las humanidades no pueden mantenerse en pie para siempre. El orden narrativo de mundos culturalmente construidos, el orden de los sentimientos y las creencias humanas, será tema de descripción científica de una manera nueva” (Pagels: 1991, 311; Bertranpetit: 1996, 78).
Y supuesto que tanto las categorías como los modelos que elaboramos en Antropología Social son construcciones de la mente humana, en manera alguna se puede soslayar la cuestión epistemológica sobre la adecuación y validez de los mismos: ¿en qué medida reflejan la realidad?, ¿nos ayudan a avanzar en la com
prensión de las cosas? Planteemos la cuestión con palabras de Piaget: “El proble ma esencial planteado al epistemólogo es el de la naturaleza de tales modelos: ¿son meramente subjetivos o alcanzan la realidad? ¿Son subjetivos en el sentido de que serían simples instrumentos intelectuales destinados a simplificar los pro blemas, serían una especie de economía del pensamiento o, tal vez, un intento de representación destinado a satisfacer la necesidad de imágenes precisas? ¿O real mente el modelo alcanza lo real por aproximaciones sucesivas? Es evidente que ningún modelo es enteramente conforme a lo real ya que necesita ser constante mente transformado y afinado, pero, ¿el papel del modelo es o no explicar lo real?” (Piaget: 1977, 24). Pienso que la respuesta a este interrogante debe ser afir mativa. Efectivamente, a pesar de que ninguna categoría, tipo o modelo pueda acoger en su seno la riqueza y la complejidad de lo real, ello no obsta para poder sostener que nos ayudan a entender y explicar muchos aspectos y dimensiones de los objetos, tanto naturales como artificiales, que existen en el universo. Aunque no consigamos verdades absolutas y definitivas sobre la realidad nos ayudan a avanzar en su conocimiento. Por ello frente a las posturas objetivista y construc tivista, pienso que se debe apostar por una epistemología realista radicalmente diferente de la constructivista —muy de moda en nuestros días—, en la que se sostiene que las teorías y las categorías son construcciones imaginarias o ideales: “Concebir un objeto no consiste en descubrirlo o representarlo, sino en crearlo” (Villarroya: 2002, 251), y que un antropólogo concreta diciendo que nuestras categorías e ideas sobre lo que llamamos “realidad” “son construcciones huma nas, originadas en sociedades humanas, constitutivas de culturas humanas” (Vendrell: 2003, 21). Pienso, por el contrario, que si postulamos una categoría estamos suponiendo que hay algo en el mundo que se corresponde con esa cate goría: “En un sistema formal fregueano, o en cualquier sistema que uno pueda ela borar, los símbolos están pensados para distinguir cosas, cosas verdaderas. Ese es también el ideal en las ciencias naturales. Cuando uno elabora una teoría científi ca del mundo, quiere que sus términos distingan cosas reales del mundo” (Chomsky: 2003, 94). De ahí que frente a cualquier axioma de tipo “constructi vista” se está abriendo paso una visión epistemológica de corte relacional que concibe la ciencia como una tensión entre experiencia e imaginación creadora. En ella se apuesta por una ontología y una epistemología realistas en la medida que las categorías refieren a lo que existe y es cognoscible. “Los antropólogos han socavado las formas extremas de relativismo cultural cuestionando la lógica del constructivismo social. Los modelos no pueden crearse a partir de la nada; requie ren cierta materia prima. Si el total de la realidad, tal como la ve una sociedad determinada, fuera una construcción social, entonces, ¿a partir de qué se habría
social, utilizando el método inductivo, intentando convertir el trabajo en un cons tructo que el antropólogo con relativa frecuencia sueña universalizable o paradig mático. A pesar de que muchas veces debe cuestionarse el proceso de selección y obtención de datos, las comparaciones que preceden a las generalizaciones parcia les incluidas, así como, con frecuencia, las propias generalizaciones. Con todo ello se intenta plantear el hecho de que ya hace mucho tiempo que las etnografías aban donaron el cometido de constituir exclusivamente descripciones de las sociedades o culturas analizadas” (Jimeno: 2002, 18). Cuando ya se empieza a superar aque lla visión en la que Antropología Social se identificaba con una buena Etnografía —por supuesto, imprescindible y absolutamente necesaria—, conviene perfilar los elementos esenciales que hacen científico un modelo en el campo de la Antropología Social, es decir, la lógica de la investigación antropológica. Y para ello nada mejor que comenzar con un análisis de la naturaleza de los modelos, para posteriormente ver como se concretan en el campo de la Antropología Social.
Un modelo es una visión simplificada de la realidad que crea la mente huma na para poder describir, interpretar, conocer, hablar sobre las cosas e incluso cam biar nuestro modo de entender y comportarnos frente a la realidad, ya sea física o social. Una definición simple es la propuesta por Minsky: “Para un observador B, un objeto A* es modelo de un objeto A en la medida que B puede usar A* para responder a cuestiones que le interesan acerca de él” (Minsky: 1968, 425; Langer: 1966, 125; Granger: 1973, 155; Ríos: 1988, 16; Jeffers: 1991, 9; Dym y Little: 2002, 82; Ziman: 2003, 151). De una manera más precisa un modelo es una cons trucción del espíritu en la que se pretende reflejar claramente, aunque de manera esquemática y simplificada, pero siempre basada en la realidad, los aspectos más relevantes de un sistema, y que además permite hacer deducciones y predicciones comprobables. Pues bien, se acostumbra a distinguir tres tipos de modelos:
físicos que repite estructural o funcionalmente las variables que se consideran sig
nificativas en la realidad de lo que el modelo es su análogo” (Dechert: 1965, 9; Duhem: 1914, 125). Es la perspectiva usada por los ingenieros que, aunque poseen una teoría determinada sobre la estructura y el funcionamiento de la realidad a analizar, sin embargo, les resulta útil comenzar su investigación con el diseño, construcción y validación de un modelo físico real del sistema que se quiere com prender. Black los clasifica en “modelos a escala”, basados en la identidad, abar can todos los simulacros de objetos materiales, tanto reales como imaginarios, que conserven las proporciones relativas; y “modelos analógicos”, destinados a repro ducir de la manera más fiel posible, en otro medio, la estructura o trama de rela ciones del original (Black: 1962, 220 222). Ambos se basan en la semejanza que existe entre el original y el modelo. Los dispositivos pueden ser reales, como un robot, o simulados, como un programa de ordenador. Son de uso frecuente en el campo de las ciencias sociales. “Algunas de las que se denominan teorías socia les no son sino modelos basados en una analogía con otros sistemas, bajo el supuesto de que las propiedades y regularidades establecidas en estos tendrán su correlato en los modelos sociales” (Gómez: 2003, 208).
encontrar una relación matemática que se comporte de la misma manera que el sistema que intentamos comprender. Además se puede incluir un conjunto de reglas e instrucciones que especifican con precisión una serie de pasos que deben darse, ya sean aritméticos, lógicos o geométricos. De modo sintético: el modelo se resuelve en el sistema de ecuaciones y expresiones matemáticas relacionadas que describen la esencia del problema. A pesar de su carácter formal, se parte del supuesto de que estas ecuaciones matemáticas son fértiles para describir lo que conocemos y anticipar el dinamismo de las cosas. Es más, la velocidad creciente de cálculo de las computadoras hace que los modelos matemáticos y la simulación gráfica resultante sean cada vez más usados en todo los ámbitos del saber, es
El uso de modelos no es nuevo en la ciencia. Lo nuevo es el enfoque introducido por las actualmente denominadas “ciencias cognitivas” o, con palabras de Simon, “ciencias de lo artificial”. “En prácticamente ningún manual sobre filosofía de la ciencia o filosofía de la técnica, por ejemplo, se alude de manera significativa al campo de la simulación. Y esto es particularmente grave cuando constatamos que, de hecho, el modelado y la simulación de sistemas constituye hoy en día una de las áreas de mayor desarrollo dentro de la propia ciencia y la tecnología. Y cuando constata mos que, además, el modelado y la simulación de sistemas pone en cuestión algunos de los esquemas filosóficos tradicionales más arraigados” (Vázques y Liz: 2002, 241; Álvarez Munárriz: 1990, 185). En este nuevo paradigma se prima la creatividad en la construcción de los modelos. Es un matiz esencial. No interesa tanto ver si estos modelos pueden generar o se pueden incardinar en una teoría completa, consistente y coherente (González Echeverría: 2000, 477). Lo que interesa es su fertilidad, es decir, si nos ayudan a conocer o avanzar en el conocimiento de los temas. La fertili dad de los modelos estriba en la posibilidad de ofrecer una mejor comprensión de los elementos de un sistema y del orden estructural que subyace a su funcionamiento (O’Reilly y Munakata: 2000, 421424 y ss.).
Este enfoque de la modelización posibilita una manera de hacer ciencia que se caracteriza por dos rasgos a primera vista contradictorios, pero que sin embargo son
la complejidad de los temas que requieren un tratamiento específico. Pero de otra el compartir los diferentes enfoques y perspectivas, todas ellas complementarias, con el fin de reducir la complejidad. Esta última característica de compartir y no comparti mentar el conocimiento es la que hace cada vez más difusas las fronteras entre las diversas disciplinas. Pero ello no implica una disolución reduccionista. Antes bien, la
necesidad de cooperación interdisciplinar, es decir, de colaboración de diferentes dis ciplinas para alcanzar una visión global de los temas complejos. “Y esto es así por que la ciencia significa búsqueda, lo que supone hallazgos, pero también aparición de nuevos interrogantes. En cuanto al acercamiento entre científicos y místicos, etcé tera, podríamos decir que esto sucede porque ante nuevos descubrimientos y nuevos horizontes la complejidad es mayor, y por tanto, se hace prácticamente indispensable la colaboración entre unos y otros. Además, cuanto más civilizada es la sociedad, el espíritu de colaboración y participación se hace más patente” (Caro Baroja: 1995, 7; Wagensberg: 2001, 13; Mora: 2001, 158).
El núcleo de los modelos o el hilo conductor que guía la investigación antropoló gica es la categoría de “Cultura”. De tal manera que desde una perspectiva metodoló gica la Antropología Social se puede describir como un estudio global, comparado y aplicado de la Cultura. Esta fue definida por Tylor como un “todo complejo que inclu ye el conocimiento, las creencias el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cua lesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad” (Tylor: 1874, 1). Una somera reflexión sobre esta clásica pero amplia descripción de Cultura nos permite deducir que se trata de una realidad “compleja” e “inabarcable”. En efecto, desde el punto de vista estructural podemos constatar que en la noción de Cultura se agrupan una gran cantidad de elementos que, aunque variados y heterogéneos, sin embargo, están articulados unitariamente. Y, desde un punto de vista procesual, también podemos afirmar que a lo largo de la historia de la humani dad la Cultura se ha concretado en una enorme variedad de manifestaciones y expre siones, como lo demuestra la riqueza de “culturas específicas” que existen y han exis tido en el planeta Tierra. Estas dos dimensiones nos muestran la imposibilidad de lle gar a un conocimiento total de la Cultura, a pesar de que sea una de las grandes aspi raciones de la Antropología social. Ahora bien, aun reconociendo esta limitación, en esta disciplina se aspira a lograr un conocimiento lo más exhaustivo posible de la tota lidad de culturas particulares. Ha sido y debe seguir siendo un objetivo primordial de
modelos, esto es, de configuraciones recurrentes en la conducta de los individuos, en sus descripciones, en sus procesos interpretativos, en el empleo de sus recursos natu rales y en la producción y el manejo de sus herramientas y artefactos” (Duranti: 1997, 130; González Guardiola: 2002, 8283 ; Valle: 2002, 31; Turner: 1997, XXV).
el estudio de la variabilidad y, consiguientemente, la diversidad de sistemas socio culturales que existen y han existido. Partiendo de los conocimientos aportados por la Etnografía —y conviene subrayarlo, pues de lo contrario construiríamos nuestros modelos en el vacío—, nos elevamos a un nivel superior de abstracción que podemos denominar reflexivo. “De la observación del objeto se pasa a una reflexión, a consi derar los datos recibidos y valorarlos, a entresacar lo esencial y rechazar los detalles superfluos, porque es imposible agotar todos los datos recibidos en la fase de obser vación. Puesto que la descripción no es una fotografía, debe hacerse una selección, evitando ser prolijos. Lo que se describe queda mediatizado —enfatizado o minimi zado— por el punto de vista del autor” (Álvarez: 2000, 40). Y un punto de vista ine ludible para el antropólogo es el “comparativo” (Gingrich y Fox: 2002, 19). Y es que si la Antropología Social aspira a ser una ciencia por derecho propio, a elaborar una teoría científica de la cultura, no se puede quedar en un nivel puramente descriptivo. Si pretende constituirse en un saber nomotético debe elevarse —sin renunciar a su vocación ideográfica e interpretativa— hacia lo general, y si fuera posible, universal a través de la comparación.
De cualquier manera, conviene subrayar que no es necesario ajustarse de una manera rígida a este proceso de construcción de modelos, ya que “imponer sobre el ejercicio de la imaginación científica los cánones de un sistema lógico codificado y bien ordenado es correr el riesgo de socavar la investigación” (Black: 1962, 230). De ahí que, como proceso de investigación, en manera alguna debemos encuadrarlo y entenderlo a la luz de una metodología inductivista que distinguía entre “etnografía,
etnología y antropología” (González Echeverría: 2000, 475). Se puede mantener la terminología para exponer las etapas de investigación, pero partiendo del supuesto de que en cualquiera de ellas se pueden y se deben usar los tres tipos de métodos: inductivo, deductivo y abductivo. Además, dependerá del tema y del nivel de inves tigación en el que se halle el problema que se plantea y se quiere resolver para rea
se facilita la investigación destinada a la obtención de nuevos conocimientos cien tíficos […] Estos procedimientos de ningún modo constituyen un corsé rígido.
sión rígida de órdenes. Las normas de procedimiento deben adaptarse más bien a las exigencias concretas del problema, a los intereses y objetivos del investigador, a las cualificaciones de los miembros del equipo, a la asequibilidad de los objetos de investigación (por ejemplo: también bajo limitaciones derivadas de la protección de datos), a las posibilidades financieras y al tiempo disponible” (Heinemann: 2003, 13). Es más, se puede afirmar que el gran reto de la Antropología Social en nuestros días es centrarse en el tercer momento, es decir, en el prospectivo: diseñar alterna tivas de futuro, elaborar nuevos modelos de sociedad que despierten el interés y la fuerza creativa de los ciudadanos. La razón es simple: estamos ante un futuro abier to e incierto, y reflexionar sobre él para imaginarlo y orientarlo según nuestros valo res y necesidades no solo es un reto, sino también una exigencia social. “El proble ma que la Antropología contemporánea enfrenta no está tanto en las otras culturas como en la nuestra, en esa disgregación de la unidad personal, en el olvido del suje to y su responsabilidad, progresivamente sustituido por una visión mecanicista de sus partes, apéndice de los sistemas sociales en los que inercialmente se encuentra, diluyéndose en sus circunstancias un sujeto que con ello ha perdido la capacidad de otear su horizonte. Este es, sin duda, un problema antropológico merecedor de toda la atención de las ciencias sociales: estudiar esa figura humana que la historia y la cultura de nuestro tiempo está creando y que arrastra, desde el fondo de su historia, una honda quiebra con su tradición y un denodado esfuerzo a ciegas por construir se” (Sanmartín: 2003, 146; Buxo: 2002, 159; Herrera: 2001, 28).
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