La evaluación de la inteligencia, la personalidad u otras habilidades de un individuo es y ha sido
ubicua en la sociedad humana. Esto se hace en la mayoría de los casos de manera subjetiva. Esta
subjetividad disminuye la fiabilidad de la evaluación y, como consecuencia, aumenta la probabilidad de
cometer sesgos de todo tipo. Esto, que ocurre de manera habitual en nuestras interacciones informales,
también sigue sucediendo en las evaluaciones formales. La mayor parte de los psiquiatras y neurólogos,
por ejemplo, durante el examen rutinario del estado mental, evalúan su funcionamiento intelectual. Esta
evaluación habitualmente recae en la valoración de las habilidades de conversación, la utilización del
lenguaje y las respuestas a varias preguntas de información general. El resultado de tales evaluaciones
puede tener importantes repercusiones en la vida de las personas en determinadas circunstancias (p. ej.,
cuando se está valorando la competencia o capacidad de una persona para ser sometida a juicio o para
entender determinados procedimientos). Sin embargo, estas evaluaciones fallan al no tener en cuenta la
inteligencia no verbal y las dificultades de aprendizaje relacionadas con el lenguaje. Es habitual que se
produzca un efecto halo en relación con la clase social, la apariencia o el lugar de procedencia. De hecho,
a finales del siglo XIX algunos investigadores británicos sugirieron que la mejor manera de determinar
la inteligencia de una persona era examinar su educación y cultura (Galton, 1869).
Tales sesgos y la inherente subjetividad asociada a estos métodos fue lo que llev