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Asignatura: Diplomàtica, Profesor: Carbonelll,M Jose, Carrera: Història, Universidad: UV
Tipo: Apuntes
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Profª Mª Luz Mandingorra Llavata (Grup A)
Prof. José Vicente Boscá Codina (Grup B)
Profª. Mª. José Carbonell Boria (Grup C)
Prof. Vicent Pons Alós (Grup C)
Grup C – Prof. Mª J. Carbonell – V. Pons
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alemán o anglosajón, puesto que materialmente han sido escritos en alfabeto latino.
Desde un punto de vista amplio, la escritura puede ser definida como un sistema del que el hombre se sirve para fijar, de modo estable y comprensible para otros, el lenguaje mediante símbolos o signos, que pueden ser interpretativos del pensamiento, y, por ello, figurativos (ideogramas), o interpretativos de los sonidos, y, por ello, convencionales (escrituras alfabéticas). La escritura desarrolla al mismo tiempo la función de medio de conservación y medio de transmisión de los mensajes, es decir, de comunicación. Su importancia en la historia de la humanidad es tal, que cada vez parece más razonable dividir la misma historia en dos grandes períodos, el precedente a la adopción de la escritura (en cualquier sistema) y el posterior a ella. Cfr., en general, dos importantes contribuciones de G.R. Cardona: Antropologia della scrittura, Torino, 1981 (trad. cast. Antropología de la escritura , Barcelona, Gedisa, 1994), y Storia universale della scrittura , Milano, 1988.
Además de con este significado general, el término “escritura” puede ser utilizado en paleografía también para indicar tipos particulares en el interior de la especie general, y por ello se dirá: “escritura latina”, “escritura griega”, etc., en un sentido amplio; pero también, en el interior de la primera, se hablará de una “escritura beneventana”, de una “escritura visigótica”, o de una “escritura carolina”, y así sucesivamente. En el interior de la segunda, se hablará de una “escritura mayúscula bíblica”, de una “escritura de as de picas”, etc. El objeto de estudio de la paleografía latina está, por lo tanto, constituido por todo testimonio manuscrito en alfabeto latino desde los orígenes de la escritura latina (siglo VII antes de Cristo) hasta la difusión de la imprenta de caracteres móviles en los países de Europa occidental.
Distinguimos aquí la “invención de la imprenta”, que se sitúa en torno a la mitad del siglo XV por lo que se refiere a Europa, de su difusión generalizada en Italia, Alemania, Francia, Países Bajos, etc., porque sólo la difusión generalizada de la imprenta de caracteres móviles y la producción de un gran número de libros, cada uno de ellos impreso en muchas copias, modificó profundamente las condiciones de la producción manuscrita y, en consecuencia, las características y las líneas de evolución de la escritura a mano.
Este amplio arco de siglos ha producido un número enorme de “escritos”, desde las inscripciones sobre piedra o mármol, a las inscripciones parietales, de los papiros a los códices tardoantiguos,
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altomedievales y tardomedievales, en pergamino primero y después en papel, desde los documentos públicos y privados a los testimonios individuales: cartas, cuentas, apuntes, etc. Frente a una tan considerable y heterogénea masa de material, ¿cuáles son las preguntas que se plantea el paleógrafo, preguntas que definen los objetivos y, en parte, el método de su investigación?
Ante todo, la del ¿QUÉ? Una pregunta elemental, cuya respuesta consiste en la lectura del texto que presente el testimonio estudiado en ese momento; lectura que debe ser crítica, es decir, interpretativa, que, para alcanzar buenos resultados, debe presuponer una vasta serie de conocimientos técnicos, genéricos o específicos (desde el de los sistemas abreviativos antiguos y medievales, al de los usos cancillerescos y de los formularios notariales, desde el de las ordenanzas militares o administrativas romanas o medievales, al del lenguaje literario del autor que se transcribe, o hasta los usos litúrgicos de la iglesia de la que se transcribe un calendario) y que debe, en todo caso, conducir a una exacta transcripción, realizada según una determinada técnica.
Pero si la paleografía se limitase a esto sería sólo una disciplina, como se acostumbraba a decir en otro tiempo, “auxiliar de la historia”, mientras que, por el contrario, en su específico campo, es, y de modo totalmente autónomo, historia.
Después de haber leído o, de hecho, durante la lectura, se le plantean al paleógrafo otras dos preguntas: ¿CUÁNDO? ha sido escrito este testimonio (códice o lápida, carta o apunte) = problema de la datación de la pieza, y ¿DÓNDE? = problema de la localización.
Son éstas unas preguntas que se plantean especialmente frente a los códices, esto es, los testimonios escritos de carácter librario que (a diferencia de los documentos o de algunas inscripciones) sólo con muy poca frecuencia, en el Occidente latino, proporcionan una datación explícita. Y se trata de preguntas de gran importancia para el estudio de la tradición manuscrita de cualquier texto, en cuanto que es fundamental, con el fin de establecer las relaciones entre diversos manuscritos, por ejemplo, de Virgilio o de Boecio, saber que uno de ellos es del siglo IX y originario del monasterio francés de San Martín de Tours, mientras que otro es del
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desde un punto de vista estético: como puede suceder frente a un folio cubierto de ideogramas chinos, o de jeroglíficos egipcios, que no sabemos leer, pero de los que sí disfrutamos la armonía compositiva.
La respuesta a la pregunta del ¿CÓMO? consiste en el estudio de la técnica de ejecución de los diferentes tipos de escritura, estudio que ha conducido, y aún puede conducir, a grandes resultados en la explicación de algunas modificaciones decisivas acaecidas a lo largo de la historia de la escritura latina (a este respecto, la obra fundamental de Jean Mallon, Paléographie Romaine, Madrid, 1952, sigue siendo un clásico); y también en el establecimiento de influencias recíprocas entre diferentes escuelas de escritura a través de la difusión de hábitos gráficos particulares o de instrumentos escritorios nuevos e innovadores (plumas con diferente corte, nuevos formatos del libro, etc.), y en el análisis de escrituras personales de especial relieve. El estudio de la técnica gráfica, ampliado a la valoración de la escritura en su conjunto, de su colocación en la página y de su significado estético general, permite, por otra parte, comparar los productos gráficos con otros productos artísticos de una misma época (por ejemplo, escritura gótica y arquitectura gótica en los siglos XIII y XIV) y descubrir en ellos nuevos y preciosos testimonios del gusto de una determinada época y de un determinado ambiente.
Hoy, por otra parte, las limitaciones de un método de estudio de la escritura latina (y no sólo latina), basado esencialmente en el análisis gráfico, parecen cada vez más estrechas e inadecuadas para satisfacer intereses más amplios, de naturaleza propiamente histórica, que tienden a transformar de modo decisivo la paleografía entendida “stricto sensu” en “historia de la escritura” y esta última en historias de individuales, concretas, “situaciones de escritura” (encuadradas, cada una de ellas, en su propio ambiente socio-cultural) y del conjunto de la producción de testimonios escritos que dicho ambiente tiene necesidad de crear y utilizar.
Por ello, surgen y se imponen otras preguntas, además de aquellas a las que los paleógrafos de este siglo y del anterior estaban habituados a responder. Y son las preguntas, no del cuándo, del dónde y del cómo, sino del ¿QUIÉN?, es decir, de quién ha realizado ese determinado testimonio escrito que tenemos ante los ojos y, aún más, de quién sabía escribir y de cuántos sabían escribir en esa determinada época y en ese ambiente
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concreto; y del ¿POR QUÉ?, es decir, de las razones por las que en cada época era utilizada la escritura y, más en general, de la función que la escritura tenía en cada sociedad organizada.
El planteamiento mismo de estas preguntas transforma, en cierto sentido, el método tradicional de la paleografía, no sólo porque considera la escritura en el ámbito de la sociedad que la ha producido, sino sobre todo porque, en lugar de partir del estudio de las formas gráficas para después unirlas a otras manifestaciones de la sociedad contemporánea, parte precisamente del estudio del significado que una sociedad determinada, formada necesariamente (en la antigüedad y en la edad media, pero también en época moderna) de escribientes y de no escribientes (aún más, de alfabetizados, semialfabetizados y analfabetos), atribuía a la escritura, y del conocimiento del número y de la calidad de los escribientes en esa determinada sociedad; para unir posteriormente a los resultados de estas investigaciones, el estudio de todas las formas gráficas producidas por esa sociedad en su diversidad y en conjunto, y explicar con la lógica de tal vinculación y tal confrontación, las actitudes generales de esa misma sociedad respecto a la escritura y a la cultura y, viceversa, las particularidades de las formas gráficas adoptadas, sus cambios, las influencias estilísticas por ellas experimentadas o ejercitadas.
En una perspectiva de objetivos y de método de este tipo, no se puede prescindir de la consideración de dos factores generales y siempre válidos, que se refieren directamente y en todas las épocas y ambientes a la relación fundamental entre formas gráficas y sociedad en la que dichas formas gráficas son producidas. Tales factores son:
La difusión social de la escritura , entendida genéricamente como pura y simple capacidad de escribir, incluso al más bajo nivel, es decir, como porcentaje numérico de individuos que en cada comunidad se hallan en disposición de utilizar activamente los signos del alfabeto.
La función que la escritura asume en el ámbito de cada sociedad organizada y que cada tipo gráfico a su vez asume en el ámbito del ambiente concreto que lo produce y utiliza.
Para este nuevo tipo de planteamiento de la metodología y de los objetivos de la paleografia, cfr. A. Petrucci, Scrittura e libro nell'Italia altomedievale, en Studi Medievali, X,
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¿Qué es la Diplomática? La pregunta no resulta ociosa, ya que, pese a la divulgación de las disciplinas históricas más allá de los confines rigurosamente científicos, aún hoy se produce la confusión, incluso entre personas llamadas de cultura, de la diplomática con la diplomacia. Para responder, sin embargo, es necesario referirse en primer lugar al objeto específico de la materia, es decir, al documento, y dar una definición del mismo que lo individualice en todas y cada una de sus características.
Es sabido que la palabra documento designa, en el lenguaje común, a todo aquello que proporciona testimonio de un hecho, y tiene una acepción tan vasta como genérica. El vocablo ha entrado, por lo demás, con matices de significado diferentes, en la terminología técnica de varias disciplinas, pero puede decirse que sólo en el lenguaje jurídico y en el de la diplomática se han ofrecido del mismo explicaciones puntuales, necesarias, en cada caso específico, para identificar con precisión el objeto y los límites de la investigación. De hecho, mientras, otras ciencias buscan en el documento nada más que la prueba de sus propias construcciones teóricas, la diplomática estudia el documento en sí mismo, en sus formas más aún que en su contenido, y, por ello, debe subrayar todos sus aspectos. Después de la explicación de Theodor von Sickel ( Acta regum et imperatorum Carolinorum , I, p. 1), para quien son documentos “los testimonios escritos, redactados según una forma determinada -aunque variable en relación al lugar, la época, la persona, el negocio- sobre hechos de naturaleza jurídica”, explicación retomada, con palabras casi idénticas, por Harry Bresslau
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2 PRATESI, A., Genesi e forme del documento medievale. 2ª ed. Roma, Jouvence, 1987, pp. 11-16. Traducció a càrrec de José Vicente Boscá Codina i Mª Luz Mandingorra Llavata.
( Handbuch der Urkundenlehre , I, p. 1) y por Alain de Boüard ( Manuel de diplomatique , I, pp. 32 sg.), y, la más amplia pero, al mismo tiempo, más vaga de Arthur Giry ( Manuel de diplomatique, p. 4), la definición más exacta del documento en sentido diplomático ha sido ofrecida por Cesare Paoli ( Diplomatica , p. 18): el documento es “un testimonio escrito de un hecho de naturaleza jurídica, compilado con la observancia de ciertas determinadas formas, que están destinadas a procurarle fe y a conferirle fuerza de prueba”.
Tres elementos fundamentales se derivan de esta definición: la circunstancia de la escritura, por la que no entra en el objeto de la diplomática cualquier elemento de prueba sino sólo la atestación “escrita”; la naturaleza del contenido, en base a la que escapan a la crítica del diplomatista todos los escritos que no hayan sido redactados con la finalidad precisa de transmitir un acto cuyas consecuencias se resuelven en relaciones jurídicas concretas; la forma de la redacción, que debe responder a normas precisas, si bien variables según el tiempo, el lugar, las personas, el contenido, de tal modo que confieren al documento la credibilidad necesaria, es decir, esa capacidad probatoria que no puede ser negada en modo alguno, al menos mientras no se demuestre que se trata de un falso. En la actualidad, se advierte, por otra parte, la tendencia a ampliar el concepto de documento más allá de los límites de su estrecha relación con la naturaleza rigurosamente jurídica de su contenido: pero, puesto que aún no han sido precisadas las líneas fundamentales de esta nueva y más amplia diplomática, no será tenida en cuenta en el presente tratado.
La diplomática es, por lo tanto, la ciencia que tiene por objeto el estudio crítico del documento, en la acepción arriba especificada, con el fin de determinar su valor como testimonio histórico , no sólo en la esfera de la historia en general, o de la historia política, sino también en la de la historia económica, la historia social, la historia de la lengua. El documento, de hecho, presentando la aplicación práctica de leyes y costumbres que los textos jurídicos sólo revelan parcialmente en su formulación teórica, refleja siempre una determinada situación política, social, económica; además, en cuanto atestación escrita, fija en el tiempo fases de la evolución lingüística que los textos literarios y cronísticos no ilustran suficientemente.
El término “diplomática” entró en uso a través del título del primer gran tratado de esta disciplina: los seis libros De re diplomatica de Jean Mabillon (1681). Del griego F 06 4F 06 9F 07 0F 06 CF 06 FF 07 7 “hago doble”, el vocablo diploma fue utilizado en la antigüedad clásica
para indicar originariamente los documentos escritos sobre dos tablillas unidas entre ellas por una charnela (dípticos), pero desde el inicio de la época imperial hace referencia, preferentemente, a tipos particulares de documento emanados por el Senado o por el emperador, como los permisos de circulación a arbitrio del cursus publicus , el
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inadecuado para la comprensión de muchos problemas estrechamente conectados con la realidad histórica en la que nace el documento. Por lo tanto, sin perder de vista el encuadre adquirido con la antigua línea metodológica, la diplomática debe tender hoy, sobre todo, a reconstruir esquemáticamente el proceso de documentación en sus diferentes fases, siguiendo un método histórico, con el fin de establecer la autenticidad de cada testimonio controlando la adherencia de sus formas a la praxis desarrollada en ese ambiente particular para ese determinado tipo de documento, y de ofrecer, por otra parte, una contribución más importante a la historia en su sentido más amplio, a través de un conocimiento profundo de los ordenamientos y de las instituciones de las que procede la documentación.
Hay que señalar que la tradición de escuela ha impuesto a la diplomática algunas limitaciones de carácter geográfico y cronológico, restringiendo el campo de investigación a la Edad Media y al Renacimiento en el mundo occidental (documentos en lengua latina y vulgar): limitación que perjudica la comprensión de tales fenómenos, pero que no es superable en una exposición sumaria, tanto porque la diversidad de las instituciones jurídicas comporta un concepto diverso del documento, incluso en civilizaciones que tienen evidentes puntos de contacto con el medioevo occidental (por ejemplo, el mundo clásico, el bizantino, el árabe), como porque no se cuenta aún con una manualística dirigida al estudio del documento en esas civilizaciones (sólo para el ámbito bizantino se dispone ahora de investigaciones puntuales, tras el impulso dado por los ensayos de Franz Dölger).
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2.1. En relació amb la funció social de l’escriptura:
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2.2. En relació amb la difusió social de l’escriptura:
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El subscriptor delegat pot ésser fort, quan es tracta d’un professional de l’escriptura (notari o escrivà), o feble, quan es tracta d’un escrivent no professional. La major part dels subscriptors delegats febles provenen de l’ambient familiar o professional del delegant.
3. TERMINOLOGIA PER A L’ANÀLISI DELS DOCUMENTS DIPLOMÀTICS:
3.1. Categories generals:
-Documents semipúblics: Són els emanats per autoritats menors (senyors feudals, bisbes, etc.) que, en no disposar d’una oficina pròpia per a la redacció i l’expedició dels documents, recorren al treball dels escrivents que produeixen els documents privats, tot i que,
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freqüentment, els prenien al seu servei i els hi imposaven, doncs, a l’hora de redactar el document, determinats cànons particulars que li conferien una certa solemnitat.
3.2. Les persones:
3.3. La descripció externa del document:
-Caràcters extrínsecs: Són aquells que es refereixen a la factura material del document i en constitueixen l’aparença exterior, de manera que poden ésser examinats independentment del seu contingut (matèria escriptòria, escriptura i signes especials).
3.4. La descripció interna del document:
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