












































































Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
nvbfems.v.dmv.dfmvmbfbedfgbfgbefb
Tipo: Apuntes
1 / 84
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!













































































Como se verá más adelante, Pigmalión necesita, no un prefacio, sino un apéndice, que he puesto en su debido lugar.
Los ingleses no tienen respeto a su idioma y no quieren enseñar a sus hijos a hablarlo. Lo pronuncian tan abominablemente que nadie puede aprender, por sí solo, a imitar sus sonidos. Es imposible que un inglés abra la boca sin hacerse odiar y despreciar por otro inglés. El alemán o el español suena claro para oídos extranjeros; el inglés no suena claro ni para oídos ingleses. El reformador que hoy le haría falta a Inglaterra es un enérgico y entusiástico conocedor de la fonética. Por esta razón, el protagonista de mi obra es el tal conocedor.
Entusiastas por el estilo han existido en los tiempos pasados, pero clamaban en el desierto.
Cuando yo empecé a interesarme por el asunto, el ilustre Alexander Melville Bell, el inventor del lenguaje visible, había emigrado al Canadá, donde su hijo inventó el teléfono; pero Alexander J. Ellis seguía siendo un patriarca londinense, con una cabeza llamativa, siempre cubierto de un solideo de terciopelo, por lo que solía, de un modo muy cortés, pedir perdón en las reuniones públicas. Él y Tito Pagliardini, otro fonético veterano, eran hombres a quienes era imposible no querer. Henry Sweet, entonces un joven, no participaba de su suavidad de carácter; basta con decir que era tan poco tolerante para con las personas convencionales como Ibsen o Samuel Butler. Su gran aptitud como fonético (paréceme que de los tres era el que más valía profesionalmente) debiera haberle hecho merecedor de los favores oficiales, y tal vez haberle proporcionado los medios para popularizar sus métodos; pero lo impidió su satánico desprecio de todas las dignidades académicas y, en general, de todas las personas que tienen en más estima el griego que la fonética. Una vez, en los días en que el Instituto Imperial se había levantado en South Kensington y Joseph Chamberlain estaba atronando el país con su política imperialista, yo induje al director de una principal revista mensual a solicitar un artículo de Sweet por la importancia que había de tener para la política imperante.
Cuando leyeron el artículo, vieron que se reducía a un furibundo ataque contra un profesor de lenguas y literatura, cuya cátedra, según Sweet, no podía estar ocupada sino por un inteligente en ciencia fonética. El trabajo hubo de ser rechazado, y yo tuve que renunciar a realizar mi ensueño de poner en candelero a su autor. Cuando le encontré otra vez, más adelante, después de muchos años, vi con asombro mío que él, que había sido un joven muy
alumnos hacían rápidos progresos. Sweet no pudo organizar su mercado de este modo. Era como una sibila que abrió de par en par el templo de la profecía cuando nadie quería entrar.
Su manual de cuatro chelines y seis peniques, en su mayor parte litografiado y reproduciendo sus apuntes, que nunca fue anunciado en la Prensa, tal vez algún día sea recogido por un Sindicato y lanzado a la circulación como el Times ha lanzado la Enciclopedia Británica. Pero hasta tanto, seguramente no prevalecerá contra Pitman. He comprado en mi vida tres ejemplares de dicho manual, y los impresores me dicen que les queda un gran número de ellos. Me tomé el trabajo de aprender el método de Sweet, y, sin embargo, para taquigrafiar las presentes líneas el método que empleo es el de Pitman. Y la razón de ello es que mi secretaria no sabe transcribir a Sweet por haber aprendido a la fuerza a Pitman en las escuelas. Por eso Sweet se rio de Pitman tan vanamente como Tersites se rio de Ayax. Con toda su risa, no logró desbancar a su competidor. Pigmalión Higgins no es un retrato de Sweet, para quien la aventura con Luisa Doolitle hubiese sido imposible. Sin embargo, hay en el personaje rasgos que son de Sweet. Con el físico y el temperamento de Higgins puede que Sweet hubiese hecho arder en llamas el Támesis. Tal como fue supo llamar la atención de los fonéticos de Europa lo suficiente para que su oscuridad personal y su fracaso en Oxford sean todavía objeto de asombro y los profesionales estén convencidos de sus grandes méritos.
No censuro a Oxford, porque creo que Oxford tiene perfecto derecho de exigir cierta amenidad social de su personal docente (¡Dios sabe cuán exigua es esa exigencia!); porque aunque bien sé cuán difícil es para un hombre genial no apreciado en su valor mantener relaciones amables y serenas con los que le menosprecian, de todos modos, por mucho que sea su rencor y su desdén para con ellos no puede esperar que, demostrándoselo a diario, le paguen sus desplantes con manifestaciones de cariño y de respeto.
De las ulteriores generaciones de fonéticos sé poco. En ellos descuella el poeta laureado, al que tal vez Higgins le deba sus simpatías miltonianas, aunque también en esto debo hacer constar que no he retratado a Sweet ni a nadie. Pero si mi obra contribuye a llevar al conocimiento del público que existen realmente personas dedicadas a la fonética y que pertenecen a las clases más ilustradas de Inglaterra en la actualidad, no habrá sido escrita en vano. Puedo vanagloriarme de que Pigmalión ha tenido un extraordinario éxito en los teatros de Europa y de América, lo mismo que en Inglaterra. Es tan intensa e intencionalmente didáctico, y su asunto, al mismo tiempo, es tan árido de por sí, que no puedo por menos de regocijarme ante tales éxitos, al pensar en los corifeos de la crítica, que no cesan de proclamar que el arte nunca debe ser didáctico. Aquí está la prueba de lo bien fundado de mi punto de vista.
Finalmente, para animar a los que se apuran por su mala pronunciación, temiendo que ésta les obstruya el camino a altos empleos, añadiré que el cambio maravilloso operado en la pobre florista por el profesor Higgins no es imposible ni descomunal. La hija del portero moderno, que llena su ambición haciendo la reina de España en Ruy Blas, en el Théâtre Français, es uno solo de los muchos miles de personas que se han despegado de su acento nativo y adquirido un nuevo modo de hablar. Pero la cosa debe hacerse científicamente para evitar que el remedio sea peor que la enfermedad. Un acento nativo franco y natural, por malo que sea, es más tolerable que los esfuerzos de una persona fonéticamente ineducada para imitar el vulgar dialecto de los deportistas aristocráticos. Y duéleme tener que decir que, a pesar de la enseñanza de nuestra Academia de Arte Dramático, en los escenarios ingleses quedan todavía demasiados dejes y resabios viciosos, y no florece bastante la noble dirección de Forbes Robertson.
Una DONCELLA. CABALLERO (CORONEL PICKERING). EL DE LAS NOTAS (ENRIQUE HIGGINS). ALFREDO DOOLITLE. Un DESCONOCIDO.
Un GOLFO. Un GUASÓN. Un CIRCUNSTANTE SARCÁSTICO.
ESPECTADORES, TRANSEÚNTES.
FREDDY. — Allí no había ninguno. LA HIJA. — Pero ¿tú fuiste allí? FREDDY. — Fui hasta la estación de Charing Cross. Supongo que no querrías que hubiese ido a Hammersmith.
LA HIJA. — Tú no fuiste a ninguna parte. LA MADRE. — La verdad, Freddy, es que tú eres muy torpe. Anda, vete otra vez y no vuelvas sin un coche. No podemos pasar la noche aquí.
FREDDY. — Si os empeñáis, iré; pero me calaré en tonto. LA HIJA. — Como lo que eres. A ti todo te sale por una friolera, mientras tanto...
FREDDY. — Bueno, bueno; no hables más, y sea lo que Dios quiera. (Abre su paraguas y sale corriendo, pero tropieza con una florista que viene precipitadamente para resguardarse de la lluvia, y cuyo canasto de flores se cae al suelo de modo lastimoso. Un relámpago deslumbrador seguido de fuerte trueno ilumina el incidente.)
LA FLORISTA. — ¡Anda, pasmao! ¡Vaya con el señorito cegato! Nos ha amolao el cuatro ojos. ¡Ay, qué leñe!
FREDDY. — Bastante lo siento, pero tengo prisa. (Escapa corriendo.) LA FLORISTA. — (Recogiendo sus flores y volviendo a colocarlas en el canasto.) ¡Vaya unas maneras que tienen algunos! ¡Moño, las tienen de...! ¡Y poco barro que hay! ¡Pues ya nos hemos ganao el jornal! (Se agacha y sigue arreglando sus flores lo mejor que puede, al lado de la señora. No es una muchacha muy hermosa. Tiene unos dieciséis años. Su traje modesto está bastante ajado. Su calzado se halla en mal estado. Su tez atestigua el efecto continuo de la intemperie. No es que, en general, no esté limpia y algo cuidada; pero, al lado de las señoras elegantes, el contraste es bastante grande. Sin embargo, se ve que con un poco de cuidado sería una muchacha muy aceptable.)
LA MADRE. — No sea usted deslenguada, que mi hijo lo hizo sin querer. LA FLORISTA. — Anda, ¿conque es hijo de usted, señora? Bien. Pues mire: podrá usted pagarme las flores estropeás. No se figure usted que a mí me las regalan.
LA HIJA. — ¡Pagarle las flores! No faltaba más; haber tenido usted cuidado.
LA MADRE. — Ten juicio, Clara, que la chica sale perjudicada. ¿Tienes dinero suelto?
LA HIJA. — No llevo más que una pieza de seis peniques. LA MADRE. — Pues venga. Toma, chica, por lo que te han estropeado. LA FLORISTA. — Muchísimas gracias, señora, y que tenga usted mucha saluz.
LA HIJA. — Seis peniques tirados... No vale un penique todo el canasto. LA MADRE. — Calla, mujer; no vale la pena. LA FLORISTA. — ¡Qué buena es la señora! ¡Si toas fuan así!... LA MADRE. — Bueno. Pero otra vez no hagas tantas alharacas. LA FLORISTA. — ¿No ha de gritar una cuando la pisan un callo? (Un caballero ya entrado en años, al parecer militar retirado, de aspecto jovial, viene corriendo a refugiarse en el pórtico. Su gabán chorrea agua. Sus pantalones están en el mismo estado que los de
FREDDY. Debajo del gabán lleva traje de sociedad. Ocupa el sitio de la izquierda dejado vacante por CLARA, que se ha retirado hacia adentro.)
EL CABALLERO. — ¡Vaya un tiempecito! LA MADRE. — (Al CABALLERO.) Ya, ya; me parece que hay para rato. EL CABALLERO. — Es lo que temo. Parecía que iba a aclarar, y ya ve usted cómo cae ahora. (Se acerca a la FLORISTA, después de haberse remangado los pantalones.)
LA FLORISTA. — (Trata de entablar conversación con el CABALLERO.) Cuando cae así, con fuerza, no crea usted, cabayero, es que pronto se acaba. Ande, mi general, cómpreme un ramiyete.
EL CABALLERO. — Lo siento, hija, pero no tengo cambio. LA FLORISTA. — Por eso no lo deje, que yo puedo cambiarle. EL CABALLERO. — ¿Un "soberano"? No llevo menos. LA FLORISTA. — ¡Anda la mar! Si tuviá yo un "soberano", estaría yo ahora en un palco de la Ópera. Mírese a ver si tiene medio penique.
EL CABALLERO. — Vaya, no molestes. ¡Cuando te digo que no llevo! (Buscando por sus bolsillos.) ¿No lo he dicho?... ¡Calla! Aquí tengo seis peniques en plata; a ver si nos arreglamos.
LA FLORISTA. — Pues sueltos llevo cinco peniques. Tome dos ramiyetes y los cinco dichos. Le sale a medio penique ca ramiyete. Me paece que... (Da un grito, pues un vendedor de periódicos, de unos doce años, acaba de pellizcarla en el brazo.) ¡Golfo, marrano! ¿Qué ties tú que pellizcarme?
más que ver su calzado. (Explicando al de las NOTAS.) Aquí la gachí le ha tomao por otro. S'ha figurao qu'era usté un guiri.
EL DE LAS NOTAS. — (Con súbito interés.) ¿Un guiri? ¿Qué es? EL DESCONOCIDO. — (Que no tiene aptitudes para las definiciones.) Pues le diré: un guiri es... un guiri. Eso es. No lo sé decir d'otro modo.
LA FLORISTA. — (Muy nerviosa.) Juro por la saluz de mi madre, que en paz descanse, que yo no he hecho naa.
EL DE LAS NOTAS. — (Altanero, pero de muy buen humor.) Cállate, si puedes, que me pones nervioso. Ya comprendo; ¿tengo yo facha de policía?
LA FLORISTA. — (Lejos de tranquilizarse.) Pues, entonces, ¿a qué viene el tomar apuntes? ¡Yo qué sé lo que habrá escrito ahí! Enséñemelo a ver. (El de las NOTAS abre su cuaderno y se lo pone debajo de las narices, por más que la presión de los que tratan de leer por encima de sus hombros daría en tierra con un hombre menos fuerte que él.) ¿Qué dice? Yo no sé leer eso.
EL DE LAS NOTAS. — Yo, sí; escucha. (Lee reproduciendo exactamente la fonética, de la muchacha. Para que la ilusión sea completa, la misma actriz puede hablar, haciéndose creer al público que es el presunto imitador.) "Cuando cae así, con fuerza, no crea usté, cabayero, es que pronto se acaba. Ande, mi general, cómpreme un ramiyete..."
LA FLORISTA. — ¡Qué voz pone! Pero vamos a ver: ¿es un crimen el que yo haya llamao general al señor cuando tal vez no sea más que coronel? (Dirigiéndose al CABALLERO.) Usté dirá, cabayero, si me he propasao en algo.
EL CABALLERO. — Nada, mujer. (Al de las NOTAS.) Si es usted de la secreta, le diré que la muchacha no ha faltado ni a mí ni a nadie. Está en su perfecto derecho, creo yo, al tratar de vender sus flores.
Los CIRCUNSTANTES. — (Juntándose en su poca simpatía por la Policía.) ¡Claro! ¡Qué ganas de meterse donde nadie le llama! Esto no se ve más que en este país. ¡Si creerá que con esas chinchorrerías se va a ganar el ascenso! Le digo a usted que ni en la Papuasia. ¡Que se vaya a tomar el fresco!..., etcétera. (La chica, al ver que tantos toman su defensa, se engríe y mira retadora a su supuesto enemigo.)
EL DESCONOCIDO. — Pero, señores, ¡si está visto que ese señor no es de la Policía! A mí me parece que es un guasón que quie tomarnos el pelo.
EL DE LAS NOTAS. — ¡Qué listo es usted! Bien se ve que ha nacido usted en Whitechapel.
EL DESCONOCIDO. — (Atónito.) ¿Cómo lo sabe usted?
EL DE LAS NOTAS. — (Sonriendo.) Por un pajarito que me lo dice todo. (A la FLORISTA.) También tú eres de por allí.
LA FLORISTA. — Sí, sí; en aquel barrio nací; no lo puedo negar; pero no me vaya usted a multar por ello..., que no lo volveré a hacer. (Risas.) Ahora vivo en Lisson Grove. Esto supongo que no es un crimen. (Empieza nuevamente a lamentarse.)
EL DE LAS NOTAS. — (Sonriendo.) Vive donde te dé la gana, pero cesa de gimotear. ¡Caramba!
EL CABALLERO. — Anda, muchacha, serénate, que nadie se mete contigo.
LA FLORISTA. — (Todavía quejumbrosa, en voz baja.) Soy una muchacha honraa.
EL CIRCUNSTANTE SARCÁSTICO. — Si todo lo adivina, dígame: ¿en qué calle me he criado yo?
EL DE LAS NOTAS. — (Sin vacilar.) En la de Hoxton. (Sensación. El interés por los conocimientos del tomador de notas aumenta.)
EL CIRCUNSTANTE SARCÁSTICO. — (Atónito.) Pues es verdad. ¡Qué hombre! ¡Lo sabe todo!
LA FLORISTA. — No es una razón para meterse conmigo. EL CIRCUNSTANTE SARCÁSTICO. — Claro que no; ni con nadie que no haya cometido falta alguna. A ver si resulta un policía "ful". Si no, que enseñe la insignia.
ALGUNOS. — (Animados por esta apariencia de legalidad.) Eso es: que enseñe la insignia.
EL DESCONOCIDO. — No saben ustedes distinguir. Ese señor no es policía. Es Onofrof, el adivinador de pensamientos. Le he visto trabajar en el circo. (Alzando más la voz.) Oiga usted, musiú: díganos de dónde es aquel caballero al que llamó general la muchacha.
EL DE LAS NOTAS. — Es de Cheltenham. Estudió en Cambridge y ha vivido últimamente en la India.
EL CABALLERO. — Totalmente cierto. (Gran risa general. Reacción a favor del tomador de NOTAS. Exclamaciones de asombro.) ¡Pues sí que lo entiende! ¡Hay que ver! ¡Parece mentira! Dispense la pregunta, caballero: ¿es usted artista de "varietés"?
EL DE LAS NOTAS. — No, señor; pero no digo que no lo sea algún día. (La lluvia cesó y las primeras filas comenzaron a alejarse.)
Nada, nada; no ha pasado nada. Porque ya se sabe, a lo mejor, en estas apreturas... (Se aleja.)
LA FLORISTA. — Debiera denunciarle, por coación. LA MADRE. — Ya escampó, Clarita. Podemos ir a tomar un autobús. Anda, vamos. (Se remanga las faldas y echa a andar.)
LA HIJA. — Pero, mamá, el coche de punto... (La MADRE ya está fuera del alcance de su voz. CLARA no tiene más remedio que apretar el paso detrás de ella.) ¡Qué fastidio! (Todos se van, menos el de las NOTAS, el CABALLERO y la FLORISTA, que está arreglando su canasto, lamentándose a media voz.)
LA FLORISTA. — ¡Vaya una vida perra la que tiene una! ¡Cuánto hay que sudar para ganarse un triste piri! Y encima la amuelan a una de todas las maneras.
EL CABALLERO. — (Acercándose al de las NOTAS.) Me interesa mucho lo que acabo de oír. ¿Cómo hace usted?
EL DE LAS NOTAS. — Pues, sencillamente, tengo buen oído y buena memoria, y luego me he dedicado al estudio de la fonética. Esto es mi profesión y mi afición. ¡Dichoso el que tiene una profesión que coincide con su afición! Lo corriente es distinguir por el acento a un irlandés, a uno de Yorkshire. También es fácil conocer el origen de los extranjeros que hablan inglés, por bien que lo hablen. Pero mi especialidad es distinguir los miles de acentos que hay dentro de Inglaterra, con una diferencia local de seis millas. Hasta distingo los acentos de los diferentes barrios de Londres. Como usted sabe, cada población presenta en su vocabulario y en el modo de pronunciarlo matices característicos, y hasta podría decirse que cada familia tiene dejos y expresiones que le son peculiares. Pues yo todo esto lo apunto y lo guardo en la memoria. Además, poseo grandes conocimientos lingüísticos y tengo el don de imitar cualquier voz, cualquier entonación, cualquier acento.
LA FLORISTA. — Sí, sí; ahora quiere hacerse pasar por ventríloco; pero a mí no hay quien me quite que es de la secreta.
EL CABALLERO. — ¿Y da para vivir esa habilidad? EL DE LAS NOTAS. — ¡Ya lo creo! Estos tiempos son, como usted sabe, de "snobismo". Las clases ricas, lo mismo las burguesas que las aristocráticas, viajan mucho y quieren estudiar idiomas extranjeros y, sobre todo, pronunciarlos bien, aunque no los entiendan. Hoy las personas de viso pronuncian el francés, el alemán, mejor que los propios nacionales respectivos. Pues bien: yo, habiendo analizado exactamente los fenómenos de la fonética, puedo fácilmente, indicando la posición que hay que dar a la
lengua, los labios, etcétera, enseñar la pronunciación de cualquier idioma. Mis discípulos se quedan atónitos de sus propios progresos. Hago furor, como quien dice. No doy lecciones a menos de dos libras por hora, y tengo que rechazar discípulos.
LA FLORISTA. — ¡Y una siempre hecha la pascua! ¡Cuando se nace con mala pata...!
EL DE LAS NOTAS. — (Perdiendo la paciencia.) Mujer, no cargues tanto. Cállate, si puedes, y si no, vete con la música a otra parte.
LA FLORISTA. — Cabayero, usted l'ha tomao conmigo. Creo que tengo el mismo derecho a estar aquí que usté.
EL DE LAS NOTAS. — Una mujer que chincha tanto como tú no tiene derecho a estar en ninguna parte. ¡Vaya con la chicuela!
LA FLORISTA. — ¿Pa que quedrá que yo me vaya? ¡Pues no me sale del moño! ¡No faltaba más! También tengo yo mi diznidá y..., y... tal. ¡Pa chasco!
EL DE LAS NOTAS. — (Sacando su cuaderno de apuntes.) ¡Cielos, qué sonidos! ¡Y éste dicen que es nuestro idioma, tan hermoso, tan sonoro, tan eurítmico!
LA FLORISTA. — (Con voz aguda.) A este hombre le falta un tornillo. (El de las NOTAS repite estas palabras con la misma entonación. La FLORISTA, primero, atónita: luego, riéndose involuntariamente por la perfecta imitación.) ¡Ay qué gracia!
EL DE LAS NOTAS. — ¿Ve usted a esa muchacha con su lenguaje canallesco y estropeado, ese lenguaje que no la dejará salir del arroyo en toda su vida? Pues bien: si fuese cosa de apuesta, yo me comprometería a hacerla pasar por una duquesa en la "soirée" o en la "garden-party" de una Embajada. Digo más: le podría proporcionar una colocación como dama de compañía o como de vendedora en una tienda elegante, para lo que se exigen mejores modos de expresarse. Con decirle a usted que me dedico a desbastar a millonarios advenedizos, a nuevos ricos, creo haber dicho bastante. Con lo que me pagan prosigo mis trabajos científicos en fonética y lingüística.
EL CABALLERO. — Yo también me ocupo de lenguas. He estudiado los dialectos de la India y...
EL DE LAS NOTAS. — (Con vivacidad.) ¡Hombre! ¿Conoce usted al coronel Pickering, el autor de "El sánscrito hablado"?
EL CABALLERO. — (Sonriendo.) ¡Ya lo creo que le conozco! ¡Como que soy yo el tal coronel!
EL DE LAS NOTAS. — ¿Es posible? (Dándole la mano.) ¡Cuánto me
precisamente me hace falta el taxi para ir a casa. Usted lo pase bien. (Se sube al coche, diciendo al chófer:) Drury Lane, esquina de la tienda de aceite de Micklejohn. ¡Arrea, que habrá propi! (El taxi se aleja a todo correr.)
FREDDY. — Ahora, yo a patita a casa. ¡Me he divertido! TELÓN
Al día siguiente, a las once de la mañana. Gabinete de trabajo de HIGGINS, en Wimpole Street. Es una habitación exterior en el primer piso, muy amplia, que normalmente debiera ser la sala. La puerta, de dos hojas, se halla al foro, y las personas que entran encuentran en el rincón a su derecha, contra la pared, dos enormes estantes formando un ángulo recto. En este rincón hay una mesa de escribir plana, en la que están colocados un fonógrafo, un laringoscopio, una serie de tubitos de órgano con un fuelle, otra de tubos de quinqué con sus válvulas de gas para producir llamas sonoras, diferentes diapasones, una figura de cartón representando la mitad de una cabeza humana en tamaño natural, mostrando en sección los órganos vocales, y una caja llena de cilindros de cera para el fonógrafo. Más adelante, del mismo lado, una chimenea con un cómodo sillón forrado de cuero junto al hogar, de espaldas a la puerta, y una carbonera al otro. Hay un reloj encima de la chimenea. Entre ésta y la mesa del fonógrafo, un velador para los periódicos.
Al otro lado de la puerta, a la izquierda del visitante, se halla un mueble de muchos cajoncitos. Encima de él penden un teléfono y una lista de abonados. Contra la pared lateral, hacia el rincón, un piano de cola: tiene un taburete delante del teclado. Sobre el piano se ve una bandeja de frutas y dulces; la mayor parte, de chocolate. El centro de la habitación está desocupado. Además del sillón de cuero, el taburete del piano y dos sillas ante la mesa del fonógrafo, hay una silla de rejilla cerca de la chimenea. De las paredes cuelgan varios grabados, en su mayoría copias de retratos. PICKERING está sentado a la mesa, ordenando unas tarjetas y un diapasón que acaba de usar. HIGGINS está en pie a su lado, cerrando unas carpetas del estante que se hallaban abiertas. Su aspecto, a la luz de la mañana, es de un hombre robusto, con buena salud, de unos cuarenta años, pulcramente vestido de color oscuro. Su interés por todas las cuestiones científicas, y sobre todo por aquellas en que se ocupa especialmente, es muy vivo y le hace olvidar muchas veces las cosas y las personas que le rodean. Su modo de ver es el de un niño impetuoso que, sin mala intención, comete travesuras. Es irónico y punzante cuando está de buen humor, y arrebatado cuando se halla ante una contrariedad; pero es francote y
no tiene pizca de malicia de modo que, aun en los momentos en que más se deja llevar por su temperamento, no es antipático.
HIGGINS. — (Cerrando la última carpeta.) Pues ya ha visto usted toda la colección.
PICKERING. — Es una cosa sorprendente. Y eso que no he examinado ni la mitad.
HIGGINS. — Siga usted, si gusta. PICKERING. — (Levantándose y acercándose a la chimenea, delante de la cual se coloca de espaldas.) No; por esta mañana ya tengo bastante.
HIGGINS. — (Colocándose a su izquierda.) ¿Se ha cansado de escuchar sonidos?
PICKERING. — ¡Claro! Es un ejercicio muy absorbente. Yo, que estaba orgulloso por saber pronunciar veinticuatro vocales distintas, me considero vencido por las ciento treinta de usted. En muchos casos no percibo la más ligera diferencia entre ellas.
HIGGINS. — (Sonriéndole satisfecho y yendo hacia el piano a comer dulces.) ¡Oh! Eso viene con la práctica. Al principio no se percibe la diferencia entre ciertas vocales afines; pero luego, a fuerza de aguzar el oído, se las encuentra tan diferentes como la "a" y la "b".
(MISTRESS PEARCE, el ama de llaves de HIGGINS, asoma la cabeza por la puerta.) ¿Qué pasa?
MISTRESS PEARCE. — (Vacilante, evidentemente perpleja.) Ha venido una joven que desea verle a usted.
HIGGINS. — ¡Una joven! ¿Qué quiere? MISTRESS PEARCE. — Pues dice que usted se alegrará de verla cuando se entere del objeto de su visita. Parece una muchachuela ordinaria, muy ordinaria. Yo la hubiese despedido; pero pensé que tal vez la necesitase usted para impresionar algún cilindro. Espero que no habré cometido una falta; usted me dispensará; a veces no sabe una lo que debe hacer.
HIGGINS. — No se apure, señora. Y esa joven, ¿tiene un acento interesante?
MISTRESS PEARCE. — Yo de eso no entiendo. Lo que a mí me parece es que es una... cualquiera. ¡Tiene unas expresiones!... ¡Bendito sea Dios!
HIGGINS. — (A PICKERING.) La mandaremos pasar, ¿no le parece? (A MISTRESS PEARCE.) Dígale que pase. (Va a su mesa de trabajo y coge un cilindro para colocarlo en el fonógrafo.)
HIGGINS. — (Divertido.) Sí, ¿eh? ¡Vaya, vaya! LA FLORISTA. — Vamos, parece que se ablanda. ¡ Aaaayyyy! HIGGINS. — (Crispado.) ¡A esa pílfora la tiro por el balcón! (Avanza amenazador. PICKERING le retiene. La muchacha lanza gritos de terror y se refugia detrás del piano.)
LA FLORISTA. — ¡Aaaaayyyyy..., aaaaayyyyy!... No me pegue, que no he hecho nada. (Llorando.) ¡Y me ha llamado pílfora, cuando ofrezco pagar como una señora!
PICKERING. — (Acercándose al piano.) No se asuste, hija, que mi amigo no es tan fiero como parece. Hablando se entiende la gente. Vamos a ver: ¿qué es lo que desea usted?
LA FLORISTA. — (Con voz temblorosa.) Pues mire usté: yo querría entrar de vendedora en una tienda elegante de flores. Me han dicho que mi tipo no les disgustaba, pero que mi manera de hablar no era bastante fina. Como el señor se dedica a enseñar a hablar, he venido a ver si nos entendíamos.
MISTRESS PEARCE. — Pero, muchacha, ¿está usted loca? ¿Cómo va usted a pagar las lecciones?
LA FLORISTA. — ¡Nos ha amolao! Sé yo tan bien como usté lo que valen las leciones. Estoy dispuesta a pagar lo que pidan en razón. ¡Anda, chúpate ésta, Ruperta! (MISTRESS PEARCE, roja de indignación, quiere contestar; pero a HIGGINS le ha hecho gracia la cosa, lanza una carcajada franca y levanta el brazo para imponer silencio al ama; se dirige a la muchacha.)
HIGGINS. — ¿Cuánto pagarías? LA FLORISTA. — ¡Ah, vamos! Ya sabía yo que bajaría usté los humos al ver la probabilidad de recoger algo de lo que tiró anoche. (Con confianza, bajando la voz.) Vamos, confiese: estaba algo alegre, ¿no?
HIGGINS. — (Imperioso.) Siéntate. LA FLORISTA. — No haga usted cumplidos... Yo... HIGGINS. — (Con voz de trueno.) Siéntate, te digo. MISTRESS PEARCE. — Ande, muchacha; haga lo que le mandan. (Le acerca la silla de rejilla.)
LA FLORISTA. — Yo quiero irme. (Se queda en pie, medio asustada, medio reacia.)
PICKERING. — (Muy cortés.) Tome usted asiento, hija mía.
LA FLORISTA. — Gracias, caballero. (Se sienta y mira a PICKERING con gratitud.)
HIGGINS. — ¿Cómo te llamas? LA FLORISTA. — Elisa. HIGGINS. — Elisa, ¿qué más? LA FLORISTA. — Pues Elisa Doolitle. (Dúctil.) HIGGINS. — Perfectamente... Pues dime ahora: ¿cuánto piensas pagarme por lección?
ELISA. — Pues mire: yo sé por dónde ando. Una muchacha, amiga mía, tiene un profesor de francés al que paga un chelín y medio por hora. Es un francés de Francia, no se crea usté. Supongo que usté no se atreverá a exigirme lo mismo para enseñarme mi propia lengua. Yo le ofrezco un chelín, ni un penique más. Haga lo que quiera.
HIGGINS. — (Se pasea, haciendo sonar sus llaves en el bolsillo.) Sí, vamos a ver, amigo Pickering: un chelín, en comparación con los ingresos de esa muchacha, equivale a sesenta o setenta guineas pagadas por un millonario.
PICKERING. — ¿Cómo? HIGGINS. — Pues sí, verá usted: un millonario tiene un ingreso diario de ciento cincuenta libras. Ella cobra al día media corona.
ELISA. — (Altanera.) ¿Quién le ha dicho que yo sólo...? HIGGINS. — (Prosiguiendo.) Ella me ofrece dos quintas partes de su ingreso diario. Dos quintas partes del ingreso de un millonario vienen a ser unas sesenta libras. Es espléndido, es enorme. Es la oferta mayor que me han hecho hasta ahora.
ELISA. — (Espantada.) ¡Sesenta libras! Pero ¿qué está usté diciendo? Yo nunca le he ofrecido sesenta libras. ¿Cómo podría yo...?
HIGGINS. — Cállate, mujer, si puedes. ELISA. — (Quejumbrosa.) Pero si no voy a poder... MISTRESS PEARCE. — Tranquilícese, muchacha, que nadie le quitará su dinero. ¡Habrá simple!
HIGGINS. — Sí, tranquilízate y no te apures. Y cuidado con dar bien las lecciones; que si no, habrá azotes. Siéntate.
ELISA. — (Obedeciendo despacio.) ¡Aaayyy...! Ni que fuá usté mi padre. HIGGINS. — Una vez que yo sea tu profesor, seré peor que "dos" padres.